Cada vez que el gobierno anuncia que va a erradicar un delito, ese delito se multiplica como gremlin mojado. La extorsión, por ejemplo, luce hoy más robusta que nunca: se triplicó en un año. Sí, en esta ciudad donde los discursos de “seguridad integral” se dan con el mismo entusiasmo que los encabezados de campaña, las denuncias pasaron de 369 a 1,197 entre enero y septiembre. Un salto olímpico hacia el fracaso.
Omar García Harfuch, el hombre del “combate estratégico” y la “coordinación interinstitucional”, parece dirigir una coreografía de cifras. Cada rueda de prensa se siente como un parte de guerra triunfal… hasta que salen los números reales. Porque si en esta guerra contra la extorsión hay ganadores, no son los ciudadanos: son los extorsionadores, los policías corruptos y los funcionarios que confunden PowerPoint con política pública.
Basta revisar el panorama: 4.4 investigaciones al día, un 94 por ciento de cifra negra y empresarios pagando “derecho de piso” mientras miran al suelo con miedo. Los ciudadanos saben que denunciar es echar una moneda al aire: cruz, te ignoran; cara, te matan. En esa ruleta, la Secretaría de Seguridad presume 573 detenidos. Pero nadie explica por qué, pese al “éxito operativo”, los extorsionadores nuevos surgen más rápido que los boletos para un concierto de moda.
La historia de la madre que tuvo que entregar 50 mil pesos a policías para liberar a su hijo, o la del comerciante extorsionado por tipos con credenciales de la Cámara de Diputados, son apenas la superficie de un pantano profundo: el de la impunidad institucionalizada.
Y ahí está el discurso oficial: más carpetas, más detenciones, menos victimización. Una ecuación que solo cierra si se resuelve con fe. Porque en las calles, los números sostienen otra narrativa: la del miedo cotidiano, la del ciudadano que mejor paga antes que morir, la del país donde combatir un delito parece la mejor forma de multiplicarlo.
La CDMX bajo la estrategia nacional de Harfuch no necesita nuevos operativos, sino menos simulacros. Ya es hora de dejar los “anuncios preventivos” y enfrentar el hecho incómodo: mientras más se promete seguridad, más se dispara la inseguridad. Quizá el problema no son las estrategias… sino los estrategas.
Con informacion: REFORMA/

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