Ixchel Cisneros cree que fue la primera. Era julio de 2006. La reportera era joven, iba a tener a su primer hijo, Carlo, y buscaba que fuera de manera natural. La Organización Mundial de la Salud recomienda que los nacimientos por cesárea no superen el 15%, en México son del 52%. El país es el tercero de la OCDE con mayor número de estas intervenciones, la mayoría programadas e innecesarias. La periodista quería salirse de la estadística. En un curso de psicoprofilaxis le recomendaron a Luján porque él sí preparaba lo que llaman “parto humanizado”. Después de un día con una contracción constante, Ixchel llegó con nueve centímetros de dilatación al hospital Santa Teresa de Ciudad de México. La periodista entró a una sala color rosa pastel, que tenía una gran bañera. Nunca fue monitoreada, tampoco su bebé. Nadie supo que Carlo llevaba más de un día con sufrimiento fetal.
Cisneros cuenta que los padres de Luján habían tenido un accidente en Sonora ese mismo día y el doctor tenía prisa. “Me reventó la fuente, el parto se aceleró. Cuando sacaron a Carlo, recuerdo que estaba como desguazado, sin vida, totalmente morado y no reaccionaba”, relata. El neonatólogo se llevó rápido al bebé. La reportera salió de la bañera. “En ese momento Luján se fue, con mi hijo al lado, sin saber si estaba vivo o muerto”. Carlo estuvo cinco días en cuidados intensivos y sobrevivió. Se quedaron con una gran deuda con el hospital, que saldaron con la ayuda de su familia. La periodista dejó la consulta de Luján tres años después cuando este le diagnosticó sin pruebas un ovario poliquístico que no tenía. Ya no regresó más. Tampoco se atrevió a tener a su segundo hijo por parto natural.

Marina (nombre ficticio), a la izquierda, y Karime Athie, a la derecha, dos de las mujeres que forman parte del colectivo Con Ovarios.
México es el sexto país de la OCDE donde más mujeres mueren al dar a luz, 59 de cada 100.000, seis veces más que la media de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. Muchas a consecuencia de malas prácticas. La violencia obstétrica no está legislada como un delito en el país, pero sí existe la Norma Oficial Mexicana NOM-007-SSA2-2016, que fue creada para que el personal de salud garantice un trato digno durante el embarazo y el parto. Desde que se aprobó en el 2016 hasta el 2021, más de 2,5 millones de mujeres fueron insultadas, amenazadas, humilladas, les hicieron un tratamiento médico sin su autorización, no recibieron atención oportuna, se abusó en su medicación o sufrieron un trato deshumanizado. Según los datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el 31,4% de las mexicanas ha sufrido violencia obstétrica.
Dos días de enero
En dos días seguidos de enero de 2009, dos mujeres dieron a luz supervisadas por Jesús Luján. Los dos bebés murieron. Andrea Borbolla, maestra de yoga, llegó recomendada al ginecólogo en su primer embarazo. Su experiencia se torció en la semana 16. “Sentía muy poco movimiento fetal, la panza muy dura”, relata, “él no parecía muy preocupado porque decía que yo era una mujer muy sana”. La hija de Andrea, Micaela, nació el 19 de enero con el síndrome de Edwards, una enfermedad mortal. Tenía los pulmones sin desarrollar y le tuvieron que hacer una operación a corazón abierto. “Ahí comenzó la pesadilla”, en una sala de maternidad, también del hospital Santa Teresa, que Andrea recuerda llena de globos y bombones para otras: “Mientras, tú estás en un crematorio”. Su hija falleció el 3 de febrero de 2009.
