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domingo, 13 de diciembre de 2020

EL "CHENTE DIPUTADO y la ESPOSA ALCALDESA": EL CUENTO del CASCANUECES de XICOTENCATL "YA un CUENTO de TERROR" de los TRUCOS VERASTEGUI...la extorsion y maltrato cierran fuentes de empleo.



El Cascanueces es un cuento de hadas y ballet, la que vive la alcaldesa de Xicoténcatl, Noemy González Márquez y su esposo, el diputado federal, Vicente Javier Verástegui Ostos, con la bendición del gobernador Francisco Javier García Cabeza de Vaca, del Partido Acción Nacional, a pesar de que dejaron sin trabajo a mil 677 de sus habitantes.

Todo quedó en familia azul, Vicente, le heredó la presidencia municipal a su esposa Noemy, hermano de César, que funge como Secretario General del gobernador de Tamaulipas, Cabeza de Vaca, y sus cuentas públicas quedaron de 10, al decir de su conyugue, en tanto la gente se les queda viendo actualmente, con cara de incredulidad y peor porque son más feroces para el dinero, que los gastos que ocasiona el coronavirus.

A principios de enero, Vicente, también cacique cañero, la llevaba de maravilla con Homero Silva Tinajero, secretario general del Sindicato de Trabajadores de la Industria Azucarera y Similares de la República Mexicana en Xicoténcatl, tan amigos eran, que comían del mismo plato, pero… Se hizo viral un video en las redes sociales, donde Vicente retó a golpes a Mauricio Rufatti, gerente de la Compañía Azucarera Río Guayalejo, Ingenio Aron Sáenz Garza, por su negativa de comprarle una producción de 60 camiones cargados de caña.

SÁBADO, 25 DE ENERO DE 2020


En ese video, Vicente, sumamente molesto porque Mauricio le dijo que su producción estaba en pésimas condiciones, lo corrió del ingenio con insultos.

Rencoroso, como panista de cepa, movió sus influencias para cerrar la compañía cañera, sin embargo le ganaron pisada, porque los directivos consideraron que en Tamaulipas, había inseguridad para que los directivos operaran rutinariamente y la calidad que Vicente pretendía hacer efectiva con el producto era pésima, por eso dejó de operar en julio.

La Compañía Azucarera del Río Guayalejo, S.A. de C.V., conocida como Ingenio Xico, inició su construcción en 1946, tres años después hizo sus operaciones de zafra. Siempre con los mejores estándares de calidad, la que ningunea el diputado federal Vicente Verástegui.

Producen aproximadamente anualmente más de un millón de toneladas de caña, que una parte se pasaría al Ingenio El Mante, justamente donde Vicente es el diputado federal y como es el cacique, consiguió deshacerse del ahora su enemigo.

Por eso el 23 de julio, los directivos de Ingenio Xico, que iban a cerrar, por una difícil situación financiera, permitiendo que la ciudad, alcanzara con sus trabajadores un importante productor de azúcar de la mejor calidad en el país.


Notificaron a la alcaldesa Noemy González –esposa de Vicente-, a los funcionarios de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social –panistas-a las asociaciones de productores de caña; a César, el Secretario General de Gobierno, la decisión de cerrar el Ingenio Xico.

El 17 de agosto, los interesados tenían conocimiento de que era el último día para llegar a un acuerdo para iniciar las labores de mantenimiento del Ingenio Xico con vistas a una última zafra para el ciclo 2020-2021, pero el secretario general Homero Silva –amigo de Vicente-, se negó a firmar el acuerdo.

Al otro día, Ingenio Xico cerró tras intensas negociaciones con el apoyo de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, al ser imposible acordar con Homero, el amigo de Vicente, para proceder a la liquidación de los empleados.

Para hacerle todavía más la vida de cuadritos, a los directivos de Ingenio Xico, el Secretario del Trabajo en Tamaulipas Miguel Ángel Villarreal Ongay –presidente sustituto de Reynosa en la época de Cabeza de Vaca-, le dio largas a la indemnización de los mil 677, entre trabajadores, cortadores de caña y jubilados.

A través de su líder Homero Silva, les decía a sus sindicalizados que solo le daban largas, por eso, el 5 de diciembre con ayuda de Vicente, para movilizarlos, tomaron la carretera Tampico-Monterrey tramo González- Ciudad Victoria.

Allí Homero Silva, como si nunca existieron su amigo Vicente, su esposa la alcaldesa Noemy, César, Cabeza de Vaca y Miguel Ángel Villareal, exigió al presidente Andrés Manuel López Obrador para que la Secretaría de Economía y del Trabajo actuaran en la reactivación de la fábrica o la liquidación:

“Estamos hartos de que no tengan respuesta en sus liquidaciones –Ingenio Xico- y de que las autoridades federales –Andrés Manuel-, los hayan abandonado en su problema” ¡what!

En tanto la alcaldesa de Xicoténcatl, Noemy González, mejorará su traje, así como princesa y su esposo Vicente, el diputado federal, con su vestuario de soldadito de plomo, en un reino azul, donde el que da las bendiciones es Cabeza de Vaca y el pueblo, que siga sufriendo.

fuente.-


"YA ESTA DETENIDO": ERA COMANDANTE MINISTERIAL en ACTIVO y ESTABA IMPLICADO en EJECUCION de PERIODISTA en 2019...lo indagaba la comunicadora.


Elementos de la Fiscalía General del Estado (FGE) de Tabasco aprehendieron el al jefe de la policía ministerial Uriel “N”, presuntamente implicado en el asesinato de la periodista Norma Sarabia Garduza, en el municipio de Huimanguillo en junio de 2019.

El arresto del comandante de la policía, quien se encontraba activo en la localidad Frontera, cabecera municipal de Centla, fue consumado por el área de homicidios dolosos e investigaciones de feminicidios.

Las investigaciones arrojan que el comandante Uriel “N” podría ser el autor intelectual en la muerte de la reportera, quien el día que fue victimada realizaba una investigación periodística sobre una extorsión, y sostuvo acalorada discusión con el hoy detenido.

Fue la noche del martes 11 de junio del año pasado cuando desconocidos atacaron con arma de fuego a Norma Sarabia, corresponsal del periódico local Tabasco Hoy, en el municipio Huimanguillo. Su cadáver quedó tendido afuera de la puerta de su casa en esa entidad.

Según testigos, Norma Sarabia —quien escribía notas de la fuente policiaca—, platicaba con un familiar, cuando sujetos encapuchados a bordo de una motocicleta le dispararon en repetidas ocasiones y huyeron del lugar.

Con informacion de:




"NUEVO BILLETE de 100 PESOS se VENDE HASTA en SEIS MIL PESOS"...del papel al polímero,del polímero a los memes


Desde que se presentó el nuevo diseño del billete de 100 pesos, el cual tiene la imágen de Sor Juana Inés de la Cruz como protagonista, las críticas y memes no se hicieron esperar, sin embargo, esto no fue motivo para que se volviera un objeto de deseo para los coleccionistas.

