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jueves, 7 de noviembre de 2019

CUANDO NO los MATA el GOBIERNO los MATA el CRIMEN y VAN 20 MIL NIÑOS ASESINADOS en la "FRACASADA GUERRA " de 2006 AL 2019...y hoy morirán 4,dicen las frías cifras..

En gran parte la guerra contra el narcotráfico y la violencia e inseguridad que se vive en varias regiones del país ha provocado el asesinato de unos 20 mil niños y adolescentes desde 2006 hasta lo que va del 2019, lo que coloca a México como una de las naciones más riesgosas para este sector de la población, sostiene la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim), coalición de 75 organizaciones de la sociedad civil mexicana que desarrollan programas a favor de este sector en situaciones de vulnerabilidad.

MASACRADOS POR MARINOS:

De hecho, México es uno de los países más riesgosos para niños y adolescentes. Se compara con Irak en términos de violencia y con Honduras, pues las tasas de homicidios aquí son propias y características o proporcionales a un país en guerra, advierte el director ejecutivo de la Redim, Juan Martín Pérez García.

Al día 4 niños mueren en México por violencia, más que en Siria: Save the Children...

En medio de la masacre contra la familia LeBarón en Chihuahua, donde perdieron la vida nueve personas, entre ellas seis menores de edad, todos a manos del crimen organizado, las cifras asoman con frialdad:
De enero a septiembre del 2019 han sido asesinados en México 796 niñas, niños y adolescentes, asegura la Redim, con base en reportes del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SNSP), que dan cuenta de homicidios, feminicidios, secuestro, tráfico de menores y lesiones contra este sector de la sociedad.
En entrevista con Crónica, Pérez García detalla que más de 634 eran varones y ocho de cada diez perecieron por armas de fuego. Lo anterior representa un promedio diario de tres niñas, niños y adolescentes víctimas de homicidio doloso en el 2019.
Con base en el SNSP, Chihuahua, el estado donde fueron asesinados nueve miembros de la familia LeBarón, es la tercera entidad con más asesinatos dolosos contra niños y adolescentes, con 60 registros.
El primer lugar es Guanajuato, con 98; Estado de México, 87; Baja California, 50; y Jalisco con 48, serían los cinco estados con mayor número de homicidios dolosos contra esta población.
La Ciudad de México aparece con 29 asesinatos contra niños y adolescentes de enero a septiembre de este año, por debajo de Veracruz con 45, y Michoacán con 41 y Morelos con 35 homicidios.
Para la Redim los niños, niñas y adolescentes en el México actual están sometidos a un estrés permanente por la inseguridad que se vive en muchas regiones del país y por la permanente vulnerabilidad en que se encuentran.
De hecho, Pérez García explica que ocho de cada diez niños o adolescentes no salen a la calle o al parque, tampoco van a la escuela solos por la violencia e inseguridad y las familias tienen que tomar medidas como encerrarlos y no dejarlos solos en la vía pública.
El mes más violento de los últimos cuatro años para la población de 0 a 17 años fue junio de 2018, cuando se registraron 222 homicidios dolosos de menores, lo que significó siete muertes por día.
Si bien esta cifra corresponde al gobierno del expresidente Enrique Peña Nieto, para la Redim no hay diferencia en la estrategia de combate a la violencia de los gobiernos de Felipe Calderón (2006-2012), Peña Nieto (2012-2018) y el actual, de Andrés Manuel López Obrador, pues este gobierno tampoco invierte en la niñez e incluso recortó el presupuesto para el DIF encargado de varias de las políticas públicas diseñadas para ayudar a este sector de la población.
fuente.-(Imagen/web)

GOBIERNO "TAIMADO y CONFUNDIDO" INSISTE en TEORIA de la CONFUSION en MASACRE de FAMILIA..."haiga sido como haiga sido",pero los deudos lo desmienten.

Autoridades federales insistieron ayer en que el ataque a las familias LeBarón y Langford, en el que asesinaron a tres mamás y seis de sus niños y bebés, pudo haber sido producto de una confusión de un grupo criminal, pero los hechos contradicen esta hipótesis.

TE PODRIA INTERESAR:

El General de Brigada Homero Mendoza, jefe del Estado Mayor de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), afirmó ayer en conferencia de prensa que el ataque está vinculado con un enfrentamiento entre los grupos criminales de La Línea y los Salazar.


Según el General, sicarios de La Línea se enfrentaron en la madrugada del lunes con el cártel de Los Salazar en Agua Prieta, Sonora, y temían una incursión de éstos en Chihuahua, que consideran su plaza.

Por ello, dijo, La Línea envió una célula a la zona entre Janos, Chihuahua, y Bavispe, Sonora, que sería la responsable de los ataques a los tres vehículos en los que viajaban las familias mormonas: tres mujeres adultas y 14 niños en total. 

"El tipo de vehículos que utilizaron son... como en los que se trasladan con regularidad delincuentes del crimen organizado, vehículos tipo Suburban", dijo el General Mendoza. 

Sin embargo, Julián LeBarón, vocero de la familia, reiteró ayer en entrevistas que ni fue confusión, ni fuego cruzado de cárteles y no hace sentido la "explicación" de las camionetas Suburban.