Andrea Borbolla piensa que la enfermedad de su bebé pudo haberse previsto si se le hubiera practicado una prueba llamada cuádruple marcador, que se hace en el primer trimestre. “Él estaba viajando en ese momento, entonces yo no me hice ese examen. Después no me indicó hacérmelo porque, básicamente, me dijo que yo era muy sana y seguramente todo venía perfecto”. Preguntado por este periódico, el doctor Luján aduce que fue la misma paciente quien rechazó hacerse esa prueba: “La explicación que me dio fue: ‘Yo me dedico a la salud, soy muy sana, soy joven y sé que mi bebé está muy bien”. El ginecólogo apunta que Andrea es la única de todas sus pacientes que ha rechazado hacerse el cuádruple marcador.
El mundo de Lola se paró cuando oyó el crujido hace 14 años. Su bebé, que estaba “excepcional” una semana antes de nacer, según un ultrasonido 3D al que ha tenido acceso este periódico, traía una vuelta de cordón. Lola eligió estar en un hospital, el Santa Teresa, por si necesitaba una cesárea. Su doctora, Gloria Rivas, le dijo que allí en caso de emergencia las atendería Luján. El 20 de enero de 2009, recuerda empujar durante horas. “Me fui cansando cada vez más, el bebé no avanzaba. Era obvio que ahí estaba la vuelta de cordón. Yo decía ‘¿dónde está el doctor?, necesito que me hagan una cesárea’. ‘El doctor ahorita viene, está atendiendo otro parto’. Estuvimos horas en las que el doctor no llegaba”, narra la mujer, que tiene ahora 52 años. Vieron en el monitor que su bebé sufría. Había que sacarlo. “Nadie me ayudó ahí”, dice cansada.

El doctor Jesús Luján, en un consultorio de Santa Fe.ANA HOP
Luján apareció y el niño estaba ya encajado en el conducto, por lo que no fue posible hacer una cesárea. “Me pusieron en una silla que es como una taza de baño. Y ahí el doctor Luján me empujó la panza, lo que ahora sé que se llama una maniobra Kristeller y sé que está prohibida. En esos empujones, yo sentí un crujir dentro de mi ser. Supuse que era el cuello o la cabeza de mi bebé. Ese crujir no fue mío”. La volvieron a tumbar, le hicieron una episiotomía, una corte en la vagina para ampliar el canal de parto, y sacaron al bebé. El niño nunca lloró. Se lo llevaron y Lola se quedó sola. Tenía los ojos inyectados en sangre, la piel de la cara morada del esfuerzo de los empujones, un desgarro vaginal: “Sentía que me estaba desangrando”. A los seis días, su bebé falleció de hipoxia y daño neurológico.
Preguntado por EL PAÍS, Luján señala que Lola no era su paciente y que recibió una llamada de emergencia de Gloria Rivas cuando estaba dando un curso: necesitaban una cesárea y él asegura que llegó de inmediato al hospital. Niega que realizara la maniobra de Kristeller. Rivas cuenta que primero le avisó a Luján que todavía tenía tiempo para dar su curso, pero cuando el trabajo de parto se aceleró y la frecuencia cardíaca del bebé empezó a bajar, se preocupó y llamó al doctor para que llegara a hacer una cesárea. Cuando este llegó, en 20 minutos, ya no fue posible, por lo que Luján hizo la maniobra de Kristeller para que el niño naciera. “Yo no sé en qué momento la situación se agravó, no sé si soy responsable de la muerte del bebé, me disculpé con la familia. Ellos podían haberme demandado a mí, porque yo no hago cesáreas y el doctor no estaba ahí en el momento de la complicación”.
Ni Andrea Borbolla ni Lola decidieron emprender acciones legales contra el ginecólogo ni nadie de sus equipos: “Solo quería irme a mi casa a llorar”.
Marina vs. Luján y otros
Marina —nombre ficticio— es la única paciente que demandó y ganó al doctor. Esta productora de obras teatrales entró a tener a su bebé en el hospital Santa Teresa el 5 de febrero de 2009 y salió del ABC después de 23 días en terapia intensiva, con un derrame en el cerebro y la columna vertebral, en silla de ruedas, sin poder caminar y orinando por una sonda. Los magistrados del Tribunal Superior de Justicia de Ciudad de México reconocieron la responsabilidad de su médico tratante, Jesús Luján, en las negligencias médicas que llevaron a Marina casi a perder la vida.
