Hace 18 años se murió el sacerdote Marcial Maciel, pero a la justicia ni le avisaron: el tipo se fue cómodo, viejo, enfermo y en impunidad total, mientras el Vaticano apenas alcanzó a llamarlo “criminal carente de escrúpulos” cuando ya estaba bajo tierra. Abusó sexual, física y psicológicamente de al menos 60 menores —incluidos sus propios hijos biológicos— y aun así su congregación siguió vendiendo la marca “Legionarios de Cristo” como si fuera franquicia premium de santidad empresarial.
Maciel no sólo violaba cuerpos: violaba fe, conciencia y hasta la idea de Dios, usando la sotana como pase VIP para romper cualquier límite emocional. Las víctimas crecieron atrapadas en la “violencia espiritual”: si el “padre santo” te pide que lo toques, ¿es delito o sólo un “pecado” que debes confesarle al mismo cabrón que te está usando. Cuando te dicen que tiene permiso del Papa Pío XII para masturbarse y que hacerle eyacular es “un acto de caridad”, ya no es religión: es crimen organizado con rosario en la mano.
El mecanismo era de manual: el acoso piadoso, buenos tratos, seducción disfrazada de vocación, promesa de estudios y comida para chavitos pobres, y luego el salto al abuso bajo el sello de “voluntad de Dios”. Las expertas describen esa ambivalencia afectiva donde el niño siente repulsión y agradecimiento al mismo tiempo, porque el agresor le da techo y escuela mientras le destruye identidad, sexualidad y proyecto de vida. Y la cereza teológica: si te callaste, años después hasta dudas si fuiste víctima o “cómplice”, porque así de fino opera la culpa cuando la administra una sotana.
Todo esto ocurre en una sociedad patriarcal y adultocéntrica donde los menores son “objeto de pertenencia”, no personas con derechos, perfecto caldo de cultivo para que un sacerdote se vuelva intocable.
No hay ni siquiera una carpeta de investigación abierta por los abusos a más de 60 menores; el mensaje es claro: tocar niños con uniforme clerical pesa menos que robarte una vaca. La experiencia, la fuerza física y el aura religiosa le dieron a Maciel ventaja total para ejercer un poder abusivo centrado en su propia gratificación sexual, cosificando a la niñez mientras la Iglesia miraba para otro lado.
Las especialistas insisten en lo obvio que el clero lleva décadas saboteando: la educación sexual integral es parte de la dignidad humana y no una conspiración contra la fe. Pero mientras el Estado “laico” se arrodilla políticamente y la Iglesia se protege en su fuero espiritual, las víctimas siguen peleando por lo básico: verdad, justicia y reparación, en un sistema que siempre ha cuidado más la imagen del agresor que la vida de los niños que destruyó. Maciel está muerto; la impunidad de la sotana, vivita, coleando y dando misa.
Con informacion: ELUNIVERSAL/

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