"También el Presidente de la República viaja en esas camionetas", declaró.

Una madre y cuatro de sus hijos viajaban en una Tahoe que fue atacada e incendiada, mientras que las otras dos iban en sus respectivas Suburban: una madre con una bebé, y otra con nueve niños, que también fueron atacados en otro punto.

Testimonios de familiares de los LeBarón indican, además, que al menos Christina Langford bajó de su Suburban y agitó las manos para advertir a los agresores que eran mujeres y niños, pero aun así fue acribillada.

Otra contradicción es que, según detalló el General Mendoza, las agresiones armadas ocurrieron al menos a 18 kilómetros de distancia, con una diferencia de una hora y 20 minutos.

El General indicó que las autoridades no encontraron evidencia de que la Tahoe en la que viajaban Rhonita Miller y sus cuatro hijos hubiera sido quemada a propósito.

Pero testimonios de la familia indican que tienen evidencia suficiente que revela que la camioneta en la que murieron sus cinco tripulantes fue incendiada a propósito.

"Había casquillos en el piso, junto al vehículo, había una chequera de un banco que está más adelante", dijeron los LeBarón a la televisora Fox & Friends.

"Y ahora sabemos que ellos (los sicarios) fueron al vehículo, dispararon más veces, buscaron en el vehículo, le prendieron fuego, y quemaron a todos adentro, vivos".

Fuente.-

miércoles, 6 de noviembre de 2019

DE IGUALA a AYOTZINAPA ...mas alla del hecho policiaco.

A cinco años de los sucesos ocurridos en Iguala el 26 de septiembre de 2014, Fernando Escalante y Julián Canseco revisan cómo fue que la desaparición de 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos se convirtió en un icono de la violencia estatal, en una reproducción de la masacre de Tlatelolco.

La desaparición de los 43 estudiantes normalistas el 26 de septiembre de 2014 se convirtió en un símbolo, adquirió un peso y un sentido que no había tenido ninguna de las masacres de la década anterior. Damos por entendido que esa elaboración en los medios es producto de un trabajo intelectual, no una floración espontánea, automática: alguien la piensa, alguien la verbaliza, alguien la repite, pero la elaboración depende de una estructura de sentido que existía antes, y que resulta significativa sin necesidad de explicaciones. Su carga simbólica es tal que cuatro años después, entre los gestos con que el nuevo gobierno quiere significar un nuevo comienzo, anunció la formación de una “Comisión presidencial para la verdad y el acceso a la justicia en el caso Ayotzinapa”.1 Es elocuente que fuese este caso en particular, entre los muchos trágicos, dudosos, inexplicados de la década anterior —precisamente el caso sobre el que había más información, una investigación más exhaustiva, más detenidos, incluidos policías, funcionarios, el presidente municipal.2