A raíz de esto, algunos afortunados que lograron adquirir uno de los primeros ejemplares impresos han decidido ponerlos a la venta a través de internet en precios que van desde los mil 500 pesos hasta los 6 mil pesos, dependiendo la calidad y la rareza de los mismos.

Sin embargo, cabe señalar que no cualquier billete puede ser considerado de alto valor por los expertos en numismática, coleccionistas de monedas, pues debe cumplir con ciertas características que los hacen únicos.

Los ejemplares deben estar en perfectas condiciones, además de pertenecer a las primeras series de billetes impresas, identificadas con dos letras que se encuentran en la parte frontal; su valor incrementa si se trata de un par con números de serie consecutivos.

En la página Mercado Libre se pueden encontrar a la venta ejemplares con números de serie consecutivos del serial AB, el primero en ser impreso, en precios que van a partir de los 4 mil pesos y hasta 6 mil.

También, por mil 500 pesos se puede adquirir un par de ejemplares de menor rareza de la serie AA, la primera en salir a circulación.

Nuevo billete de 100 pesos se vende en Mercado Libre
Captura
Nuevo billete de 100 pesos se vende en Mercado Libre
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El pasado 12 de noviembre, el Banco de México (Banxico) presentó la nueva imagen del billete de 100 pesos, en el cual ya no aparece Nezahualcóyotl, sino el rostro de Sor Juana Inés de la Cruz, lo que desató una ola de críticas y hasta memes.

A pesar de que en varios países se imprimen billetes con diseño vertical, en Twitter, usuarios incluso compararon el nuevo billete de 100 pesos con la moneda que circula en Venezuela.

El nuevo billete de 100 pesos está fabricado de polímeros, al igual que los de 20 y 50 pesos, con la particularidad de que tiene un diseño vertical, estilo que había sido usado anteriormente en monedas conmemorativas por el centenario de la Independencia de México.

fuente.-


"MIRIAM ACECHO a los ASESINOS de su HIJA por TODO MEXICO y UNO a UNO HASTA LLEGAR a 10"...pidio protección,no se la dieron y un dia de las madres de 2017 la mataron en Tamaulipas.



Miriam Rodríguez empuñó la pistola en su bolsa al correr entre el gentío matutino en el puente internacional hacia Texas. Cada tanto se detenía para recuperar el aliento y mirar la foto de su próximo objetivo: el vendedor de flores.

Lo había asediado durante un año, acechándolo en línea, interrogando a los delincuentes con los que trabajaba e incluso trabando amistad con parientes que no sospechaban que lo que Miriam Rodríguez buscaba era saber su paradero. Ahora por fin tenía una pista: una viuda la había llamado para decirle que vendía flores en la frontera.

Desde 2014, Rodríguez rastreaba a los responsables del secuestro y asesinato de Karen, su hija de 20 años. La mitad de ellos ya estaban en la cárcel, no porque las autoridades hubieran hecho su trabajo sino porque ella los persiguió por su cuenta, con una meticulosa obsesión.

Se cortó el pelo, se lo pintó, se hizo pasar por encuestadora, trabajadora de salud y funcionaria electoral para conseguir los nombres y direcciones. Inventó excusas para conocer a sus familias: abuelas y primos que, sin saber, le daban los más mínimos detalles. Los registraba en un cuaderno que guardaba en el maletín negro de su laptop con el que hizo la investigación y los rastreó, uno por uno.

Conocía sus hábitos, sus amigos, sus ciudades de origen, su niñez. Sabía que, antes de unirse al cártel de los Zetas e involucrarse en el secuestro de su hija, el muchacho había vendido flores en la calle. Ahora que estaba huyendo volvió al oficio que conocía y vendía rosas para llegar a fin de mes.

Sin ducharse, se puso una gabardina encima de la pijama, cubrió su melena pelirroja encendida con una gorra de béisbol y metió una pistola en su bolso al dirigirse a la frontera para encontrarlo. En el puente, escudriñó los carritos de los vendedores en busca de flores pero, justo ese día, el joven estaba vendiendo lentes de sol. Cuando por fin lo halló se emocionó demasiado y se acercó demasiado. Él la reconoció y corrió.

Con la esperanza de escapar, emprendió una carrera a lo largo del paso peatonal. Rodríguez, de 56 años en ese entonces, lo atrapó de la camisa y forcejeó con él poniéndolo contra el barandal. Apretó su pistola contra su espalda.

“Si te mueves te disparo”, le dijo, recuerda su familia. Lo mantuvo ahí casi una hora, esperando que la policía llegara y lo detuviera.

En tres años, Rodríguez capturó a casi todos los que habían secuestrado a su hija para pedir rescate, una galería de criminales canallas que intentaban rehacer sus vidas con diversas ocupaciones: uno había renacido como cristiano, otra era taxista, otro se dedicaba a la venta de coches y una era niñera.

En total atrapó a diez personas en una desesperada búsqueda de justicia que la volvió famosa pero vulnerable. Nadie desafiaba al crimen organizado y ni hablar de encarcelar a sus integrantes.

Le solicitó al gobierno algún tipo de protección con escoltas armados, temiendo que el cártel finalmente se hubiese hartado de sus actividades.

Semanas después de haber perseguido a uno de sus últimos objetivos, el diez de mayo de 2017, Día de las Madres, la mataron a tiros frente a su casa. Su esposo, que estaba mirando la televisión, la encontró boca abajo en la calle, con la mano en su bolsa junto a la pistola.


Para muchos en la ciudad norteña de San Fernando, su historia representa todo lo que está mal en México y lo destacable de las personas que, de cara a la indiferencia del gobierno, perseveran. El país está tan desgarrado por la violencia y la impunidad que una madre doliente tuvo que resolver sola la desaparición de su hija y murió de forma violenta por eso.

Su sorprendente campaña —relatada a través de los archivos del caso, declaraciones de testigos, confesiones de los criminales que rastreó y decenas de entrevistas con parientes, policías, amigos, funcionarios y vecinos— cambió a San Fernando, al menos por un momento. La gente se tomó a pecho su lucha y se indignó por su muerte. El municipio colocó una placa de bronce en su honor en la plaza principal. Su hijo Luis se hizo cargo del grupo que fundó, un colectivo conformado por las numerosas familias locales cuyos seres queridos han desaparecido. Las autoridades prometieron capturar a sus asesinos

Marcada por una década de violencia, una guerra brutal entre las facciones del cártel, la matanza de 72 migrantes y el asesinato de Rodríguez, San Fernando se silenció por un tiempo, como consumida por su propia tragedia.

Hasta que en julio de este año se llevaron a Luciano Leal Garza, un joven de 14 años, cuyo caso se convirtió en el secuestro por rescate de más alto perfil desde la cruzada de Rodríguez para encontrar a su hija.

Luis, el hijo de 36 años de Miriam Rodríguez, no pudo evitar ver las semejanzas y lloró al escuchar la noticia. Igual que pasó con su hermana Karen, a Luciano lo secuestraron en la camioneta familiar. La familia del adolescente pagó dos rescates, que fue lo mismo que hicieron los familiares de Rodríguez en un intento infructuoso por liberar a Karen.

Otra vez estaba pasando.

