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sábado, 9 de mayo de 2020

"BOARDING PASS": UN ENCUENTRO con la POLICIA POLITICA de la HABANA...cuando no estan para protegerte,sino para hacer valer la voluntad del gobierno.

El oficial de Inmigración tomó mi pasaporte y me dijo que esperara a un lado. Empezaba la temporada de la pandemia. El cubrebocas condensaba la respiración, los lentes se empañaban. Era esa una representación aceptable de Cuba, un país con cubrebocas, la respiración secuestrada, la mirada obstruida por la niebla del jadeo. Todo lo que es reducible viene de un orden injusto. La noche anterior habíamos sacado a un amigo de la cárcel. Bebí muchas cervezas en la madrugada, festejamos en un antro de la calle 25, mientras la uña de la libertad abría un hueco de asombro en el fango de nuestros cuerpos.
Vino una mujer y se llevó mi pasaporte. Me estaban esperando. Unas semanas antes habían llamado a mi celular para interrogarme. Yo los rechacé. Luego un policía estuvo rondando la casa de una amiga. Preguntó a los vecinos por mí. Eran como la sombra del lobo medieval. Se deslizaban detrás de un muro, se escurrían bajo alguna carreta, algún gruñido seco se escapaba. Uno quería ya que aparecieran, terminar de asustarse de una vez.
El miedo se había instalado en nosotros como una prótesis fría, tornillo en la carne. El cuerpo social intervenido por nada, sometido al experimento médico de la policía política. Vivíamos acostumbrados a la parsimonia del sobresalto, la expresión burocrática del susto. Por eso, como primero se escapaba de esta dictadura era metiéndose en ella, yendo a buscarla. Tener que mostrarse es siempre una debilidad del poder.
Pasaron varios minutos. Cierta tristeza principal los estiraba, la tristeza histórica del absurdo último. ¿Por qué las cosas eran así? La mujer regresó con mi pasaporte y me dijo que la siguiera. Una oficial con uniforme militar, seca, impertérrita. Parecía recortada de todo, pero yo sabía que había bailado reguetón alguna vez, que había visto pornografía y comido frijoles negros.
Pasamos Inmigración y la revisión de Aduana. Me pusieron el sello de salida en el pasaporte, iban a dejarme ir. La Habana quedaba atrás.
Después de haberse situado por delante, dibujada en papel de aire con el carbón del delirio; y después de habernos movido a la par, como falsos cuerpos idénticos, ese era el lugar en que había encallado la ciudad. Pero, ¿atrás de qué? ¿Atrás de la vida, quizá? En ningún mapa del tiempo, en ninguna de las rutas futuras, ni siquiera en los planes de fuga o huida, aparecía de nuevo La Habana como lo que había sido alguna vez: una promesa de rescate, una tentación o un hallazgo íntimo. Se había convertido en un sitio precariamente dispuesto entre la bruma de la melancolía y la trampa de la indiferencia. Solo la línea de sal de su asfixiante situación política, lo que en otro momento habría degenerado en asco o desprecio, hacía que La Habana adquiriera todavía algún sentido para mí. Uno contingente y frágil, pero sentido al fin, el de la justicia pospuesta.
Eran como la sombra del lobo medieval. Se deslizaban detrás de un muro, se escurrían bajo alguna carreta, algún gruñido seco se escapaba.
Faltaba una hora y media para el vuelo a Ciudad de México. Quería mucho volver. Llevaba ya seis meses alejado de esa superstición que Lucia Berlin califica como «fatalista, suicida, corrupta. Una ciénaga pestilente. Ah, pero tiene su encanto. Hay destellos de tal belleza, ternura y calor que te dejan sin aliento».
La mujer me condujo hasta un superior suyo. Era un hombre alto, atlético, ojos verdes, llevaba una tablilla en la mano. Su cordialidad tenía un punto de interés, porque se trataba de alguien genuinamente afable en medio de una situación arbitraria. Hablamos poco, agradecí eso. Me dijo que se trataba solo de unas preguntas, no iban a robarme mucho tiempo. Mentía, por fuerza. Ningún hombre como este, formalmente constituido, sin oportunidad de renuncia, podía convertirse en mi aliado desde que el país entero se había vuelto mi enemigo. Un hombre bueno en una situación mala se vuelve un hombre malo que finge.