No hace falta decirlo porque se sabe que no fue esa ni la única masacre de esos años ni la mayor tampoco. No obstante, en la representación colectiva ha opacado a todas las otras, y ha adquirido un significado muy distinto: nadie recuerda de modo parecido, nadie ha asignado un sentido político identificable a ningún otro hecho similar de los últimos años. Nos interesa preguntar por qué, y sobre todo preguntar cómo: cómo ese episodio en particular se convirtió en un acontecimiento, cómo se produjo la transformación de los hechos concretos en un icono de la violencia estatal.
Más allá de sus profundas reverberaciones en la opinión pública, el acontecimiento es en muchos sentidos inusual. Adelantemos un ejemplo para darnos a entender. En uno de los primeros libros en que se menciona el caso, Sergio Aguayo destaca la importancia de que vinieran a México expertos independientes a “elaborar un informe sobre lo que había sucedido en Ayotzinapa”.3 Leída sin mayor detenimiento, la frase no tiene ningún interés, no dice nada de particular, pero si se piensa un poco hay en ella algo enormemente llamativo: que en Ayotzinapa no sucedió nada.4
El hecho de que sea Ayotzinapa —y no Iguala— el nombre con que se ha bautizado el acontecimiento no es un asunto trivial, y volveremos a él. Pero por ahora nos interesa señalar justamente eso: el hecho de que pueda escribirse, publicarse y leerse un enunciado así sin que llame la atención, sin que resulte problemático. Todos sabemos a qué se refiere. En otras palabras, lo que nos interesa es el proceso de elaboración cultural mediante el cual los sucesos de Iguala del 26 de septiembre de 2014 se convirtieron en el acontecimiento “Ayotzinapa”.
Resumido en una frase, nuestro argumento es que la construcción del acontecimiento consistió en hacer de los hechos de Iguala una nueva escenificación de la masacre de Tlatelolco, del 2 de octubre de 1968. Este es el origen del enorme peso simbólico que tuvo el caso en la opinión pública y también la razón por la cual el acontecimiento adoptó los rasgos concretos que tiene hoy. Nos apresuramos a matizar la afirmación: existen otros intentos de definir el episodio, para empezar, el intento de situar la masacre como acontecimiento en la guerra contra el crimen organizado —hablaremos de ello. Pero lo que nos interesa es explorar el orden cultural que hizo posible (y al final, casi obvio) que se viese en el suceso de Iguala una reiteración de la masacre en la Plaza de las Tres Culturas.5
Basta ver algunas de las fotografías de la manifestación para conmemorar los cincuenta años de Tlatelolco, en la Ciudad de México —el 2 de octubre de 2018. En algunos de los carteles de los manifestantes hay referencias a una serie más o menos larga de hechos de violencia, en la mayoría hay la identificación explícita de Tlatelolco con Ayotzinapa.6 En una imagen, un hombre muestra lo que parece ser un volante impreso en que se lee: 1968, Acteal, 49 niños, CNTE, 43, Ni una más. En otra, un grupo de jóvenes lleva una manta en que se ven el emblema de la Olimpiada de 1968, el de la ENAH y el de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa. En otra más, una manta con las siglas UACM tiene el rostro de Gustavo Díaz Ordaz y el perfil de un soldado sobre el que aparecen los números 68 y 43. Otra imagen: la base del asta bandera del zócalo, con un grafiti apresurado, dos números: 68 y 43.
Ese mismo día, el 2 de octubre de 2018, una de las caricaturas de La Jornada, firmada por Rocha, era un rostro compuesto, la mitad, la imagen de Díaz Ordaz, la otra mitad, la de Enrique Peña Nieto; el monstruo llevaba en las solapas del traje dos palabras: Tlatelolco, Ayotzinapa. Y el comentario editorial de la última página del periódico era como sigue: “Del 2 de octubre a los 43 de Ayotzinapa, este país es otro. Pero la exigencia es la misma: luz, transparencia, justicia”. Ese mismo día el portal Aristegui Noticias publicó un texto de Laura Castellanos titulado “El camino del 68 a Ayotzinapa”, un recuento de movimientos de protesta sobre todo de Guerrero, de los años 60 en adelante; en sus últimos párrafos se lee:
El caso Ayotzinapa tampoco debe verse como un hecho policíaco entre un alcalde, policías y criminales contra un grupo de normalistas. El caso Ayotzinapa es la acumulación de crímenes de lesa humanidad ocurridos en Guerrero y en el resto del país en los últimos cincuenta años […] En el siglo XX la masacre del 68 significó el punto de inflexión de las luchas sociales del México moderno. El caso Ayotzinapa es ya el punto de inflexión del joven siglo XXI.7
En los días previos se habían publicado bastantes textos con los mismos motivos. La Crónica dio noticia de una conferencia de Juan Villoro: “Ayotzinapa y Tlatelolco, casos emblemáticos por saldar: Juan Villoro”; según el texto, en su conferencia (1968: el pasado de una ilusión) Villoro “resaltó la importancia de relacionar las deudas pendientes del pasado con las más recientes, como la de Ayotzinapa, porque se trata ‘y hay que recordarlo siempre, de casos emblemáticos’”.8 En una entrevista para la Agencia EFE, Elena Poniatowska puso la masacre de Iguala en el mismo contexto: “Es muchísimo peor que el 68 porque fueron 43 jóvenes normalistas que desaparecieron en una noche y no hubo después ninguna respuesta del gobierno”.9 La asociación de los dos episodios es un lugar común que no necesita ninguna explicación: nos interesa entender cómo sucede eso.10 Una de las piezas básicas en el mecanismo cultural es lo que hemos llamado la “cultura antagónica”.