La gente de la ciudad salió a marchar pidiendo justicia por Luciano. En brigadas buscaron palmo a palmo en los áridos matorrales. Su mamá, Anabel Garza, carismática y valiente, se convirtió en portavoz del abrumador contingente de personas desaparecidas en México —más de 70.000 a nivel nacional— y de la ola incesante de pérdidas en un país donde los homicidios casi se han duplicado en los últimos cinco años.

Durante la larga búsqueda de Luciano Leal Garza, quien fue llevado a un parque donde lo secuestraron, se pusieron carteles y letreros por todo San Fernando.

Pero esta vez la lucha era muy distinta. Años después de la campaña liderada por Miriam Rodríguez, cuya valentía y decisión fueron un faro para la búsqueda de Luciano, su caso también servía de advertencia sobre lo que le esperaba a quien iba demasiado lejos. A diferencia de la búsqueda incesante de Rodríguez en pos de los asesinos de su hija, los padres de Luciano no querían castigar al poderoso cártel.

Redujeron sus esperanzas a algo más sencillo: el regreso de su hijo.

“Mire, ella hizo lo que nosotros queremos hacer”, dijo el padre del muchacho, también llamado Luciano al cumplirse el tercer mes de la desaparición de su hijo. “¿Pero cómo terminó Miriam? Muerta”.

“Es el temor de nosotros”, añadió.

La cacería de una madre que busca a su hija

El walkie-talkie que colgaba del cinturón del secuestrador zumbaba repetidamente e interrumpía la súplica de Rodríguez, que le rogaba que le devolviera a su hija.

Las semanas posteriores al rapto de Karen se convirtieron en un nudo nauseabundo de llamadas, amenazas y falsas promesas. Para pagar el primer rescate, la familia de Rodríguez obtuvo un préstamo de un banco que ofrecía líneas de crédito para ese tipo de pagos.

La familia siguió al pie de la letra todas las instrucciones. El padre de Karen dejó una bolsa con efectivo cerca de un centro de salud y luego esperó, en vano, a que los secuestradores la liberaran en un panteón local.

Como tenía poco que perder, Rodríguez pidió una reunión con integrantes del cártel local de los Zetas y, para su sorpresa, accedieron. Se sentó en El Junior, un restaurante de la ciudad, frente a un joven delgado.

Era 2014, una época particularmente sombría en San Fernando. Muchos bares y restaurantes habían cerrado por miedo a las balaceras. Las fosas masivas eran tan comunes que encontrar menos de 20 restos juntos apenas ameritaba un titular.

Los Zetas, que alguna vez fueron el brazo armado del Cártel del Golfo, llevaban años en una batalla contra sus antiguos jefes. Se llevaban a inocentes para financiar su guerra con los rescates o para reclutar soldados que la pelearan. A veces, por diversión, organizaban peleas a muerte entre los cautivos.

Luis, el hermano mayor de Karen, se había marchado de la ciudad para escapar del peligro. Pero Karen se quedó para terminar la escuela y ayudar a su mamá con Rodeo Boots, el pequeño negocio familiar de indumentaria vaquera.

El 23 de enero, cuando Karen se disponía a unirse al tráfico, dos camionetas se le emparejaron, una a cada lado, y la detuvieron. Hombres armados subieron a la fuerza en su camioneta y se marcharon, con ella a bordo.

La llevaron a la casa familiar, donde Karen vivía durante la semana los días en los que Rodríguez, que también trabajaba como niñera en Texas, estaba fuera. Cuando Karen estaba en el piso de la sala, amarrada y amordazada, alguien tocó la puerta: el mecánico de su tío apareció para hacerle unas reparaciones a la camioneta de la familia.

Los secuestradores entraron en pánico y lo agarraron también a él. Después huyeron.

Ahora Rodríguez estaba frente a uno de ellos, rogándole que liberaran a Karen mientras, de tanto en tanto, su radio chillaba. Insistió que el cártel no tenía a su hija pero se ofreció a ayudar a localizarla por una cuota de 2000 dólares y Rodríguez la pagó. A través de la estática, ella por fin escuchó que alguien lo identificó por su nombre: Sama.

Después de una semana, dejó de contestarle el teléfono. Otros llamaron y decían ser los secuestradores. Necesitaban otro poquito de dinero, decían, solo 500 dólares. La familia dudaba que eso fuera a devolverles a Karen, pero igual mandaron el dinero.

Con cada pago, Rodríguez recobraba la esperanza. Y con cada intento fallido por recuperarla caía en un desconsuelo más hondo.

La esperanza es como una toxina que envenena a muchas familias de desaparecidos. Algunos se despojan de ella y pasan la página, pero otros la conservan hasta que los destruye.

Rodríguez, separada de su esposo, se fue a vivir con su hija mayor, Azalea. Una mañana, semanas después del último pago, bajó las escaleras y le dijo a Azalea que sabía que Karen no iba a regresar jamás y que lo más seguro es que estuviera muerta. Lo dijo con certeza, como quien describe un sueño.

Le dijo a su hija mayor que no descansaría hasta encontrar a la gente que se había llevado a Karen. Los cazaría, uno por uno, hasta el día de su muerte. Azalea vio cómo la tristeza de su madre se convirtió en decisión y cómo su esperanza dio paso a la venganza.

Después de eso, su madre se convirtió en otra persona.

El secuestro de Luciano

Vivir en San Fernando implica aceptar ciertas realidades.

Las familias han sufrido secuestros y los toques de queda que imponen los cárteles del mismo modo que los habitantes de las grandes ciudades toleran el tráfico y la contaminación. Rodeadas por la violencia, muchas personas viven vidas muy limitadas. Prácticamente todas las cuadras han sido afectadas: hijos que faltan, seres queridos asesinados, casas abandonadas.

Para ser una ciudad de solo 60.000 habitantes, San Fernando sufre una infamia desproporcionada, se trata de un infortunio fruto de la geografía. La ciudad se ubica a lo largo de la principal ruta al norte que atraviesa el estado de Tamaulipas. Justo en las afueras del municipio se desenreda un ramillete de carreteras, y cada una se dirige a algún cruce fronterizo estratégico con Estados Unidos. Fuera de las autopistas, los caminos de tierra en los matorrales proveen una red de rutas de contrabando que son ideales para los traficantes.

En 2010, las autoridades federales descubrieron los cadáveres de 72 migrantes centroamericanos en un rancho en las afueras de la ciudad, lo que en ese entonces se creía que era la matanza más salvaje perpetrada por un cártel.

Al menos hasta el año siguiente, cuando los secuestros descarados de autobuses de pasajeros llevaron al descubrimiento de unos 200 cuerpos sepultados en fosas masivas ubicadas en las periferias de San Fernando.

Aunque muchos huyeron para escapar de la violencia, otros se quedaron porque habían construido una vida que no iban a abandonar por los pecados de otros. La familia de Luciano se quedó.

Su abuelo, Luciano, era transportista y dueño de un negocio de camiones que empezó de la nada y de una próspera fábrica de bloques de cemento. Su padre, también llamado Luciano, era dueño de una pujante tienda de materiales de construcción. A los 14, el menor de los Lucianos les ayudaba a los dos mayores cuando no estaba en la escuela.