Pasé los baños y las tiendas de bisutería de la Terminal 3, la composición vulgar del parque simbólico de la Revolución: las cajas de tabaco Cohíba, las botellas Havana Club, el rostro del Che Guevara. Un batiburrillo pop de ideología descosida, una tela de ilusión remendada con parches de terror, hasta que el parche terminó volviéndose toda la tela.
Crucé otra revisión y el oficial me dejó en una oficina pequeña, desangelada. Había dos hombres junto a un buró. Tuve que sentarme frente a ellos. Por fin. Quería ver de quién se trataba. Los miré. Estaban escondidos detrás de unos cubrebocas verdes, un siniestro verde oscuro de enfermería municipal. ¿Así que eran ustedes? Los había visto siempre, me había cruzado con ellos en la calle cada día de mi vida en ese país.
Cualquier cubano que estuviese dispuesto a meter la vista en la multitud, en la fila de la bodega, en esos planos de jolgorio popular tan llevados y traídos en los videoclips nacionales, iba a encontrarse sin falta a estos dos hombres. Incluso cualquier cubano que se mirase al espejo, si en ese mirar no rompiera el espejo de un puñetazo, o, por no cortarse la mano, si no lo rompiera entonces con un martillo, podía encontrarlos también.
No representaban el dueto policía bueno/policía malo. Uno, el jefe, era más bajo, comprimido, tenía la boca llena de sandeces. El otro era ancho, fuerte, casi no cabía en su silla, y no parecía jugar allí ningún rol más o menos definido. Quizá, como cuenta Bárbara Demick en Querido Líder, iban en pareja por la misma razón que en Corea del Norte el régimen dinástico coloca dos guías a los periodistas extranjeros: para que se vigilen entre ellos y ninguno de los dos incumpla el guion prescrito. Visto lo visto, yo también era un periodista extranjero para mis dos oficiales, de ese tipo específico de extranjero que son los cubanos que han renunciado a la patria local del castrismo.
Creí que al segundo de ellos lo habían llevado al interrogatorio para que aprendiera. Un oficial inexperto que apoyaba a otro más experimentado e incorporaba así el funcionamiento inquisidor de una máquina totalitaria cuya crueldad no provenía de la inteligencia, sino de la estupidez.
Les pregunté sus nombres. Se llamaban algo como Carlos o Alejandro o Jorge. Nombres falsos, los nombres de siempre, nombres de reyes muertos. No dijeron llamarse Yasmany o Yasiel, nombres de verdad, de gente real que sudaba. Yo estaba convencido de que así se llamaban, que respondían por Maikel o Yandro cuando salían a la calle y uno los veía sobrevivir como el resto, padeciendo el sol duro de las víctimas.
Siempre usaban alias, y nada delata más que un alias. Una parte de los periodistas que escriben para la revista que yo edito también habrían de ser interrogados por esas fechas, en medio de la pandemia global. Como la palabra pertenecía a la historia, era el represor quien tenía que esconderse. Era el represor el que no podía revelar su nombre y quien tenía que pasar como un fantasma por la sala del juicio último, una sala modesta pero definitiva, donde nos jugábamos el merecimiento de esa criatura extraña, la libertad.
Una parte de los periodistas que escriben para la revista que yo edito también habrían de ser interrogados por esas fechas, en medio de la pandemia global.
¿De quién se esconde el represor, si es él quien reprime? Se esconde de un momento venidero al que algunos nos habíamos lanzado, y esa era básicamente la razón por la que nos interrogaban. Bajo la máscara de alguna culpabilidad presente, lo que los represores en verdad nos preguntaban era cómo funcionaba esa época nuestra que ellos desconocían. Es frágil, les habríamos dicho, no es un tiempo concluido como el tiempo en el que ustedes viven. Pero quien pregunta mucho tampoco quiere escuchar, sino abatir al otro.
En aquel país del que yo venía huyendo la gente moría con ochenta años y solo existía de miércoles para jueves, fatigándose eternamente en la distancia corta. Un día a la vez para toda la vida, no nos había sido dado más. Lo que destruía en el totalitarismo era el segundo idéntico, opresor, avanzando en bucle hacia ti.
