El hombre que fue asesinado a balazos la mañana de ayer sábado en la colonia Pedregal del Humaya, al norte de Culiacán,fue identificado como Adelaido Andrey,tenia 31 años y era licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas y también se desempeñaba como escritor. En agosto de 2021 publicó su libro titulado “Bejita”.
El ataque en el que perdió la vida ocurrió alrededor de las 10:00 horas sobre la avenida Obrero Mundial, entre las calles Jade y Federico Engels, donde la víctima fue localizada dentro de un vehículo Mazda 3 color blanco con múltiples impactos de bala.
Estrategia de seguridad o inseguridad ?
Con mas de 14 mil militares patrullando la entidad,todo indica que la estrategia de seguridad de ensayo y error, repetidamente reforzada hasta el hartazgo, con visitas de doctor de su tutor que recicló la de Garcia Luna, no se advierte, se padece y claramente esta fallando.
El maestro y escritor asesinado en Pedregal del Humaya no es un caso: es una metáfora que sangra. Es el símbolo incómodo de una política que aprendió a contar cuerpos pero olvidó leer vidas. Porque mientras la aritmética oficial presume detenciones y abatidos, la narrativa real —la que se escribe con miedo— sigue dictando otra lección: en Sinaloa se enseña a sobrevivir, no a vivir.
Desde el 9 de septiembre de 2024 hasta el 1 de mayo de 2026, el balance parece sacado de un pizarrón clínico, frío, casi quirúrgico: miles de homicidios, miles de desaparecidos, miles de vehículos robados. Y sí, también detenidos, también abatidos. Pero la pregunta incómoda —la que ningún parte de guerra quiere responder— es qué se está construyendo con esta pedagogía de la muerte. ¿Orden o costumbre? ¿Paz o resignación?
La estrategia cuentamuertos, esa que administra Omar García Harfuch en coordinación con los mandos militares, presume eficacia como quien presume calificaciones sin revisar el aprendizaje. Se cuentan los detenidos como si fueran logros académicos, se exhiben los abatidos como si fueran trofeos de una cacería moralmente justificada. Pero en el salón de la realidad, el examen está reprobado: cada cifra es una historia que no se protegió, una vida que el Estado no supo —o no quiso— resguardar.
Hay algo profundamente pedagógico en la violencia cuando se vuelve rutina. Enseña que la ley es selectiva, que la justicia llega tarde o no llega, que la seguridad es un privilegio territorial y no un derecho. Y lo peor: enseña a normalizar el horror. A mirar los números como quien revisa el clima, sin detenerse a pensar que cada unidad es una ausencia irreparable.
El maestro asesinado escribía. Tal vez sabía que las palabras son la única forma de resistir al olvido. Tal vez intuía que contar historias es una forma de justicia cuando la institucional fracasa. Y sin embargo, terminó convertido en lo mismo que la estrategia produce en serie: un dato más en el informe, un número que alimenta la narrativa oficial de control mientras el descontrol sigue dictando la vida cotidiana.
La empatía, esa que debería guiar cualquier política de seguridad, parece extraviada entre uniformes y conferencias. Porque gobernar no es administrar cadáveres, ni reducir la violencia a indicadores manejables. Gobernar —si aún significa algo— es impedir que el siguiente maestro tenga que morir para que alguien más escriba sobre él.
Y aquí estamos, leyendo cifras como si fueran capítulos de un libro que no elegimos, pero que seguimos escribiendo con sangre ajena. La estrategia podrá seguir contando, pero el país —ese que todavía intenta aprender— ya entendió la lección más dolorosa: cuando el Estado se obsesiona con los números, las personas dejan de importar.
Con informacion: NOROESTE/

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