Como todos en la ciudad, los parientes de Luciano conocían la historia del secuestro de Karen y el trágico heroísmo de Rodríguez. Y sabían que su prosperidad los volvía objetivos francos del crimen, incluso más que la familia Rodríguez. A través de los años, varios miembros de la familia de Luciano ya habían sido raptados por dinero, entre ellos su padre, que en 2012 estuvo cautivo durante 33 días.

Los familiares tomaban precauciones y a veces monitoreaban a sus hijos con tal intensidad que parecía un sistema de vigilancia. Pero los secuestradores supieron exactamente cómo atacar.

Pasaron semanas intentando atraer a Luciano con el falso perfil en Facebook de una muchachita.

“Estás bien guapo”, decía uno de los mensajes que le enviaron desde la cuenta. “Vente para conocerte”.

Ese día llegó el 8 de julio de 2020, al acordar un encuentro fugaz en un parque. Luciano estaba cuidando a una de sus hermanas y no podía tardarse, escribió.

Fue en una de las camionetas de la familia y, en segundos, hombres armados se subieron a la fuerza, lo empujaron a un lado y se marcharon. Igual que habían hecho con Karen seis años atrás.

Durante las siguientes horas, la familia de Luciano peinó la ciudad en una búsqueda desesperada. Solo hasta que su hermana abrió la cuenta de Facebook del chico entendieron lo que había pasado.

Poco después de llevarse a Luciano, los secuestradores llamaron a su padre y pusieron al teléfono al muchacho. Lo primero que preguntó fue si sus dos hermanitas estaban a salvo.

Al día siguiente, el papá de Luciano depositó una bolsa de dinero en una brecha de tierra abandonada que corría perpendicular a la carretera, igual que había hecho el papá de Karen. Un día después, los secuestradores dijeron que querían más.

Para el segundo pago, el papá de Luciano manejó dos horas y dejó una bolsa de efectivo entre dos llantas ponchadas en una gasolinera abandonada. Cuando iba de regreso a San Fernando los secuestradores lo llamaron. Iban a entregar al chico en la casa familiar esa misma noche. Nadie durmió. Cada ruido de la calle los asustaba.

Los secuestradores dejaron de contestar el teléfono en la mañana y la familia supo que Luciano no iba a volver. Al menos no del modo que habían estado esperando.

Incluso entonces, sopesaron las inmensas consecuencias de acudir a la policía. Pero sintieron que no tenían nada que perder.

“El temor más grande que nosotros pudiéramos tener como padres pues precisamente es el de perder un hijo”, dijo Garza, su mamá. “Y eso ya nos lo hicieron”.

El descubrimiento

Todos publican fotos en redes sociales, incluso los narquillos. Miriam Rodríguez solo necesitaba que Sama se descuidara.

Ya había confirmado que él estaba involucrado con el secuestro, gracias al mecánico que se llevaron junto a Karen esa noche. El cártel nunca había tenido la intención de quedárselo y después de que lo dejaron ir, Rodríguez lo interrogó para saber cualquier cosa que hubiera visto o escuchado.

Se convirtió en detective de redes sociales y pasó horas escudriñando el perfil de Karen en busca de pistas.

Una mañana, acostada en el sofá, descubrió una foto en Facebook con la etiqueta de ese mismo nombre, Sama. Reconoció la misma complexión delgada y el rostro bien rasurado que había visto el día que comieron.

Junto a él en la imagen aparecía una muchacha con el uniforme de una heladería de Ciudad Victoria, a dos horas de ahí.

Rodríguez vigiló la tienda durante semanas hasta que se aprendió de memoria el horario de la joven y esperaba cada cambio de turno a que apareciera Sama. Cuando por fin lo hizo, ella siguió a la pareja a su casa y tomó nota de la dirección.

Pero para obligar a que la policía hiciera algo, necesitaba más que una ubicación. Necesitaba un nombre. Y para conseguirlo tenía que acercarse más.

Se cortó el pelo y se lo tiñó de rojo encendido para que Sama no la reconociera. Luego se puso un uniforme oficial que conservaba de un puesto de bajo nivel que tuvo en la Secretaría de Salud. Con una identificación que parecía oficial pasó gran parte de un día haciendo una encuesta falsa en el barrio hasta que consiguió los detalles básicos de uno de los secuestradores de su hija.


Luis Héctor Salinas Rodríguez revisaba las pertenencias de su madre Miriam, mientras sostenía una foto de Sama, entre otras pruebas que ella guardaba en su cartera negra con detalles de los secuestradores y asesinos de su hija Karen.

Acudió a las autoridades —locales, estatales y federales— pero nadie la ayudó. Iba a todas partes con sus archivos, como una vendedora de puerta en puerta para quien jamás había un ‘no’ definitivo.

Al final consiguió un policía federal que accedió a ayudarla.

“Nunca había visto algo así”, contó el agente al recordar el momento en que Rodríguez le mostró sus archivos y los detalles que había reunido. “Eran increíbles”, dijo el policía, que pidió que no se le identifique con su nombre porque no contaba con autorización para declarar en público.

“Había recurrido a todos los niveles de gobierno y le habían cerrado las puertas”, recordó. “Ayudarla a perseguir a la gente que se llevó a su hija me dio mucho gusto y mucho placer como servidor público”.

Para cuando el gobierno giró una orden de aprehensión, Sama ya se había fugado. Frustrada, Rodríguez redobló sus esfuerzos para identificar al resto del grupo y poco después tenía fotos de Sama posando junto a los demás.

Y luego, de pura casualidad, apareció Sama.

Era el día de la Independencia de México, el 15 de septiembre de 2014. Luis, el hijo de Rodríguez, estaba cerrando su negocio en Ciudad Victoria para ir a las celebraciones. Había un último cliente, un joven delgado que miraba sombreros. Luis dejó lo que estaba haciendo para verlo bien. Era Sama.

Llamó a su mamá y lo siguió, con cuidado de no perderlo antes de que llegara la policía. Cuando lo detuvieron en la plaza principal, Sama pataleó y gritó y dijo que estaba enfermo del corazón.

Ya en custodia, completó los detalles que faltaban en la investigación de Rodríguez y dio los nombres y ubicaciones de algunos de sus cómplices. Uno de ellos, Cristian José Zapata González, apenas tenía 18 años cuando la policía lo atrapó, e incluso para los estándares del cártel era joven.

Estuvo asustado durante el interrogatorio. Cuando Rodríguez se encontraba afuera de la sala donde lo tenían, el adolescente preguntó si podía ver a su mamá.

“Tengo hambre”, le dijo al agente.

Conmovida, Rodríguez entró y le dio al muchacho su comida, una pieza de pollo frito y luego fue a comprarle una coca. Al volver, el agente le preguntó que le había pasado por la mente.

“Como quiera es un niño, no importa lo que haya hecho, y yo como quiera soy una mamá”, respondió Rodríguez, de acuerdo a su amiga Idalia Saldívar Villavicencio que la había acompañado al interrogatorio. “Ahorita que lo oí es como si fuera mi propio hijo”.