El oficial jefe tenía un acento habanero, más áspero y prosódico; el otro, un acento oriental, más derretido y rítmico. El subordinado no habló mucho, pero en el poco espacio que tuvo se las arregló para revelar sus dotes particulares. En el servicio militar los había visto como él. Buena parte de ellos, al cabo de los años, terminaban bañados en alcohol, con olor a gasolina encima, esperando la llegada de agosto para agarrar un estímulo de fin de semana en un campismo desvencijado del litoral norte.
Su jefe escupía las palabras, y a él le incomodaba el cubrebocas, que se movía y lo ahogaba. Cuando decía algo, las palabras, como babeadas, se le amontonaban en el bozal de tela. Morían indistinguibles, un montón de sonidos apachurrados que ni yo ni su jefe lográbamos desamarrar. Extraer alguna idea de su balbuceo era como meterse a escoger arroz. El jefe lo miraba con paciencia, sin recriminarle. El subordinado corría el cubrebocas con la mano y hablaba entonces de costado, soltando por un lateral.
Cuando sus palabras finalmente llegaban, venían entonces con la forma y el tono de una pregunta ya anteriormente hecha por su jefe. Acabo de responder eso, le dije un par de veces. A lo mejor él también estaba bajo supervisión. Tenía que preguntar algo y no sabía qué. Parecía uno de esos alumnos que entran a la última clase del curso sin evaluación oral y se ven obligados a intervenir solo para no reprobar.
Si él no tenía ninguna idea, su jefe tenía una. Fija, absoluta, y se la reservaba para sí. Todos hemos visto eso alguna vez. Era la idea de un hombre bárbaro en situación de poder que cree llevar la razón. ¿Cuánto te pagan por tus publicaciones en Facebook?, preguntó, ¿quién te paga?, ¿de dónde conoces a quienes conoces?, y así. Muchas más. El caracol retórico de sus preguntas los enroscaba. Creían que todo el mundo funcionaba como ellos. Por órdenes, por un estímulo mísero sometido a jerarquías oscuras.
Creían que todo el mundo funcionaba como ellos. Por órdenes, por un estímulo mísero sometido a jerarquías oscuras.
Me aturdían. El oficial que me había llevado hasta allí entró de golpe en la habitación y les dijo que no faltaba mucho para el vuelo. Luego se fue, cordialmente cómplice. No encontré manera de responder aquella avalancha hilarante con rectitud mínima, o con cierta dignidad, o incluso con leve sarcasmo, que era, no sin condescendencia, como me había imaginado a mí mismo cuando llegase esta situación. Me tenían atrapado en su relato viscoso. Nos venía bien una frase de Robert Walser: «Cualquier afán por elevarnos sobre la vulgaridad tiene un límite en la vida».
Hicieron muchas preguntas sobre mis amigos, también sobre mi familia. Me enseñaron fotos de personas que no conocía, o que había visto alguna vez muy brevemente. ¿Qué tipo de vínculos y conspiraciones habían supuesto aquellas cabezas esquizofrénicas?, pensé. Si esto suena vago, es porque lo es. Buscaban algo que no había. Que yo no sabía qué era, y ellos menos, algo cuyo pasado solo existía en la medida en que ellos lo construían allí. Empanizaban la memoria del delito con la harina del sinsentido, embarrándolo todo de un razonamiento pegajoso, ensuciándome.
Traté tanto como pude de montarme encima del pensamiento que ellos estaban produciendo en mí, del pensamiento de las respuestas, y en cada ocasión que eso sucedió me di cuenta de que intentaba no delatar a nadie. No podía hacerlo, desde luego, porque no había a quién delatar, pero a los interrogadores eso no les interesaba, porque lo que ellos pretendían no era que yo delatara, sino, justamente, que yo intentara no delatar. Así se demostraba que había alguien encubierto que podía ser delatado.
El crimen, sin embargo, sí existía, y era Cuba. Solo si esos dos oficiales fingían investigarme, podían terminar salvándose. El totalitarismo tardío, el que yo había vivido, no podía leerse como la parábola de la destrucción absoluta del individuo, sino, al contrario, como el proceso donde el individuo adquiría anticuerpos y engañaba al Gran Hermano. No lo amaba y le ponía los cuernos, pero al Gran Hermano le servía, pues no solo se sabía engañado, sino que había buscado tal cosa, crear en su fase final un tipo de individuo mentiroso y escurridizo que se movía como un adúltero de sí mismo y cuyos anticuerpos eran apenas otra expresión de la enfermedad.