El 3 de febrero, un estudio reveló que Marina tenía la presión muy alta, proteínas en la orina, hinchazón en las piernas y una subida muy rápida de peso. Ella estaba preocupada, pero Luján le comentó que eran síntomas normales en esa fase final del embarazo. “Me enteré más tarde que estas eran claras señales de preeclampsia”. Dos días después la despertó un dolor atroz cerca de las costillas: “Tan agudo, tan constante, que ya no podía estar de pie”. Su madre la encontró tirada en el suelo de la regadera. Tuvo que ser ingresada.
En el Santa Teresa todo se precipitó: el dolor no cesaba, la enfermera advertía de que la paciente tenía la presión altísima, Luján no llegaba, Marina pidió la epidural para el parto pero no había anestesiólogo, cuando este llegó y le inyectó sin hacer ninguna medición, el bebé ya estaba naciendo y la anestesia le provocó un derrame. “Luján llegó solo a cachar a la bebé, a cobrar sus honorarios”, recuerda. En la sala de recuperación, Marina no dejaba de sangrar: “La enfermera me apretaba el estómago y solo salía sangre”. Pasó la noche y le diagnosticaron el síndrome de Hellp. El hospital no tenía un cuarto para cuidados intensivos, tampoco tenía plaquetas para ayudarla: “Luján se deslindó diciendo que ya estaba en manos del intesivista”.
La familia de Marina consiguió bajo su responsabilidad trasladarla al centro médico ABC, donde llegó al borde de un paro cardíaco. Tenía neumonía y ataques epilépticos, su sistema estaba colapsando. Le salvaron la vida. Cuando le dieron el alta —a la que siguieron 15 meses de rehabilitación—, Marina decidió demandar por la vía civil. Ganó ocho años más tarde, después de un largo recorrido judicial, contra Luján, el hospital Santa Teresa, el anestesiólogo y el intensivista por la “negligente atención”. Se llevó un millón de pesos, menos de 60.000 dólares. “Nunca lo hice por el dinero, lo hice por sentar un precedente”.
A preguntas de este periódico, Luján señala que el parto de Marina “no tuvo ninguna complicación” y que no fue hasta muchas horas después que su situación médica empeoró: “Ella pasó a recuperación con los signos vitales bien, estable”. Pero Marina tuvo una hemorragia en el útero justo después de dar a luz. Luján aduce que “el Tribunal considera que la atención no obstétrica, no la mía, sino que la atención del equipo para la terapia intensiva tuvo un retraso”. La sentencia del Tribunal Superior de Justicia afirma que a la mujer no se le hicieron los estudios necesarios para evitar las consecuencias que tuvo la administración de la epidural. También señala directamente a Luján y a los otros dos codemandados “por no haber actuado con la debida diligencia” y “no haber actuado conforme a la lex artis médica y en cumplimiento de las Normas Oficiales aplicables”.
Mesulid de 100 miligramos
Mariana Campos estaba en la fase final de su embarazo cuando se detectó una inflamción por hemorroides. Su doctor, Luján, le recetó por teléfono una pomada, un supositorio y unas pastillas. El dolor aumentó y el 30 de diciembre, Campos volvió a llamarlo. Le contestó su ayudante, Arlet Rojas, quien le dijo que el doctor le indicaba una tableta de 100 miligramos de Mesulid cada ocho horas y que acudiera a una revisión. Ya en la clínica, Campos señala que volvió a encontrarse solo con su asistente, quien tras una exploración, agarró el talonario de Luján, firmó por él y le dio la receta de los medicamentos que ya le habían prescrito por teléfono. El 2 de enero, su hija, Inés, dejó de moverse.

Mariana Campos, a la izquierda, y Sara Crespo, a la