Tal vez ablandado por su generosidad, Cristian les dijo todo.

“Estoy dispuesto a llevarlos al rancho donde los mataron donde deberían estar enterrados todavía sus cuerpos”, dijo en una declaración a la policía refiriéndose a las víctimas del grupo de secuestradores.
La búsqueda

Un tractor en ruinas señalaba la fosa en el rancho abandonado, al final de un camino de tierra. La casa de adobe tenía la fachada marcada con agujeros de bala, huellas de una balacera ocurrida meses atrás. Los marinos habían matado a seis de los cómplices según la declaración de Cristian.

Rodríguez escarbó en los restos abandonados por los secuestradores: espeluznantes manchas en mesas sucias, huesos de distintos tamaños, algunos apenas eran astillas. El nudo corredizo de una horca colgaba de la rama de un árbol retorcido.

Se quedó helada cuando encontró una pila de pertenencias personales. Una bufanda que había sido de Karen y un cojín del asiento de su camioneta estaba cerca de la parte superior.

Los forenses dijeron que Karen no se encontraba entre las decenas de cuerpos que habían identificado en el rancho. Pero Rodríguez disputó el análisis del gobierno y con razón. Al año siguiente, un grupo de científicos encontraron un fragmento de fémur que pertenecía a su hija.

La mayor parte de los funcionarios tenían un resentido respeto por Rodríguez, a pesar de que se quejaban de su vocabulario grosero y sus rudos modales.

“No todos se llevaban bien con ella”, dijo Gloria Garza, funcionaria estatal. “Pero uno respetaba la misión que tenía”.

Cuando iba de regreso, Rodríguez pasó por un restaurante de carne asada cerca de la entrada a la brecha que llevaba al rancho. Había comido ahí con Azalea apenas dos días después del secuestro de Karen.

En ese momento, una vecina del barrio a la que conocía bien, Elvia Yuliza Betancourt, había estado sola en una mesa tomando una soda. Rodríguez la saludó y le preguntó si sabía algo de Karen. Para ese momento, todos sabían. Pero Elvia se hizo la tonta, o eso pensó Rodríguez.

Cuando volvió a pasar por el restaurante se percató de que, tal vez, la muchacha sabía algo. Tal vez había estado vigilando el rancho en caso de que viniera la policía.

La angustia se convirtió en ira. Conocía a Betancourt desde que era una niña, abandonada por una prostituta del burdel local. Solía regalarle la ropa usada de Karen.

Rodríguez se fue a toda velocidad a casa y se lanzó otra vez a la investigación. Descubrió que Betancourt tenía una relación sentimental con uno de los secuestradores de Karen, que estaba en la cárcel por otro delito.

Igual que había hecho con la heladería, Rodríguez esperó durante semanas afuera de la cárcel a la hora de visita hasta que Betancourt por fin apareció. La policía llegó y la detuvo y después descubrió que algunas de las llamadas para pedir rescate se habían hecho desde su casa.

Con el pasar de los meses, Rodríguez siguió llenando el maletín con pistas que exprimía de los archivos del caso. Pero el rastro se iba haciendo más tenue.

Algunos de los culpables estaban muertos. Otros en prisión. Los que seguían libres intentaban forjarse una nueva vida como taxistas, repartidores de gas o, en el caso de Enrique Yoel Rubio Flores, como un cristiano renacido.

Miriam Rodríguez fue a Aldama, un pueblito de 13.000 habitantes y visitó a la abuela del muchacho. Con un suspiro, la anciana le dijo que el chico siempre anduvo en problemas pero que al menos ahora iba a la iglesia.

Por supuesto, Rodríguez comenzó a asistir a las reuniones religiosas. Y ahí lo encontró.

Cuando la policía llegó y lo detuvo dentro de la iglesia los feligreses apenas podían creerlo, recordó su familia. Uno le pidió clemencia a Rodríguez. Ella se rio.

“¿Dónde estaba su compasión cuando mataron a mi hija?”, dice su familia que respondió.
El despertar

El secuestro de Luciano removió algo en San Fernando.

Los residentes casi nunca denuncian el crimen organizado. El riesgo es asimétrico. Es posible que la policía no haga nada mientras que, casi con toda seguridad, el cártel sí hará algo que casi siempre es una venganza.

Muchos justifican su silencio con la creencia de que las víctimas participaban en actividades ilegales. “Andaban mal”, dice a menudo la gente.

Pero el secuestro de un niño de 14 años rompió el pacto de silencio que los cárteles tenían con la gente de San Fernando.

Así que la familia, al igual que hicieron los Rodríguez, rompió las reglas que gobiernan la reacción habitual de las víctimas en estos casos. Llamaron a amigos y ciudadanos a marchar con ellos para exigir el regreso del joven.

Organizaron brigadas de búsqueda. Y dieron ruedas de prensa.

Su mamá grabó una súplica conmovedora rogando a los secuestradores que le devolvieran a su hijo. Por toda la ciudad circulaban autos que reproducían el mensaje por altavoz.


Un aviso con el rostro de Luciano Leal Garza en la ventana de una taquería en San Fernando...Daniel Berehulak para The New York Times

En agosto de este año, la familia viajó a Ciudad de México a presionar al gobierno. Durmieron en tiendas de campaña en el centro y se pusieron ponchos para soportar las tormentas de la temporada.

“No nos importa la lluvia, no nos importa ya nada”, le dijo la madre de Luciano a los reporteros de la televisora local, mientras su grupo se refugiaba bajo los toldos del centro. “Ahorita lo que queremos es a nuestro hijo, saber de él”.

La presión funcionó. El gobierno mandó convoyes de soldados, policías e investigadores a San Fernando. Dos o tres veces por semana hacían búsquedas.

Atravesaron la extensa aridez de los límites de San Fernando, pero por más que buscaban no lograban cubrirlo todo. ¿Quién sabe cuántos trechos habían sido marcados con tumbas anónimas?

Luis, el hijo de Rodríguez, sabía por experiencia propia que la única manera de encontrar un cuerpo era lograr que alguien hablara. En el caso de Karen había sido Cristian, el adolescente al que Rodríguez alimentó.

La familia Leal no tenía a nadie. En septiembre, cuando la policía estatal detuvo al líder del cártel en San Fernando, se rehusó a cooperar.

Para ese entonces, la familia sabía quiénes habían planeado el secuestro: algunos de sus parientes.

Luego de rastrear el perfil falso de Facebook, la policía descubrió lo que Garza sospechaba hace mucho: que varios de sus primos estaban involucrados con el crimen organizado y se habían asociado con miembros locales del cártel para extorsionar a la familia.

Pero para entonces, los primos se habían esfumado. Y las búsquedas no conducían a nada. Ahora parecían casi superficiales, performativas.

En vez de respuestas, la familia recibió amenazas, llamadas y mensajes anónimos advirtiéndoles que dejaran de buscar. Garza ignoró las llamadas igual que Rodríguez, pero la familia pidió seguridad al gobierno.