En el totalitarismo, al fin y al cabo, no había infidelidad que no estuviera ya dentro del matrimonio, pero si mis interrogadores no suscribían ese contrato nupcial y seguían investigando quién había emprendido el descuartizamiento de Cuba, a la salida solo podía esperarles el exilio o la muerte civil, el mismo destino de casi todos aquellos que anteriormente habían desentrañado a fondo ese crimen sencillo.
En El caballero y la muerte, la novela de Leonardo Sciascia, el Vice investiga la muerte de un abogado importante y sus investigaciones lo llevan nada menos que al Presidente de las Industrias Reunidas, otro nombre coyuntural del poder. Al mismo tiempo, inducidos, los periódicos comienzan a hablar de un grupo anarquista-terrorista de jóvenes insatisfechos: «Los hijos del ochenta y nueve». Ese fue el año en que yo nací. El Vice solo finge lanzarse detrás de este supuesto grupo desestabilizador para complacer a su jefe, pero no muerde el anzuelo, a pesar de la verosimilitud. Como insiste y se acerca a la verdad, lo matan de un disparo, en una de las escenas finales más hermosas que se hayan escrito.
No es que no existiera en El caballero y la muerte el estado de corrupción política y frustración generalizada para que en Sicilia estallara algo como «Los hijos del ochenta y nueve». A fin de cuentas, yo había estallado ya junto a muchos otros. Era que el poder cometía un crimen específico, manejable por ellos, necesario e ineludible para ellos por otras razones, y lo achacaba a un enemigo que ya venía entonces prefigurado, envuelto en una rebeldía gestual de raíz domesticada. Ese había sido uno de los mayores éxitos históricos del castrismo. Había que entregarse a la ardua empresa de no volverse un enemigo verosímil, funcional al único relato que supieron escribir, y cometer nuestro propio tipo de crimen.
En la página 64 de la edición de El caballero y la muerte que yo poseo, puede leerse el siguiente diálogo amargo, capsular:
«—¿Ha visto? En este país uno nunca se aburre: ahora tenemos a Los hijos del ochenta y nueve.
—Sí: Los hijos del ochenta y nueve. —Con ironía, con malicia.
—¿Qué piensa de todo esto?
—Me parece que es un montaje, una invención. ¿Y usted qué opina?
—Lo mismo.
—Me agrada que piense como yo. Pero por lo que dicen los periódicos, en su servicio creen que va en serio.
—Pues sí: ¿o piensa que se van a perder una invención tan buena?
—Ya veo. Creo que la inventaron con lápiz y papel: como un juego, un cálculo… ¿Adónde van a refugiarse esos pobres infelices, esos pobres desheredados que aún quieren creer en algo después de Jruschov, después de Mao, después de Fidel Castro y ahora Gorbachov? Algún pastel hay que arrojarles: uno que ha vuelto al horno después de doscientos años, blando, fragante de celebraciones, exhumaciones, revaluaciones; y dentro, la piedra de siempre, para que se partan los dientes».
Ese pastel que vuelve después de doscientos años es la Revolución Francesa, una de cuyas porciones es la idea y la configuración de la República. En una desviación libre de El caballero y la muerte, como una ficción real, quizá los fantasmagóricos «hijos del ochenta y nueve» pudieran morder el pastel y evadir la piedra.
Buscaban algo que no había. Que yo no sabía qué era, y ellos menos, algo cuyo pasado solo existía en la medida en que ellos lo construían 
Los policías me preguntaron por Luis Manuel Otero. Se trataba del amigo que ellos habían apresado bajo unos cargos falsos y que habían tenido que liberar la noche anterior. Querían saber desde cuándo nos conocíamos, o qué nos había unido. Ya todo había sido escrito. Ellos, eran ellos los que nos habían unido, por supuesto, pero no estoy seguro de habérselos dicho.
