Francisco Cuéllar “Paco” se ha convertido en el epítome del corrupto moderno en Tamaulipas: ese operador turbio que, con mano experta, administra el cochupo y reparte chayote entre plumas que, por unas monedas, se despojan de la dignidad periodística y venden su conciencia al mejor postor. Denunciarlo no es un acto de oposición, sino de higiene pública: es necesario airear el hedor de los convenios millonarios disfrazados de publicidad institucional bajo el gobierno de Morena y Americo Villarreal Anaya, donde la transparencia es solo una palabra hueca y los sobres amarillos de la nomina mensual circulan con la regularidad de “la nómina oculta”, anestesiando a reporteros y medios en agravio del derecho que tienen los ciudadanos de estar bien informados.
La maquinaria del cochupo
Cuéllar, bien colocado en el aparato estatal por recomendación de Jesus Ramirez,otro corruptor, pero de carácter nacional, tejió un entramado familiar y personal para desfalcar el erario en nombre de la comunicación gubernamental mientras, paradójicamente, el gobierno y su gobernador caían al fondo de la aprobación ciudadana, dicho sea de paso,por los malos e indefendibles oficios del mandatario.
Las sumas “para imagen” a decir del escandalo, terminaron pagando cirugías, lujos y una red de silencios cómplices, mientras se rebanaba la libertad de prensa con la cuchilla del presupuesto público.
Lengua vendida y defensa torcida
La respuesta automática del gremio es previsible: plumas prostituidas responden como Judas, prestando su lengua para convertir la defensa de un corrupto en un “acto de honor”, tundiendo en redes y columnas, para limpiar la imagen de “el soldado Paco”.

La retórica florece, las virtudes inventadas saltan a la vista, pero la ciudadanía observa cómo el dinero lava la reputación y devalúa la crítica, traicionando la única obligación válida del periodismo: decir la verdad, por encima del interés personal o de grupos.
Periodismo arrodillado
Así, Tamaulipas asiste a la indignante paradoja: periodistas que deberían fiscalizar se arrodillan ante el poder, cobrando por cada letra, por cada silencio, por cada defensa absurda de lo indefendible. Nada nuevo bajo el sol: la corrupción, como siempre, compra no solo casas, carros y viajes, sino la dignidad de quienes debieran vigilar el interés público.
Queda claro: el “chayote” no solo calla bocas, sino que pervierte la función social de la prensa, exhibiendo hasta dónde puede llegar la miseria cuando la dignidad se subasta al mejor postor.

Decía Rousseau que “siempre es más valioso tener el respeto que la admiración de las personas”; sin embargo, para mí hay pocas que poseen ambas virtudes.
Francisco Cuéllar, Paco o simplemente Cuéllar, como lo conozca Usted, es para mi, sin la menor duda, uno de los pocos que tienen las dos, es alguien al que respeto y admiro. Paco es un tipazo, no por el puesto que ostenta, sino por lo que es. Apasionado de su trabajo, un hombre disciplinado, respetuoso, leal, cariñoso con su familia, inteligente y sagaz. Paco, como todo ser humano tiene defectos, pero éstos son los menos en comparación con sus talentos. Éstos y su plática y trato amable, lo hacen destacar por encima de cualquier crítica. Cuando se posee todo eso, indudablemente alguien se convierte en una roca, fuerte y perdurable.
Hoy, es víctima de un ataque sistemático, pero a Paco no lo atacan por lo que representa, sino porque resiste. Porque en medio del ruido, permanece firme; porque no negocia su lealtad, y en estos tiempos de simulaciones, eso se paga caro.
Las rocas no buscan protagonismo, ni pretenden agradar. Están ahí, fuertes, quietos, sosteniendo lo que no cualquiera puede sostener. Y esa quietud, esa solidez, irrita a quienes viven de moverse con el viento. Por eso los ataques llegan disfrazados de crítica. Por eso inventan, distorsionan, denostan. Porque necesitan quebrar la imagen de quien no se quiebra. Porque la integridad incomoda a los que solo saben sobrevivir de rodillas.
En política, cada generación tiene una roca: la que no cambia de bando, la que no reparte su fidelidad por contrato, la que no se esconde, la que hace frente y se mantiene sin que el agua de la ambición se filtre en su interior. Esas son las que, sin buscarlo, terminan siendo las más golpeadas, y sin embargo, siguen ahí, al pie del cañón, sin aplausos, sin vítores, soportando golpes, inclusive de algunas piedritas que antes se decían amigas.
Las rocas saben que el poder pasa, pero la dignidad se queda. Y cuando el polvo se asienta, y el viento se calma, son las rocas las únicas que siguen mirando de frente.
Reenviado.
“… el poder es el viejo edificio de roca que resiste por siglos”.
-Frank Underwood, House of Cards.a
****Daniel Santos Flores/Hora Cero
Así, Tamaulipas asiste a la indignante paradoja: periodistas que deberían fiscalizar se arrodillan ante el poder, cobrando por cada letra, por cada silencio, por cada defensa absurda de lo indefendible. Nada nuevo bajo el sol: la corrupción, como siempre, compra no solo casas, carros y viajes, sino la dignidad de quienes debieran vigilar el interés público.
Fuerte como una roca ?
Es tal la defensa del «Soldado Paco», que la prensa de lengua elegante alquilada al poder han llegado al extremo de de emplear apologías empalagosas como toda pluma mercenaria dedica a su benefactor, Francisco Cuéllar,que resulta obligado desmontar con bisturí y no con mazo.
Admirar la piedra por su dureza está bien, pero olvidar que también las piedras pueden ser lanzadas, es hipocresía. Decía Rousseau que el respeto es más valioso que la admiración, pero nada es más miserable que confundir la sumisión comprada con respeto auténtico.
Francisco Cuéllar no es una roca, sino el cincel que esculpe el silencio a punta de dinero público, transformando la prensa en correa de transmisión del poder y el presupuesto en opio para periodistas. Resulta conmovedor —por no decir lastimoso— ver a columnistas elevar la corteza de la lealtad sobre las ruinas del escepticismo, confundiendo firmeza con obstinación y dignidad con convenio. Protestar la fidelidad de una “roca” no es sino declarar la derrota intelectual: nuestra roca, estimado Daniel, es ese escepticismo sereno que ni la mermelada presupuestal ni la urgencia de los favores logra astillar.
Porque si algo resiste al tiempo en el periodismo no es la dureza ni el mutismo, sino la transparencia; ni la lealtad ciega, sino la crítica honesta. “En tiempos de simulación, ser roca se paga caro”, dices; pero es aún más costoso prostituir la conciencia y convertir la defensa editorial en oficio de rentista, pues lo que se gana en favores se pierde en respeto. Cuando pase el polvo, la historia sólo recordará quienes, entre tanto rugido, optaron por la dignidad y no por el eco del sobre amarillo.
Que ninguna oda a la piedra esconda el lodo bajo la alfombra: solo el agua limpia, no la roca muda, es la que funda ríos y fertiliza las hondonadas de la memoria pública.
Con informacion: @Redes/Medios

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Tu Comentario es VALIOSO: