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sábado, 15 de noviembre de 2025

«CARNE FRESCA para MAQUINARIA CRIMINAL»: «MAS de 250 MIL MENORES de 12 a 15 AÑOS estan en PELIGRO de ser DEVORADOS por el SICARIATO CRIMINAL»…un inventario bajo modalidad de «úsese y deséchese”.


En México, los niños siguen siendo carne fresca para la maquinaria criminal. Hay, según Reinserta, hasta 250,000 menores de entre 12 y 15 años al borde del abismo, listos para ser devorados por el sicariato como si la infancia fuera un inventario renovable. Mientras tanto, las autoridades contemporizan con discursos bonitos sobre «reconstrucción del tejido social», como si las palabras pudieran suturar la fractura de un país que ya se acostumbró a ver niños armados.

La estadística no es fría, es devastadora: seis de cada diez adolescentes reclutados empezaron a drogarse antes de los 15 años; cinco de cada diez fueron absorbidos por un cártel antes de cumplir la mayoría de edad. Son cifras que deberían provocar náusea, no resignación. Pero el Estado —ese espectro que aparece para la foto y desaparece cuando hay que pagar la deuda histórica con la juventud— sigue ausente. Y mientras ellos juegan a legislar, el crimen organizado recluta sin pausa ni pudor, porque en la práctica, el país les entrega la nómina de la desesperanza.

No es que falte legislación; falta vergüenza. México ni siquiera ha tenido la decencia jurídica de tipificar el reclutamiento infantil como delito. Es una omisión tan grotesca que bordea el cinismo. En este país, se castiga con vehemencia al menor que empuña un arma, pero rara vez se rastrea la cadena que lo llevó a sostenerla. El sistema no se rompe: se perpetúa. Porque, ¿quién necesita mano de obra estable cuando hay un ejército de niños desechables?

Lo más perverso es cómo la violencia se hereda como reliquia familiar. Crecen entre tíos halcones, primos sicarios y madres que prefieren no preguntar. Así, el crimen deja de ser elección y se vuelve vocación impuesta. En ese entorno, la normalización del horror es su pedagogía más efectiva.

A los políticos, a los funcionarios que todavía sueñan con inaugurar programas sociales como si fueran milagros parroquiales: dejen de usar palabras como “esperanza”, “reconstrucción” o “resiliencia” mientras el país entero funge como cantera del narco. La respuesta no está en los discursos, sino en lo que nunca se ejecuta: políticas que devuelvan a la niñez algo que ya parece utópico, la posibilidad de no convertirse en estadística.

Y así seguimos, mirando de reojo a esos niños que la pobreza y la omisión se pelean, mientras el Estado —ese padre ausente— les firma cada día su sentencia con el sello de la indiferencia.

Con informacion: LAOPINION/

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