El tercer oficial volvió a entrar. Faltaban diez minutos para el vuelo. Ahí ensayaron un acercamiento torpe. Me preguntaron si podíamos tomarnos un café cuando volviera a Cuba. Algo informal, no querían citarme. Me asusté por un momento, como si ya hubiera aceptado. Recordé que en el servicio militar un oficial de la contrainteligencia me había llamado a su oficina para pedirme que delatara a los otros soldados cuando se fugaban o dormían en la guardia. Aquellos ofrecimientos desataban un tipo de repugnancia particular.
Dije que no. La única manera en que ustedes y yo podemos conversar es a través de una citación, solté. Preguntaron cuándo regresaba. No sabía. Me dijeron que nos íbamos a ver en ese regreso. Les dije que hicieran lo que tenían que hacer. Aplicaron luego cierta pedagogía. Yo había tenido, dijeron, una actitud desafiante cuando decidí no ir a verlos después de que me llamaran al celular, y ese no era yo. Les dije que no tenían la menor idea de quién era yo. En verdad, yo tampoco tenía la menor idea, pero era una frase que, a pesar de su desgaste, venía bien en el momento, podía frenarlos y no sonaba mal.
Hablaban como si hubiesen sido ellos mismos los que me habían llamado al celular. Tenían razón. Estábamos en La Habana y la llamada fue en Matanzas, pero se trataba de un cuerpo único que, dado el lugar o la hora del encuentro, podía encarnar figuras particulares sin desarticularse. Nada los diferenciaba.
Llevábamos más de una hora. Se quiere ver en estos sucesos un encuentro de naturaleza kafkiana. No lo son, lo desmerecen. Ya había demasiadas palabras allí. En Kafka, los funcionarios no preguntan, no necesitan averiguar nada. Sus comportamientos son severos y sus parlamentos son precisos y secos, con la doble condición de que cierran una puerta y abren al mismo tiempo una red de múltiples e inagotables sentidos, y en ese laberinto, más que en la finta de la puerta cerrada, es donde queda preso el desdichado.
Cuando los interrogadores intentaron presionar, ya era un poco tarde y se atropellaron. El tercer oficial volvió a entrar y les dijo que no podía detener más el vuelo. Antes de perderlos de vista, hubo una pausa de histeria en la que me dijeron que por eso debía presentarme de inmediato cuando me llamaran, para poder conversar con calma y no tener que mandar una patrulla por mí. No fue una conversación, dije, fue un interrogatorio. Me dijeron que un interrogatorio era algo peor. Farfullaron algo más. Ahí no los escuché mucho, nos desperezábamos todos.
¡Qué lejos estábamos en el tiempo para un episodio así! Era 14 de marzo de 2020, una fecha en la que la estética del estalinismo ya solo podía presentarse como folclor. Afuera proliferaban las noticias de la pandemia. En lo adelante habría decenas de miles de muertos en el mundo. Tres días antes se habían diagnosticado los primeros casos de coronavirus en Cuba.
Corrí hasta el avión y busqué mi asiento. Los pasajeros me miraron con rechazo. Seguramente pensaban que había hecho todo a última hora. Ya ubicado, con el cinturón puesto, sin carga en el celular, me desplomé. Fue como si me sentara dos veces, o como si una parte de mí se hubiera retardado más que yo y apenas estuviera llegando. Pero no era esa la única parte de mí que había demorado. En los días siguientes, ya en Ciudad de México, sucesivas partes mías, provenientes de ese encuentro, iban a seguir depositándose.
Podía entenderlo. Se había producido un corte en la realidad y uno accede a un lugar así cuando se va de él. El vuelo despegó. Cerré los ojos y me deslicé en la alta noche de ninguna parte. Lo que ha sido pesa menos que lo que habrá de suceder.
Fuente.-* Carlos Manuel Álvarez nació en Cuba, en 1989. Es periodista y escritor. Fundador y editor de la revista El Estornudo. Ha publicado los libros La tribu (2017) y Los caídos (2018).

"VICTORIA": ASI se SIENTE GANARLE al "PINCHE CORONAVIRUS"...tras un agarrón con los de su tamaño.

Entre aplausos y porras, médicos y enfermeras del Hospital Juárez de México dijeron adiós a Janet Orozco, Candelaria Valle y José Luis Chantes.