La cultura antagónica

En el espacio público mexicano se cristalizó la masacre de Iguala como reproducción de Tlatelolco, y por eso un episodio más de una larga cadena represiva, una serie de sucesos emblemáticos por su magnitud —que son los que se repiten en las caricaturas, en las manifestaciones de protesta: Tlatelolco, Acteal, Aguas Blancas, Atenco, Iguala. La comparación de la noche de Iguala con el 2 de octubre fue el bajo continuo sobre el que se desarrollaron las elaboraciones del acontecimiento, y fue así desde muy temprano. Elena Poniatowska, por ejemplo, precisamente en un coloquio sobre el 68 en la Universidad Iberoamericana, hiló sin mucho detalle y sin que hicieran falta mayores explicaciones una serie de actos violentos ocurridos en fechas cercanas a la muerte del activista Raúl Álvarez Garín: “Murió hace unos días. En los días del asesinato de veintidós personas en Tlatlaya, y otros veintidós muertos en Chihuahua. Muere en el momento en que aparecen cinco normalistas muertos en Ayotzinapa”.11
Era 2 de octubre de 2014, es decir, sólo cinco días después de la masacre. Por eso Poniatowska se equivoca respecto al número de muertos y el lugar de los hechos. No podía ser de otro modo: en ese momento todavía no se sabía nada, desde luego nada con seguridad. La coincidencia cronológica es un factor que facilita la agrupación de masacres inconexas, sin duda. Cada 2 de octubre se trata de mantener viva la memoria, y hacerla relevante para la sociedad mexicana de ese momento, a la vez, la evocación de Tlatelolco sirve para dramatizar los acontecimientos del día.
Al día siguiente apareció en la prensa nacional la primera comparación explícita de los hechos de Iguala con la matanza de Tlatelolco, en un artículo de La Jornada. El texto, firmado por Abel Barrera, dice que “entre un hecho y el otro pueden trazarse paralelos”, y se señalan la impunidad de delitos violentos de fechas anteriores, el hecho de la desaparición, y la indiferencia de las autoridades.12 Es una analogía muy laxa, que atribuye el crimen a “la delincuencia organizada”, basada sobre todo en el hecho que sugiere de inmediato la conexión con Tlatelolco: las víctimas son estudiantes.
Unos cuantos días después, en la Feria Internacional del Libro en el Zócalo, Lorenzo Meyer describió los sucesos de Iguala como “un pequeño 68 más brutal que el 68”13 y poco después José Miguel Vivanco, director de las Américas de Human Rights Watch, se refirió al tema en los siguientes términos: “No conozco de un hecho similar al que estamos lamentando en Iguala. Creo que tenemos que remontarnos, lamentablemente, a Tlatelolco”.14 El 17 de octubre, en una cápsula audiovisual, Sergio Aguayo se propuso comparar las dos masacres, y señalaba que “ambos casos fueron actos de barbarie criminal en los cuales estuvieron involucrados agentes del Estado”.15 En resumidas cuentas, para mediados de octubre —es decir, unas cuantas semanas después de los sucesos—, la equiparación entre ambos acontecimientos ya estaba completamente asentada: aquellos estudiantes, estos estudiantes.
Más que la sorprendente velocidad con que se cimentó la comparación entre las dos masacres, llama la atención la naturalidad con que ocurrió, el hecho de que no fuese necesaria ninguna justificación ni conocimiento preciso de los hechos. En otras palabras, lo llamativo es que el contexto en que se elaboró la asociación la hacía parecer obvia, de sentido común. Para decirlo brevemente, el acontecimiento de Iguala como análogo de Tlatelolco tiene sentido sólo en un espacio que queremos llamar, sin mayor pretensión conceptual, la “cultura antagónica”.
Empleamos la expresión sobre todo por comodidad. Llamamos “cultura antagónica” a un sistema de signos, prejuicios, valoraciones, sobreentendidos, automatismos del sentido común formado durante el régimen revolucionario, una veta de discurso derivada del relato de la historia patria tal como se enseñó durante el siglo XX. No es la cultura política de México, sino una de las posibilidades en el repertorio cultural mexicano. En las décadas del cambio de siglo, durante los últimos sexenios de hegemonía priista, era uno de los lenguajes básicos de la oposición, asociado convencionalmente a la izquierda, pero que en estricto sentido no es de izquierda, porque no representa ninguna idea política sustantiva. El supuesto implícito indispensable de la cultura antagónica es la fundamental ilegitimidad del gobierno y, correlativamente, la fundamental legitimidad de cualquier forma de protesta o resistencia—llegado el caso, incluso la rebelión.
La cultura antagónica es un conjunto de automatismos favorable de antemano, por sistema, a la oposición, y que inspira una actitud de desconfianza hacia cualquier autoridad. Es una forma imprecisa de antiautoritarismo, una predisposición a favor de la protesta, y un registro moral con el que se puede contar, que hace que cualquier público sea inmediatamente receptivo cuando se critica al gobierno.
Para nuestro argumento no tiene importancia qué porcentaje de gente participa o participaba de esa actitud, ni en qué momentos concretos. Nos interesa la formación de ese lenguaje, ese conjunto de entendidos, y el hecho de que fuese lo bastante generalizado, porque los elementos de la cultura antagónica son familiares para cualquiera en México. Las encuestas sobre valores confirman constantemente, desde hace mucho, el descrédito de la autoridad pública, de las instituciones representativas, los partidos, el gobierno, sobre todo en comparación con otras formas de autoridad, como la iglesia católica o la familia. Sin duda hay muchos motivos para eso, la inclinación viene de lejos. A principios de los años 70 Rafael Segovia había visto un despunte de esa disposición en las pautas de socialización política de los niños mexicanos:
La ley y el orden, sin embargo, no se les antoja una sola y la misma cosa. La obediencia a la ley, someterse a ella en cualquier caso y en cualquier circunstancia, tiene un llamado decisivo en la primaria: las dos terceras partes de quienes se encuentran en primaria están por obedecerla siempre. Esta actitud de sumisión a la legalidad va perdiendo rápidamente terreno y al llegar a 3.º de secundaria menos de la mitad comparte esta actitud, mientras los demás —algo más de la mitad— manifiestan ya sean actitudes de resistencia (desobedecerla si es injusta) ya actitudes reveladoras de efectividad política (modificar la ley).16
Ahora bien: si miramos el repertorio simbólico con que se manifiesta la cultura antagónica: en caricaturas políticas, pintas, consignas y mantas en las manifestaciones, en el lenguaje de la protesta, lo más significativo es que se trata de exactamente los mismos personajes, los mismos héroes, los mismos lemas y los mismos motivos de los discursos oficiales. No es casualidad.
Los mecanismos básicos de la cultura antagónica tienen su origen en la retórica del régimen revolucionario, y en particular en el esquema de la historia patria que le servía como recurso de legitimación, que en lo fundamental era la historia de las luchas del pueblo contra las formas injustas de la autoridad. Los héroes, los personajes representativos, aparecen siempre luchando contra un gobierno impuesto, contra un gobierno injusto: contra el dominio español, contra la dictadura de Santa Anna, contra el gobierno de Maximiliano, contra la dictadura de Porfirio Díaz. Y lo que ese relato encuentra encomiable es la lucha, mucho más que la victoria. Normalmente, se aprecia sobre todo a los héroes derrotados, a los que fueron víctimas del poder: Hidalgo, Morelos, Madero, Villa, Zapata (“Zapata vive, la lucha sigue”), mucho más que a los gobernantes; en comparación, Guadalupe Victoria es casi insignificante, igual que Valentín Gómez Farías o Ignacio Comonfort, y siendo héroes, tienen un lugar mucho más ambiguo Carranza, Obregón o Calles. El caso más interesante, porque es una especie de bisagra, y sin duda el símbolo máximo, es el de Juárez: el que se recuerda, el que se celebra es el que lucha contra Santa Anna, el que lucha contra los conservadores con motivo de las Leyes de Reforma, el que lucha contra los franceses, pero no el gobernador de Oaxaca, no el presidente de la Suprema Corte, no el creador de los rurales ni el de las leyes contra bandidos, no el Juárez gobernante —en todo caso, no son sus virtudes de gobierno las que se consideran admirables.17
Pero ese es sólo un fondo casi decorativo, que ofrece un léxico, un sistema de referencias y adjetivos, estereotipos del heroísmo, de la iniquidad o de la traición.
Lo importante es que los gobiernos revolucionarios eran parte de esa historia. La moraleja central de la historia patria así contada es que el gobierno es con frecuencia abusivo, y que el pueblo tiene que rebelarse, y luchar contra él. Un efecto bastante obvio, pero que puede pasar inadvertido, de ese recelo hacia la autoridad es que la sociedad aparece como buena, virtuosa, porque es un reflejo invertido del Estado, y nunca se manifiesta tan claramente su virtud como cuando se rebela contra él.
Anotemos de paso que la estructura del relato de la historia patria no es original. La mitología nacional de las sociedades occidentales, como dice Álvarez Junco, tiene con frecuencia esa forma de tríada: Paraíso-Pecado-Redención, y en los nacionalismos románticos el pueblo suele ser una figura “crística”, el justo sufriente, portador de la pureza, de la virtud, que “sufre en su propia carne la indefensión y la esclavitud [y por eso] legitima para ejercer la violencia”, y no está contaminada por la malignidad de los poderosos, “no es de este mundo”.18
Pero volvamos al argumento. Esa historia patria servía como recurso de legitimación porque los gobiernos de la revolución eran el pueblo en armas, porque la acción de gobernar podía representarse como lucha contra los poderosos: la revolución institucionalizada. Otra vez, hablando de los niños de los setenta, dice Segovia: “Además de la omnipresencia del mito revolucionario, su aceptación casi universal no deja de sorprender […]. Otro punto interesante, claramente conectado con el anterior, es la idea de la Revolución como fenómeno histórico abierto hacia el futuro, de infinita vigencia, perfectible e insustituible”.19 Es claro que esa legitimación historicista, por llamarla de algún modo, pasó progresivamente a un segundo plano, conforme avanzaba la institucionalización del régimen, y se hacía posible una legitimidad apoyada en la economía. Nunca se abandonó del todo.
Desde temprano, desde los años 50 por lo menos, hay en la cultura popular una actitud por lo menos de reserva, si no de desconfianza. La retórica revolucionaria, siempre alusiva, ambigua, empezó a sonar a hueco porque era evidente que los gobiernos de la revolución eran gobierno, no en absoluto revolucionarios. Es el mundo de simulación que aparece en las caricaturas de Abel Quezada, por ejemplo, o de Rius, el de las novelas de Luis Spota o Jorge Ibargüengoitia. Para lo que nos interesa ahora, lo importante es que no se desacredita el discurso, sino la práctica, no se abandona el relato de la historia patria ni se cambia de héroes: lo que se reprocha a los gobiernos es que hayan abandonado o traicionado los ideales de la Revolución.20 Es significativo que la imagen de Porfirio Díaz sea todavía uno de los motivos principales en los conflictos simbólicos, y que porfirista sirva todavía popularmente como descalificación: no se pone en duda el peso moral de la historia, la idea del curso ascendente de la historia mediante la insurgencia ni la legitimidad de quienes se rebelaron contra los gobiernos injustos, tan sólo se cambia el reparto de papeles de modo que el gobierno ya no es la Revolución, sino el Porfiriato —el arquetipo de los gobiernos ilegítimos.
Nos interesa ese pequeño rodeo porque el momento clave en la evolución de la cultura antagónica es precisamente la masacre de Tlatelolco. Aunque el cambio, en lo sustantivo, había comenzado bastante antes; en el lenguaje oficial hay un cambio de registro muy notable en los años 60. Se puede mostrar en dos trazos. En su último informe de gobierno, el 1 de septiembre de 1964, el presidente López Mateos comienza evocando “los caminos de la historia”, las “luchas seculares” del pueblo, y sentencia: “El pueblo halló en su revolución social —la Revolución mexicana—, con la síntesis de la Independencia y la Reforma, su camino, el claro camino de su quehacer”; y termina, en el último párrafo, acogiéndose a “la doctrina de nuestra Revolución”.21 Revolución o revolucionario aparecen en el texto veinticinco veces. En su discurso de toma de posesión, el 1 de diciembre de 1964, el presidente Gustavo Díaz Ordaz comienza haciendo elogio de la continuidad, que significa que cada presidente “deja puestas las bases para continuar la siguiente etapa”, llama a conservar “lo que con el esfuerzo de tantos años hemos conseguido”, y sobre todo insiste en el valor de la democracia, las leyes, las instituciones, y la necesidad de “conservar la estabilidad económica y la tranquilidad política”. La palabra revolución aparece sólo tres veces, y la mención más sustantiva es como sigue: “Por la vía de la Revolución mexicana llegamos al objetivo del desarrollo económico y este origen nos marca con toda claridad los fines que con él perseguimos y los medios a que podemos recurrir”.22 Son muchos los factores que explican el cambio de tono, pero el sentido es evidente.
En ese contexto surge el movimiento estudiantil, y la masacre del 2 de octubre. Hemos dicho que la construcción del acontecimiento “Ayotzinapa” consiste en asimilarla a la masacre de Tlatelolco, pero conviene ser más precisos: consiste en asimilarla al acontecimiento “Tlatelolco”, es decir, a una construcción tan culturalmente trabajada como la primera (si no es que más).
Con el tiempo, en las décadas siguientes, algunos episodios, filtrados por esa estructura de sentido, se convierten en hitos de la insurgencia popular, y forman una serie que reitera el orden moral —la fundamental ilegitimidad del gobierno. Tienen en común que son masacres cuya responsabilidad no es del todo clara, o bien casos que no se cierran o que permiten sospechar que los responsables (los verdaderos responsables) hayan quedado impunes. Y como en el caso de Tlatelolco, las demandas, los intereses específicos en juego en cada una son lo de menos; lo que importa es que hayan sido violentamente reprimidos. La primera, la del Jueves de Corpus, el 10 de junio de 1971, que es la que convierte definitivamente a Tlatelolco en arquetipo, porque es la repetición —estudiantes asesinados en una manifestación pacífica— la que lo convierte en modelo. Ningún otro episodio de la serie es igual de claro y, según el momento, se añaden o se quitan acontecimientos: Tlatelolco, Aguas Blancas, Acteal, Atenco, Iguala. En conjunto, la serie confirma la vigencia de la cultura antagónica como sistema de interpretación. 
fuente.-Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo.

