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sábado, 8 de noviembre de 2025

«ABRAHAM solo QUERIA PASAR el DIA con su PAPA en el ESTADO de las 7 MIL DESAPARICIONES del PAIS de las 134 MIL pero YA son ESTADISTICA los DOS»…Sinaloa no necesita discursos mañaneros,necesita que los vivos dejen de desaparecer para convertirse en muertos.


Sinaloa, tierra de música y muerte. El estado donde la palabra “desaparecido” dejó de ser excepción para volverse rutina. Casi siete mil personas borradas del mapa, diluidas en expedientes empolvados, en búsquedas que no llegan, en promesas que suenan huecas. En México, la cifra nacional ronda las 134 mil y contando. Pero aquí, en el corazón del noroeste, parece que la tragedia se volvió paisaje.

De acuerdo con Revista Espejo,Abraham Mejía Ríos, de 18 años, solo quería pasar el día con su padre. Hacía semanas que no lo veía y el 5 de noviembre decidió visitarlo. El plan era sencillo: acompañarlo a trabajar y luego regresar juntos a casa.

Su padre, Abraham Mejía Carrasco, de 49 años, trabaja como transportista. Esa mañana debía operar una grúa en el Campo El Diez, una zona rural al sur de Culiacán. Hasta ahí llegó su hijo para acompañarlo. Pero ese encuentro familiar terminó convirtiéndose en un silencio largo, ambos fueron interceptados por hombres armados y desde entonces se desconoce su paradero.

En Culiacán los padres siguen caminando con palas en las manos, buscando huesos bajo el sol inclemente mientras el gobierno aplaude inauguraciones y presume planes de seguridad tan vacíos como las fosas comunes que siguen abriéndose. La indolencia es política de Estado: funcionarios que esquivan preguntas, fiscalías que desaparecen la esperanza junto con los cuerpos, y un aparato de justicia oxidado, complice , incapaz —o peor aún, indispuesto— a mover un dedo.

En Sinaloa la vida se mide en ausencias. Cada madre es una archivista del dolor, cada barrio carga con un fantasma. El Estado, ese que debería abrazar, parece disfrutar del silencio, escondido detrás de comunicados que no dicen nada, ocupado en fingir normalidad mientras las madres rastreadoras hacen el trabajo que las instituciones rehúyen.

Y mientras tanto, la historia de Abraham Mejía Ríos y su hijo, desaparecidos ambos, se suma al coro ensordecedor de los olvidados. Un eco que atraviesa la sierra, retumba en las calles y se estrella contra la sordera del poder. Porque lo que en Sinaloa pasa no es casualidad: es resultado de un gobierno corrupto en extremo, apático e inepto, de un sistema que permite que la muerte tenga más presencia que la justicia.

Sinaloa no necesita discursos. Necesita que los vivos dejen de desaparecer.

Con informacion: REVISTA ESPEJO/ RNPDNLO/

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