En Papanoa, municipio de Petatlán, Guerrero —ese rincón costero donde el Pacífico no solo trae brisa sino cuerpos—, una familia presuntamente originaria de Puebla desapareció hace varios días sin que nadie en el gobierno parezca saber nada. Cuatro personas borradas del mapa: un matrimonio y sus dos hijas.
Llevaban al menos tres meses viviendo ahí, tranquilos, regenteando un taller mecánico, ganándose el aprecio de los vecinos. Nada que los hiciera blanco de algo más que la vida misma. Pero en Guerrero, la vida misma suele ser suficiente pretexto para desaparecer.
Desde hace días, comisarios, vecinos y algunos elementos de la Guardia Nacional, la Policía Estatal y la Fiscalía de Guerrero (esa gran maquinaria del «ya se investiga») rastrean cerros, arroyos y playas de Santa Rosa, Coyuquilla Norte, Coyuquilla Sur y la misma Papanoa. Buscan entre la maleza y el silencio algo más que rastros: buscan sentido.
El comisionado estatal de búsqueda, Alejandro García Solorio, ofreció la declaración institucional de rigor: “no se sabe quiénes son, ni por qué desaparecieron, ni si eran turistas o residentes.” Tres negaciones en una frase. Manual básico de evasión burocrática.
Mientras tanto, la arena sigue devolviendo respuestas más rápidas que la Fiscalía. Primero fue una mujer asesinada, hallada cerca de la playa a ocho kilómetros del pueblo.

Luego, un hombre muerto junto a una tubería de desagüe, en la misma franja costera. Dos cuerpos sin nombre a metros del taller que ya nadie atiende.
La FGE, como siempre, guarda silencio. No ha confirmado si los cadáveres corresponden a los desaparecidos. No ha dicho si investiga un posible vínculo. No ha dicho nada, como si callar fuera parte del protocolo.
Entre tanto, los vecinos siguen rascando la tierra con sus propias manos. Los soldados miran, los ministeriales llenan reportes, y el mar —como siempre— guarda sus secretos.
Con informacion: ELNORTE/

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