Julián Canseco Ibarra
Estudió Relaciones Internacionales en el Colegio de México. Actualmente escribe su tesis sobre una aldea al norte de la Península de Kamchatka.

Este es un fragmento del libro De Iguala a Ayotzinapa. La escena y el crimen, de próxima aparición y coeditado por El Colegio de México y Grano de Sal.

LAS "DOS CARAS del CHAPO": DOCUMENTAL EXHIBIRA AUDIOS,TEXTOS y DETALLES de 30 AÑOS de la VIDA CRIMINAL del CAPO...

Mensajes de texto que Joaquín El Chapo Guzmán escribió a su esposa y socios, una carta amorosa de su puño y letra dirigida a Emma Coronel, audios de las órdenes que daba a los miembros del Cártel de Sinaloa, muestran de cuerpo entero al narcotraficante, quien por un lado podía mandar asesinar a alguien que no le dio la mano durante una reunión; y por otro, ser amoroso con sus hijos y pareja. (VIDEO)
Lo anterior es parte de lo que se revela en el documental El Chapo: dos rostros de un capo, de CNN en Español; producción que se basa en las investigaciones que durante 30 años realizaron el FBI, la DEA y la Oficina de Inteligencia y Seguridad de Estados Unidos. Casi 300 mil documentos y más de mil 500 audios de llamadas intervenidas recabados y que la Fiscalía dio a conocer durante el juicio que enfrentó el narcotraficante en Nueva York, tras el cual fue sentenciado a cadena perpetua, el pasado 17 de julio.
“Este documental nos ofrece esa perspectiva, tanto de su carrera criminal y de su vida personal, ofrecemos estas múltiples facetas que conformaron la figura de El Chapo Guzmán, su vida personal, este gran poder de seducción que tenía; y también, a la par, cómo manejaba su negocio, como construyó este imperio de la droga, que fue el caso principal por el cual fue enjuiciado en Estados Unidos”, explicó a La Razón Guillermo Blanco, productor del documental que se transmite mañana, a las 19:00 horas, por
el canal de CNN en Español.

La revisión de esta documentación, detalló, les permitió ir esbozando una imagen distinta a la que se ha creado en torno a quien fuera líder del Cártel de Sinaloa.  “Pensábamos que conocíamos todo de El Chapo Guzmán y lo cierto es que estos elementos dan una perspectiva interesante de cómo opera un cártel de la droga desde su interior; cómo Joaquín Guzmán Loera negociaba grandes cargamentos de droga, cómo mandaba a matar gente; es información clasificada, a la que muy pocas personas tienen acceso, eso es lo que hace distinto este documental”, destacó Blanco.