“Ahorita estamos pidiendo seguridad y nos tienen aquí que mañana, que pasado, que espérame”, dijo el padre de Luciano. “¿Qué van a esperar, que nos maten también a nosotros?”.

Muerte el Día de las Madres

Las desapariciones socavan la naturaleza misma de la pena, al despojar a las familias de la despedida más básica. Condenados a una vida alentada por hasta el más mínimo resquicio de esperanza, el dolor circula repetidamente hasta convertirse en una especie de tortura.

El esposo de Rodríguez se convirtió en otra persona después de la desaparición de Karen. Alguien que solía ser alegre ahora rara vez salía de la casa. Poco a poco se fue transformando, tanto física como emocionalmente, hasta que sus hijos apenas lo reconocían.

Para Rodríguez, la búsqueda de justicia era un escape del dolor. Pero le costó un precio alto.

Su campaña pública no solo amenazaba a unos cuantos secuestradores. Amenazaba el orden de las cosas en San Fernando. A menudo, sus amigos se preocupaban y le advertían que estaba yendo demasiado lejos.

“No me importa si me matan”, le dijo Rodríguez una vez a Saldívar Villavicencio “Me morí el día que mataron a mi hija. Yo quiero terminar esto. Me voy a llevar a la gente que le hizo daño a mi hija y ellos me pueden hacer lo que quieran”.

En marzo de 2017 casi dos docenas de convictos se escaparon del penal en Ciudad Victoria, donde estaban los asesinos de Karen gracias a los esfuerzos de su mamá.

Rodríguez se preocupó y le pidió protección al gobierno. La policía dijo que enviaría patrullas, de manera periódica, a su casa y a su trabajo.


“No voy a cometer los mismos errores de mi mamá”, dijo Luis. Su asesinato le había enseñado que uno solo podía presionar por justicia, hasta cierto punto. Al menos de manera pública.


La tumba de Miriam Rodríguez...Tyler Hicks/The New York Times

Su familia no estaba conforme con esa respuesta, pero ella no dejó que eso la detuviera. Un mes antes de que la mataran, Rodríguez se fracturó el pie persiguiendo a uno de los objetivos de su lista, una muchacha que se había ido a trabajar como niñera a Ciudad Victoria.

Como acostumbraba, Rodríguez pasó días estacionada afuera de la casa de la familia, esperando que la joven saliera. Orinaba en vasos y agotó la batería de su coche escuchando la radio en la oscuridad. Luis dijo que tuvo que ir a escondidas a la cuadra para pasarle corriente.

Cuando la policía por fin detuvo a la muchacha, Rodríguez corrió pero se tropezó y en su caída se rompió el pie. El Día de las Madres todavía lo tenía enyesado y andaba con muletas.

A las 10:21 de la noche se encaminó a su casa. Había regresado con su esposo y vivían en la casa anaranjada, la misma donde Karen había residido. Se estacionó en la calle y se bajó cojeando, caminaba despacio por su lesión.

Una camioneta Nissan blanca que llevaba a tres de los hombres que habían escapado de la cárcel se acercó despacio detrás de ella, según el informe policial. Dispararon 13 veces.

Su muerte encarnaba la impunidad que afecta la vida diaria en México y el gobierno batalló para reaccionar. En unos meses dos de los culpables fueron detenidos y un tercero fue abatido en una balacera.

Mientras, los que ordenaron su asesinato, que temían más su activismo que las consecuencias de matarla, siguen protegidos por el secreto.

Luis se obsesionó con saber quiénes eran. Pero hasta él había aprendido la lección que parecía dejar el asesinato de su mamá: pide justicia solo hasta cierto punto.

“No voy a cometer los mismos errores que mi mamá”, dijo.

Aunque tomó el liderazgo del colectivo fundado por su madre, el movimiento colapsó en ausencia de ella. Algunos se fueron y crearon sus propios grupos. Otros cayeron en un abismo de silencio, acallados por su asesinato.

En junio de ese año, casi un mes después de la muerte de Rodríguez, funcionarios del estado de Veracruz que seguían una pista con información que ella les había dado, arrestaron a otra sospechosa en el caso de Karen. La mujer había golpeado y torturado a Karen durante el secuestro: la colgó como un saco de boxeo y le dio puñetazos.

Después de eso, la mujer huyó a Veracruz, donde manejaba un taxi y criaba a su hijito.

Miriam Rodríguez también la había localizado.

Dos tumbas a menos de 30 metros

Luis llegó tarde al funeral, después de que la procesión atravesó las calles llenas de vecinos que veían el paso del féretro de Luciano camino al panteón. En el lugar de sepultura, una multitud rodeó el hueco rectangular y él se quedó a un lado, llorando.

Las autoridades habían encontrado el cuerpo del adolescente en octubre de este año, en una fosa poco profunda en el borde norte de San Fernando, pasando una arboleda de acacias. Los asesinos cubrieron el lugar con basura para despistar a los buscadores. Semanas antes unos voluntarios habían pasado justo por ahí y no lo vieron.

El gobierno no aclaró cómo encontró el lugar. Un funcionario dijo que los investigadores habían logrado triangular la ubicación basándose en las señales de las torres celulares.

Pero eso no parecía probable. Horas antes de que hallaran el cuerpo, la policía localizó al primo que ayudó a organizar el secuestro del joven en un hospital con un tiro en la pierna. Después fue acusado de secuestro y asesinato.

La gente de la ciudad, acostumbrada a callar y mirar hacia otro lado, observaba el cortejo fúnebre que transitaba por las calles con una lentitud que permitió que cientos de dolientes pudieran seguirlo a pie. Los dependientes de las tiendas salieron a ofrecerles agua en medio del calor de cuarenta grados.


Anabel Garza Rivera y Luciano Leal Vela arrodillados ante el féretro de su hijo asesinado.

Un mariachi tocaba mientras los deudos presentaban sus condolencias en el entierro. Las palabras de los papás hicieron llorar a la multitud, y a Luis y a su hermana Azalea en particular. Su hermana Karen estaba muerta y también su madre e incluso la amiga de ella, Idalia Saldívar Villavicencio, que había fallecido hacía poco de COVID-19.

El papá de Luciano expresó su agradecimiento. De algún modo, tenía a su hijo de regreso.

“Quiero agradecerte por ser el hijo perfecto, por traernos alegría cada día que estuviste aquí”, dijo. “Te llevas contigo nuestros corazones”.

Su mamá agradeció a todos por arriesgar su seguridad al ayudarle a buscar a su hijo. Familiares, amigos, incluso desconocidos.

“Ustedes le han enseñado a mi familia que juntos podemos defendernos”, dijo. “Tenemos que quitarnos el miedo de pararnos y levantar la voz”.

Para Luis y Azalea era difícil no escuchar el paralelo con su propia madre, sepultada a menos de 30 metros de ahí. En su momento, Miriam Rodríguez había dicho algo así y las palabras que pronunció ahora estaban talladas en una placa junto a su mausoleo.

Azalea abrazó a la mamá de Luciano por más de un minuto, llorando. Luis estrechó las manos del papá de Luciano pero apenas y dijo algo y luego se alejó limpiándose los ojos.

