El General Ricardo Trevilla,flamante Secretario de Defensa, nos asegura muy orondo, que el protocolo de proteccion de la Guardia Nacional para resguardar a Carlos Manzo,alcalde ejecutado en Uruapan,no falló. Y, sin embargo, hay un muerto.
Pero claro, el manual —esa biblia sagrada de la burocracia con uniforme pixelado—, ese sigue intacto. La Guardia Nacional, nos dice el General, hizo todo bien… salvo que no hizo nada.
Dice Trevilla que el esquema federal “estaba disponible”. Disponible, como si se tratara de una app que el alcalde olvidó descargar antes de salir a la calle. Lo ofrecieron —eso sí hay que concedérselo—, pero como Manzo decidió confiar en su resguardo municipal, el Estado federal se lava las manos con la eficiencia de un cirujano. Qué cómodo dictar la moral del manual después del crimen consumado.
“El protocolo no falló, falló otro”, repite el General. Es una frase que debería enmarcarse en la historia reciente del autoengaño institucional. Si la lógica militar se impone, el problema no son las balas ni la inteligencia fallida, sino la víctima que no aceptó la bendición federal. El alcalde no murió; se autoexcluyó del protocolo divino de la seguridad nacional.
Y para rematar, el mando castrense promete ahora “sensibilizar” a los funcionarios locales. Les enseñarán, se entiende, a no pensar por sí mismos ni decidir a quién confiar su vida. Harán talleres de obediencia bajo fuego. No vaya a ser que a otro se le ocurra decir que sí, pero con condiciones.
Así, la Sedena se declara impecable en sus formas, aunque los hechos —duros, sangrientos— digan lo contrario. El protocolo sobrevivió, el alcalde no. Y en la balanza oficial, el papel pesa más que la sangre.
Con informacion: ELNORTE/

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