El objetivo de este trabajo, aseguró Fernando del Rincón, conductor del documental, fue reconstruir las casi tres décadas en las que Joaquín Guzmán Loera fue líder del Cártel de Sinaloa.
“La idea en ningún momento fue mostrar un circo alrededor de lo que ocurrió con el juicio de El Chapo, sino más bien ir deconstruyendo la industria criminal creada por él; puedes saber sus orígenes y desarrollo mismo, a través de testimonios que se usaron en la Corte, cómo hizo esta alianza con los colombianos, cómo va creciendo en cuanto a la figura del narcotráfico”, resaltó.
También se revela cómo el capo de la droga interactuaba y se relacionaba, la importancia que le daba a su aspecto físico y a lo que se hablara de él. Se relata, por ejemplo, que cuando pudo escapar de la justicia, le pidió a su esposa, Emma Coronel, tinte para el bigote y que viajaba a Suiza para someterse a tratamientos con células madre para mantenerse joven.
“Comienzas a entender y a desmitificar a El Chapo como el asesino que por simplemente dejarlo con la mano estirada después de una reunión, te manda matar; como aquél, que pudo haber asesinado a alguien por la mañana y en la tarde estar comiendo con su familia, como cualquier padre; te da diferentes dimensiones de quién era él como persona; un ser con una desconexión importante de la realidad”, abundó Fernando del Rincón.

El Chapo: dos caras de un capo

  • Cuándo: 7 de noviembre
  • Canal: CNN en Español
  • Horario: 19:00

Aquí puedes ver el trailer del documental. 

Juicio histórico contra el narco

Otro elemento importante del proceso de investigación para el documental fue la cobertura del juicio contra El Chapo, que realizó la periodista María Santana, quien llenó 12 libretas con apuntes; información que se usó para esta producción.
“Conozco la historia de El Chapo a través de lo que había construido la prensa, esa leyenda que se conocía; pero estar frente a un Chapo prácticamente derrotado, mi primera impresión fue muy diferente, es una persona que entra a la Corte, bien trajeada, con la cara rasurada, muy amable, saludando a su esposa, enviándole besos”, destacó.
Sin embargo, a lo largo de los testimonios se empieza “a conocer este lado sanguinario y criminal; lo estábamos escuchando de su propia boca, porque tenían cientos de llamadas que el FBI pudo obtener”, resaltó.
Para María Santana, uno de los principales retos de esta cobertura fue basarse en su observación y apuntes que hacía.
Fuente.-



"GOBIERNO MAÑANERO,GOBIERNO CUENTACHILES"...entre el decir y el hacer la realidad nos avasalla.

Todas las mañanas el Presidente de la República determina la agenda noticiosa nacional, y en ese contexto, siembra, de un modo u otro, una idea que provoca encono y separación en el país. 
El discurso no sólo ha generado una crítica abierta a su persona y a su “movimiento” (lo que quiera que eso signifique proviniendo de un Jefe de Estado), sino también desorden y desafío, un fenómeno que provoca un terrible estado de deterioro del tejido social y, sobre todo, inseguridad.
En efecto, la seguridad pública tiene que ver con el buen gobierno y el entendimiento alrededor de las causas que generan un problema social y los métodos para enfrentarlo; pero cuando un gobierno claudica a la responsabilidad de ejercer la fuerza pública para hacer cumplir la ley, y anuncia que no va a actuar con energía para combatir a los delincuentes, automáticamente invita a quienes viven en la ilegalidad o sacan provecho de ella, a seguir actuando de manera antisocial.
El resultado más desastroso transcurre ante nosotros y ha dejado de causar asombro: la muerte de ciudadanos inocentes de manera absolutamente impune. La muestra más dolorosa ocurrió en Chihuahua el día de ayer.  ¿Qué prueba más contundente puede haber para demostrar la incapacidad del gobierno para procurar paz, seguridad y justicia para la ciudadanía, que el asesinato de tres mujeres y nueve niños el día de ayer?  La violencia perpetrada en contra de la familia Lebaron hace palidecer cualquier parte de guerra en cualquier lugar del mundo; sólo que aquí, en teoría, ésta no existe. Esta nota no puede pasar desapercibida, porque un asesinato cometido en contra de una familia, de mujeres y de niños, de la manera en que sucedió ayer, debe producir un luto nacional y, sobre todo, una profunda vergüenza por parte de aquellos que están encargados de velar por el orden y la seguridad nacional.
2. Finalmente los partidos han accedido a disminuir su presupuesto. La noticia y la medida aprobada es popular, porque a lo largo de los años han abusado del beneficio de echar guante al dinero público y la ciudadanía ha venido esperando esa noticia desde hace mucho tiempo. Nadie medita sobre el hecho de que la medida es una respuesta política desesperada, ante la inminencia de la disminución drástica de la recaudación de dinero público en el ejercicio fiscal entrante, por la desaceleración de la economía que vienen provocando tantas medidas gubernativas irracionales.
El problema más grave tiene que ver con el desmantelamiento de las instituciones que garantizan la alternancia y la vida democrática de México.  La falta de dinero para la organización de los partidos y los procesos electorales se traduce en una mayor debilidad de la oposición, de frente a un partido que ha dado muestras evidentes de querer perpetuarse en el poder.
La prueba más clara de esto último nos la ha dado, con toda claridad, la Secretaria de Gobernación en la toma de protesta del Gobernador insurrecto. La inminente desarticulación del sistema político electoral es incontrovertible, porque el sistema electoral le estorba a la “transformación” que el “movimiento” viene impulsando. Mal haremos en caer en la trampa del discurso y no analizar con cautela cuál es el efecto que tan demagógica decisión traerá aparejada hacia el 2021.
Todos los partidos de oposición, obligados a acompañar la iniciativa, siguen impávidos y sin poder reaccionar. ¿Tardaremos setenta años en recuperar la representatividad democrática institucional?
3. El punto es que la desarticulación de la institucionalidad política, en este clima de zozobra que produce la sustracción del gobierno a la responsabilidad de velar por el mantenimiento de la paz pública no se da de manera aislada. Existe una clara interrelación de las acciones emprendidas y otras que vienen a salvaguardar el mantenimiento de la institucionalidad republicana; por ejemplo, la prensa libre y la garantía del derecho de acceso a las tecnologías de la información.
Paradójicamente, al Presidente de la República que le gusta aparecer todas las mañanas por televisión, le disgusta enormemente la presencia de una prensa que cumpla su papel crítico y de información; este requiere y demanda una opinión amaestrada, y las pruebas las ha dado él mismo.
Atreverse a llamar “perros” a los periodistas, en su cara, entraña cualquiera de tres cosas: un grado insuperable de soberbia; la presencia de una prensa totalmente sometida y domada; o una falta de capacidad para suponer el alto costo político-periodístico que una afirmación de esa naturaleza tiene aparejado.
En el caso concreto, además de la conjunción de los tres elementos anteriores, anuncia el deseo subyacente del autor del comentario, de acallar muy prontamente a una radio y televisión que, en las condiciones actuales, no le sirve. Cuál será el próximo peón que se mueva en el enredado tablero que organiza esta administración, ¿será el IFETEL?
Otrosí digo
A pesar de que la aprobación de los cambios a la política vigente en la Aduana del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, terminal de pasajeros, en materia de revisión fiscal de las autodeclaraciones por importación de bienes cuyo valor supere la franquicia de 500 dólares, cambió desde 2017, la implementación más evidente viene teniendo lugar, realmente, a lo largo de este año.
Independientemente de las facultades constitucionales con que está dotada la autoridad para efectuar la práctica de las revisiones al cumplimiento del pago de contribuciones al comercio exterior, no se puede soslayar la obligación exigible a los agentes aduanales, de velar por el respeto a la dignidad, a la privacidad y al buen gobierno que, como derechos humanos, constituyen prerrogativas con que están dotados los contribuyentes, nacionales o extranjeros.
La revisión que se practica en las terminales del Aeropuerto es, por decir lo menos, ignominiosa, es primitiva y descriptiva de un gobierno totalmente subdesarrollado.  La obligación a la que sujetan al turista al abrir, a la vista de todo el mundo, el equipaje personal, para vaciarlo del continente y hurgarlo de manera grosera y arbitraria, en una pesquisa para averiguar cuánto se puede importar en una maleta dejando a la vista del prójimo hasta la ropa íntima, para cobrar 100 dólares de impuesto, vulnera el honor y la dignidad de las personas en un grado similar al que sufre la víctima al ver quebrantado su domicilio. Es extraño que no hubiera intervenido ya la Comisión Nacional de Derechos Humanos para emitir una recomendación al respecto. ¿Los Secretarios de Despacho de esta administración someten a esas revisiones a sus esposas o a sus hijas? Me encantaría tener que ofrecer una disculpa por mi cuestionamiento, si alguien me enseña la fotografía de los vistas metiendo la mano a la maleta de cualquiera de ellas.
De todos modos, la medida es totalmente desatinada si se toma en cuenta el costo que ésta entraña, turísticamente hablando. Cobrar ese ingreso mínimo por contribuciones a la importación, frente al disgusto y mal sabor que deja en la boca del turista que visita México, acaba dando un resultado terriblemente caro. Empeora, además, cuando apreciamos que se trata de una experiencia que el turista comparte llegando a su lugar de origen, una invitación compartida para no conocer nuestro país.
Debiendo alentarse el arribo de visitantes que han llevado a nuestro país a convertirse, hasta antes de este sexenio, en el sexto país más visitado del mundo, con una derrama económica superior a los 36 mil millones del dólares el sexenio pasado, apreciamos cómo, con la visión revanchista y retrógrada de esta administración, se intenta recuperar del turista una bolsa ínfima que revierte las manecillas del reloj una cuarentena de años, a la época de José López Portillo.
Un país en el que el gobierno se está dedicando a contar chiles, o bien porque está distraído de funciones vitales que tiene encomendadas, lo que destroza el orden y la seguridad públicas; o bien porque, con el ánimo de mejorar su recaudación, no se percatan del daño que ocasionan a las verdaderas fuentes generadoras de riqueza.