Al principio, Luis intentó ayudar a la familia al presentarles a un policía que había trabajado en el secuestro de Karen y la muerte de su mamá. Pero cuando sugirió usar perros entrenados para ubicar cadáveres, la familia se resintió, dijo Luis.

Eso fue al principio, antes de que estuvieran dispuestos a considerar la posibilidad de que su hijo estuviera muerto, cuando lo único que tenían era esperanza. “No andamos buscando un cuerpo”, recuerda Luis que le dijo Anabel.

Después de eso pareció romperse la confianza y Luis se fue por su lado.

Al dispersarse el gentío del funeral, Luis y Azalea visitaron la tumba de su mamá, una estructura con forma de capilla bordeada por cipreses. Karen también está enterrada ahí, junto a su madre.

Sabían que estaban entre los pocos afortunados que al menos tenían un sitio donde llorarlas. Hay tantas familias que nunca encuentran a sus seres queridos. Que Karen y Miriam Rodríguez descansen juntas era un pequeño consuelo.

Luis y Azalea estuvieron sentados un rato mientras el sol se suavizaba, rememorando de un modo que ya rara vez se permitían. El cementerio se vació pero ellos se quedaron, aferrados al instante.

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"Y con INTERESES SI SE TARDAN": LA SUPREMA CORTE de JUSTICIA "ORDENA a BANCOS" REEMBOLSAR los CARGOS NO RECONOCIDOS o RETIROS NO AUTORIZADOS...esperemos las medidas, les generen algún interés.



La Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) ordenó a los bancos deben reembolsar a sus clientes los cargos no reconocidos o retiros no autorizados a sus cuentas e incluso, pagar intereses por el tiempo demorado en reparar el daño.

Asimismo, se resolvió que en caso de no devolver las sumas retiradas, las instituciones bancarias deberán pagar intereses ordinarios y moratorios por el retraso.

Esta decisión se toma por considerar que los bancos tienen la obligación de cuidar el dinero de los derechohabientes.

Publicó una tesis donde se respaldan las denuncias por robo a cuentas de usuarios, las cuales no son reconocidas por los bancos y no son reembolsadas.

Asimismo, indica que “la institución bancaria debe retribuir las cantidades retiradas y, en caso de no hacerlo, pagar intereses ordinarios y moratorios por el retraso en que incurra a razón del 6%”.

Esta resolución se da luego de haber sido recibidas varias denuncias de robo, así como la falta de atención por parte de los bancos.

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"ATRAPADA en la MENTE del NARCO": HABLA la TERAPEUTA del "CHAPO y la MATAVIEJITAS" ...pero solo de dejaron ver algunos secretos.



Sobre las paredes de su guarida cuelgan algunas fotos de cabezas cercenadas y de cuerpos abiertos en canal, de cicatrices de estrangulamiento y retratos de capos conectados unos con otros por flechas, mapas, cuerdas y chinchetas que configuran de un solo vistazo el mapa criminal de México. Del salón a la cocina, pasillos y despacho incluido. El único espacio de la casa de Mónica Ramírez Cano que no parece un búnker es el baño. Esta psicóloga criminal, de 44 años, que ha pasado meses analizando la mente de los grandes capos de la droga como Joaquín El Chapo Guzmán o Dámaso López, El Licenciado, y otros que todavía no puede nombrar además de un centenar de asesinos en serie, se siente más cómoda entre estas imágenes que frente a un gin-tonic con sus amigas. El verdadero mapa y lo que él esconde lo lleva todos los días en su cabeza.


Hasta poco antes de que lo extraditaran a Estados Unidos en enero de 2017, Ramírez se sentaba durante horas frente al que fuera el narco más poderoso del mundo, en el peor momento de su carrera criminal. Movía su silla hacia El Chapo en uno de los salones de la cárcel —primero en el Altiplano y luego en Ciudad Juárez— y cuando lo tenía cerca le preguntaba por el principio: “¿Cómo fue su infancia, Joaquín?”.

La historia, mil veces contada, de cómo un hijo de campesinos de la sierra de Sinaloa, rechazado por su padre, condenado por nacimiento a la miseria se hizo con el imperio de la droga más potente del planeta ya se la sabía Ramírez. Pero es en los detalles de aquellas conversaciones, cuenta, donde están las claves para determinar qué había en ese hombre ya cansado del otro Chapo de años atrás: una fiera del narco capaz de enviar a 50 hombres con rifles de asalto y placas de policía federal a una popular sala de fiestas de Puerto Vallarta y descargar allí en menos de ocho minutos mil casquillos para liquidar a los supuestos autores de un atentado en su contra. Ese era El Chapo.

“El Chapo es un estratega, un hombre con una capacidad enorme de aprovechar la oportunidad. Con rasgos psicopáticos muy marcados, pero no se puede considerar como un psicópata, según los parámetros del psychopathy checklist del experto Robert Hare”, cuenta. “Responde a la cultura del capo de la vieja escuela, es muy distinto a los que vinieron después, donde la psicopatía está más marcada, no les importan las consecuencias de sus actos y parece que no diferencian nada. Son sanguinarios, no les interesa el acuerdo, tampoco el negocio, solo el poder. También muy narcisistas. Y por eso tenemos la violencia de ahora, es impredecible y brutal, como ellos: los carteles son una representación del perfil de sus líderes”, añade, aunque prefiere no dar nombres de estos últimos por cuestiones de seguridad.

—¿Recuerda cómo fue la primera vez que lo entrevistó?

—Estaba yo con algunos médicos que no sabían a quién iban a ver y él de espaldas. Cuando se giró y nos miró de frente… recuerdo el asombro. Ahí estaba El Chapo. Enseguida empezó a hablar y a contarnos su miedo... a perder la libertad y a no ver más a su familia.

Ramírez deja claro durante la entrevista que lo que cuenta no viola el acuerdo de confidencialidad ni el secreto profesional. En su cabeza lleva escrita la historia reciente del narcotráfico de México, contada de primera mano por algunos de sus principales protagonistas, con datos que harían temblar Gobiernos, pero que calla no solo por la ética y una cláusula en papel, sino por su vida. Vive amenazada de muerte desde que entró a trabajar en el Ejecutivo de Enrique Peña Nieto en 2012 como la única especialista en psicología criminal que trataba con capos de este nivel. “El problema es que yo he llegado a conocerlos más de lo que ellos se conocen a sí mismos”, declara. “Y esto le interesa a demasiada gente, no solo a posibles funcionarios corruptos, sino a los capos rivales”, añade la psicóloga.

Mónica Ramírez, durante una de las sesiones con El Chapo en prisión. Las imágenes son cedidas por la propia Ramírez a este diario.

La presión psicológica a la que ha estado sometida le ha provocado secuelas graves en su salud. En los últimos años ha pasado más de una decena de veces por el quirófano. En 2014, la operaron hasta seis veces de piedras en los riñones. Poco después de salir de una visita en la cárcel, se agachó para recoger algo del suelo y ya no se podía levantar, el dolor le atravesó la mitad inferior de su cuerpo: una hernia lumbar. “Ya no le digo de otros problemas causados por el estrés, como gastritis, otra hernia hiatal, me quitaron el apéndice, tengo el colesterol altísimo, me detectaron diabetes, hipotiroidismo, tuve tres microinfartos cerebrales… ¿Qué más fue, Nona?”, le pregunta a su asistente.

—La vesícula, le quitaron la vesícula.

Hace solo un mes se sometió a una cirugía bariátrica para reducir drásticamente el sobrepeso. Nona aprovecha la pausa para acercarle en una servilleta hasta seis pastillas, señala una de color naranja: “También, claro, llevo un tratamiento psiquiátrico y voy con un terapeuta”.

Ramírez estaba especializada en violencia en serie, en ellos centró gran parte de su carrera que comenzó en España y que continuó en algunas zonas de Portugal, Los Ángeles, Atlanta (en Estados Unidos) y en México. “El perfil de un asesino en serie no tiene nada que ver con el de un señor de la droga. El objetivo que se persigue es completamente distinto. El primero busca una satisfacción psicológica, emocional o sexual; para los narcos es en su mayoría solo económica. Lo ven como un trabajo”, explica.

Los pocos huecos que quedan en las paredes pintadas de su casa están también decoradas con algunos cuadros de tintes surrealistas. Mientras enumera algunas historias de sus entrevistas con asesinos en serie en México va señalando las obras: “Ese de allá”, un volcán brillante, con la cima nevada y una cascada en su ladera, “me lo pintó Juana Barraza, La Mataviejitas”, una de las asesinas en serie más conocidas del país, que torturó y asfixió a unas 17 ancianas; “aquel es del sicario de La Tuta”, un pistolero del que fuera líder del sanguinario cartel de Los Caballeros Templarios, Servando Gómez, le regaló un cuadro inspirado en Dalí, con detalles como una mujer abierta de la que brotan dados, fichas de póker y espadas y, en medio de un río que escupe un reloj de arena de agua, un tablero de ajedrez.
Una pared de la casa de Mónica Ramírez donde escribe detalles de El Chapo. En el vídeo, la psicóloga habla sobre el perfil criminológico de Joaquín Guzmán Loera. FOTO | VÍDEO: HÉCTOR GUERRERO

Ramírez cuenta que lo único que la saca momentáneamente de este mundo oscuro en el que vive atrapada desde hace 20 años es llegar a casa, bañarse y ponerse a ver Harry Potter. “Es lo único que me desconecta”, cuenta. Vivió fuera de México 12 años. Nació en la Chihuahua violenta que comenzó a quebrarse hacia mediados de los noventa con las muertas de Ciudad Juárez. Ramírez fue secuestrada por un grupo criminal que quiso extorsionar a su padre, un tema del que apenas habla. Y cuando la soltaron, huyó a España. No se ha separado del crimen desde entonces. Y su reciente vida en México la ha pasado más tiempo dentro de la mente de los asesinos que tejiendo una red de nuevos amigos con problemas cotidianos de trabajo.

Dámaso López, el que fuera la mano derecha de Joaquín El Chapo Guzmán en el cartel de Sinaloa, le preguntaba a Ramírez con insistencia si iba a volver con el “bueno para nada” de su marido para que le hiciera un hijo, recuerda. López fue detenido en mayo de 2017 en Ciudad de México y extraditado un año después a Estados Unidos. No entendía por qué había decidido solo tener tres perras, Mía, Ella y Maika, como únicos seres a su cargo y ningún hombre al frente. “No encontré a nadie que me siguiera el ritmo”, le respondía Ramírez y él se reía. Como sucedió con El Chapo y su obsesión con hacer una película sobre su vida, El Licenciado le ofreció a Ramírez los derechos para escribir un libro.

Para El Licenciado, un criminal con formación que no había nacido en la miseria y entró al mundo del narco ya tarde, no había nada más importante que la seguridad de su familia. Desde que lo detuvieron, su principal preocupación era su hijo, el heredero de su pastel del narcotráfico, que se disputaba el poder entonces con los hijos de El Chapo y lo habían acorralado. Dámaso vivía con el miedo a que le pasara algo. Prefería verlo en una cárcel en Estados Unidos a que se lo entregaran en una caja. Y así fue, el Mini Lic se entregó en la frontera norte a las autoridades estadounidenses poco después de la captura de su padre.

Ramírez marcaba en cada sesión las contradicciones del discurso de estos señores de la droga. “Ellos se ven a sí mismos como los CEO de una empresa. Hablan de su negocio y de su capacidad de colocar a las personas adecuadas en el puesto. La violencia que ejercieron la justifican como una respuesta para salvar su negocio. Lo que se tiene que hacer, me contaban”, señala la psicóloga. No hay remordimientos ni culpas.

“Uno se imagina a un monstruo. Yo tengo que ver más allá”, cuenta Ramírez. Y recuerda que de entre todos los criminales con los que ha tratado, internarse en la mente de estos resultaba una tarea a ratos fascinante de la que todavía no ha logrado salir. “El Chapo es un hombre tremendamente respetuoso en las formas, un seductor. Se reconocía a sí mismo como un adicto a las mujeres”, señala.

Durante las últimas horas que pasó El Chapo en la prisión de la que se fugaría por segunda vez, el capo leía poesía popular mexicana, poemarios de amor. Y el día que se escapó a través de un agujero en la ducha que conectaba a un túnel subterráneo con raíles, un libro sobre Pancho Villa y la Revolución.

fuente.-Diario Español/

EN VEZ de RESOLVER las BALACERAS el ALCALDE TAMAULIPECO de MIGUEL ALEMAN "PROHIBE los CUETES" para IMPEDIR que ESTRUENDOS se CONFUNDAN con TIROTEOS...y que dios nos bendiga.


Por el ambiente de violencia que se vive en Miguel Alemán, el Alcalde Servando López Moreno prohibió la venta de cohetes a partir de hoy hasta enero del 2021, al advertir que los estruendos se pueden confundir con balaceras.

EN MANOS De Dios:


La medida fue aprobada por el Cabildo y servirá también para evitar reuniones familiares en días festivos, dijo el Edil.

"Se maneja en las redes sociales, que hay balazos en tal sector, que hay balazos en tal colonia, todo por estar tronando cohetones grandes que son tan fuertes, que repito, se confunden con cuernos de chivo", comentó.

"De por sí ya estamos un poquito alterados y nerviosos por el Covid y ahora agregarle a este problema, pues no lo vamos a permitir".

Puntualizó que aunque tronar cohetes en Miguel Alemán no representa un delito, el citado acuerdo de Cabildo para prohibir su venta contempla arresto y multa económica o pasar 36 horas en la cárcel.

Comentó que el Municipio, así como la región de La Ribereña, además de la crisis por el coronavirus, vive la de la inseguridad.

"Es un llamado también a los papás para que sus hijos no truenen cohetes en este mes de diciembre, ni el de enero, y pues va a haber sanciones, después no se vayan a enojar, porque se lleve a alguien a barandilla", indicó.

En cuanto a las pérdidas económicas por la prohibición, señaló, que no importa se los comerciantes queden con la mercancía y no la puedan vender.

Fuente.-