Los tres fueron pacientes de Covid-19 y ayer recibieron su alta médica. Con ellos, esta unidad médica ha enviado a su hogar a 155 mexicanos que lograron superar la enfermedad respiratoria.
En el piso de recuperación del hospital dedicado a personas con coronavirus, en donde hay cerca de 100 camas, de la 300 a la 399, José Luis Chantes salió con los brazos hacia arriba, como símbolo de que venció al nuevo coronavirus; él abandonó la cama 370.
“Bye, se porta bien y nos extraña”, le dijo una enfermera al hombre de 36 años, quien sólo sonrió y murmuró: “Trataré”.
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Candelaria asegura que llegó a pensar que ya no la contaba, por lo que agradece al personal del hospital todas las atenciones que le brindaron.

Antes de salir del hospital en el que estuvo internado por 19 dias, José Luis compartió con EL UNIVERSAL su experiencia tras ser un paciente con el virus SarsCoV-2.
“Pasé 18 días aquí, hoy era el número 19 y me da mucho gusto salir. Me diagnosticaron aquí, me empecé a sentir mal, con fiebre y no podía respirar, por eso vine al hospital. Me atendieron, me hicieron la prueba y me dijeron que, efectivamente, tenía coronavirus”, contó el hombre, de oficio comerciante.
Cuando comenzó la pandemia, José Luis pensaba que no era real, incluso decía a sus amigos que se trataba de una mentira.
“Ya estando aquí ves que es verdad. Lo más complicado es no poder respirar, me faltaba mucho el aire, pero la atención fue excelente por parte de los doctores y enfermeras, e hice amigos aquí en recuperación”, dijo.
Además de la parte física, para el padre de cuatro niños lo más difícil fue estar lejos de su familia y el temor de haberlos contagiado, por eso agradece que en este centro médico se realicen videollamadas a fin de comunicar a los pacientes con sus seres queridos.
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Janet Orozco dijo que lo primero que haría tras salir del hospital sería abrazar a sus hijos.

“Está muy bien, porque no tener comunicación y no ver a tu familia sí te desanima, pero hablar con ellos es como un aliento para seguir adelante. Yo pasé mucho tiempo sin saber de mi familia y fue muy bonito cuando hablé con mi esposa”, recordó.
Ahora que se esperan las semanas más críticas de la pandemia, José Luis pide a la población que se quede en casa y tome todas las precauciones posibles para no contraer el virus. “No es mentira, les pido que definitivamente se queden en sus casas, que se cuiden, porque a veces uno no cree hasta que lo vive, como yo”, señaló.
Janet Orozco también fue despedida con felicitaciones antes de cruzar la puerta con la leyenda “Egreso pacientes Covid”. Afirmó que lo primero que hará al llegar a casa será abrazar a sus hijos y con la voz entrecortada pide a los mexicanos que se cuiden y permanezcan en casa, porque el coronavirus sí existe.
“Voy a abrazar a mis hijos. Tengo dos, uno de 10 y otro de 14 años. Yo le pido a toda la gente que se quede en casa y haga caso. Si el gobierno dice algo, háganlo, porque es verdad esto del coronavirus”, indicó.
La mujer de 40 años relató que contrajo Covid-19 en su trabajo de intendencia y estuvo hospitalizada 16 días.
“Vengo de la tercera sección de Chapultepec, estuve dos semanas aquí, me contagié en mi trabajo de limpieza, en la alcaldía Miguel Hidalgo. Empecé con fiebre y gripa, fui al centro de salud y me hicieron la prueba; a los nueve días, cuando me iban a entregar los resultados, me sentía muy mal y no podía respirar, me dolía el brazo izquierdo y el pecho, por eso me vine aquí, al Juárez”, narró.
Al llegar al hospital, que se ubica en la avenida Instituto Politécnico Nacional, los profesionales de la salud identificaron que su condición se estaba complicando, por lo que informaron a la paciente que tendría que ser intubada.
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José Luis Chantes pensaba que el coronavirus era mentira, hasta que fue a dar al hospital.

“La atención fue excelente, sobre todo de la doctora Martínez y de todas las enfermeras. Lo más feo fue estar intubada, pero los médicos me explicaron que me estaba complicando y lo tenían que hacer, pero la atención fue muy rápida”, dijo.
Por medio de una videollamada Janet informó a su familia que sería dada de alta. “Estamos muy felices. Afuera me espera mi esposo, ya lo quiero ver”, expresó.
A sus 66 años, Candelaria se siente una guerrera que venció al Covid-19. “Es muy bonito salir de aquí, pensé que ya no la contaba”, afirmó.
Tras asegurar que es muy penosa, la señora, que vive en Ojo de Agua, Estado de México, agradeció a todo el personal que la atendió tras dar positivo a coronavirus.
“Me da pena..., sólo agradezco mucho salir bien de aquí, fue muy bueno el trato, me atendieron muy bien, y lo único que puedo decir es que crean y se cuiden, que no salgan de casa. Me siento bien, pensé que ya no salía; entonces, me emociona vencer al Covid”, aseveró.
Fuente.-

"H_UNDIDOS CONTRA la CORRUPCION": "LA CULPA NO es de BARTLETT SINO de QUIEN lo HACE COMPADRE"...asi pasa cuando se es juez y parte en el combate a los corruptos.

Las consecuencias de dejar al gobierno ser juez y parte en el combate a la corrupción pueden ser potencialmente desastrosas. El debilitamiento del Sistema Nacional Anticorrupción (SNA), el desdén a sus virtudes y el empoderamiento a instancias que en el pasado han sido culpables de la crisis que vivimos en la materia, se pagan caro. 
Haber alentado a la Secretaría de la Función Pública (SFP) para actuar de manera unilateral y, sin ambages, tiene efectos perversos. La exoneración de Manuel Bartlett, Director General de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) –denunciado en reportajes periodísticos por conflicto de interés, enriquecimiento ilícito y lavado de dinero– mediante una investigación parcial, le permite navegar en la impunidad, con la confianza de que sus aliados lo seguirán protegiendo y justificando. En Sudamérica el dicho consigna con elocuencia: la culpa no es del chancho sino del que le da el afrecho.
Recordemos que fue Miguel de la Madrid quien creó la SFP. Por aquel entonces, durante el primer año de su administración (1983), la bautizó como Secretaría de la Contraloría General de la Federación. Era parte de una campaña de renovación moral que acabaría con la panda de corruptos que se enriquecían desde sus puestos en el gobierno. Cuando Ernesto Zedillo llega a la presidencia –justo en el fragor del error de diciembre– renombra la institución con un título aún más burocrático e igual de inútil que el anterior: Secretaria de la Contraloría y Desarrollo Administrativo. La presidencia del panista Vicente Fox inauguró un nuevo capítulo de lo que conocemos como el período de la transición democrática en México. Al igual que De la Madrid, uno de sus principales postulados de campaña fue la derrota de la corrupción. En consecuencia, modificó el nombre de la dependencia una vez más, en 2003, para quedar como ahora la conocemos. Lo hizo a iniciativa de Francisco Barrio Terrazas, entonces primer contralor de la nación, porque como no había podido atrapar los peces gordos que prometió al principio, responsabilizó a las limitaciones de la ley: ergo, la reformó. Los peces gordos siguieron nadando a sus anchas. Enrique Peña Nieto, el ominoso, quiso desaparecer la secretaría como parte de una de sus reformas estructurales. Su deseo era que los titulares de cada dependencia del gobierno federal se hicieran responsables de controlar los recursos y la gestión, además de supervisar el honesto desempeño de los servidores públicos. La desaparición, sin embargo, fue conjurada en el Senado. Esta derrota aparente para el entonces presidente resultó a la larga ser su mejor escape en el peor momento. A consecuencia del escándalo de la Casa blanca de la entonces primera dama, se nombra a Virgilio Andrade como titular de la SFP, quien en pocos meses de “investigación” exonera al presidente. Este episodio infame de nuestra historia detona la creación del Sistema Nacional Anticorrupción (SNA) como una herramienta de coordinación, colaboración y rendición de cuentas de las instancias que combaten la corrupción, incluyendo a la SFP. Una de las razones para la reforma anticorrupción de 2016, era precisamente la de limitar el ejercicio de la SFP para evitar parcialidad en su actuación. Desafortunadamente, el gobierno actual ha desdeñado sus virtudes, debilitando las capacidades del sistema, anulando el papel del Comité de Participación Ciudadana, marginando el rol de la Fiscalía Especializada en Combate a la Corrupción y concentrando en la SFP y la Unidad de Inteligencia Financiera (instancia que no forma parte del SNA) gran parte de las atribuciones del combate a la corrupción. La desgracia se cuenta sola: regresamos al pasado en el que el juez era parte, similar a las épocas de Miguel de la Madrid, idéntico al sexenio anterior cuando Virgilio Andrade investigó a su jefe y no le encontró ningún viso de corrupción. Realizó una investigación que él solo condujo, analizó y concluyó. Hoy en día no sucede nada en el seno del SNA y las consecuencias negativas nos siguen dando golpes de realidad. No transcurrió siquiera un tercio de la actual administración para sepultar la confianza en sus instituciones. No voy a hacer un juicio aquí sobre la culpabilidad o inocencia del Director General de la CFE luego de haber sido denunciado en medios y ante las autoridades competentes por los delitos de enriquecimiento ilícito u oculto, conflicto de interés, lavado de dinero y tráfico de influencias. Me interesa mostrar la forma en la que la SFP perdió legitimidad y dio pie a la desconfianza. La investigación contra (o más bien, a favor) de Bartlett es la recreación que la 4T hizo de la casa blanca y Virgilio Andrade.
Cuando sale a la luz pública el reportaje periodístico de agosto de 2019 sobre propiedades y empresas de Bartlett y su familia, se presentan denuncias tanto en la SFP como en la Fiscalía Especializada en Combate a la Corrupción. De estas denuncias solo conocemos el resultado de la investigación que llevó a cabo Irma Sandoval, Secretaria de la Función Pública. No tenemos evidencia de que hayan trabajado en coordinación para llevar a cabo la investigación. En septiembre de 2019, la fiscal María de la Luz Mijangos, advertía que estarían revisando declaraciones patrimoniales, bienes declarados. Sin embargo, de esta promesa no hemos visto nada. Incluso, la fiscalía ha abandonado su obligación de investigar a Bartlett argumentado, en enero de este año, que como entre las acusaciones se incluyen denuncias por lavado de dinero, entonces sería la FGR quien lo investigue. El trabajo conjunto con el SNA tampoco sucedió. En un comunicado del Consejo de Participación Ciudadana, emitido varios días después de presentado el Informe Técnico de la Investigación iniciada sobre el Director General de la Comisión Federal de Electricidad, se le reclama a la SFP por no haber hecho un trabajo de coordinación con el resto del sistema. El comunicado llegó a oídos sordos. La SFP llevó a cabo “media centena de diligencias ante 15 instancias públicas y privadas de los órdenes federal y estatal”pero ninguna en coordinación con alguna instancia del SNA. Irma Sandoval sepultó el escándalo de manera unilateral. Pero, además, lo hizo de manera deficiente. Pongo un ejemplo para dimensionar cómo la investigación se hizo para exonerar a Bartlett y no para descubrir la verdad. En estos días, desde la SFP se ha comenzado a indagar actos de corrupción en el que han involucrado al presidente Peña Nieto y funcionarios de su gabinete (José Antonio Meade, José Narro y Luis Miranda, entre otros). Sin mediar una investigación de por medio o alguna denuncia previa, se ha comenzado a revisar las cuentas bancarias de dichos exfuncionarios públicos (junto con las de sus familiares cercanos) para identificar algún posible enriquecimiento ilícito. Se han enviado oficios solicitando la información a la Comisión Nacional Bancaria y de Valores y a bancos en México para comenzar la pesquisa. Irma Sandoval ha dicho que se investiga “sin filias ni fobias” para afirmar que su actuación se ciñe a la imparcialidad más que a la venganza. Sin embargo, dentro de las diligencias que llevó a cabo para indagar en el patrimonio de Bartlett, no hizo ninguna en este sentido, que sería evidentemente esencial para cotejar la declaración patrimonial con el patrimonio real de él y su familia. El informe, que presentó en diciembre de 2019, no hace ninguna referencia a ello.
La actuación de la SFP padeció dos defectos, principalmente. Por un lado, se erigió como única instancia responsable de la investigación, haciendo a un lado el entramado legal e institucional del SNA, incluyendo a un aliado natural como lo es la Fiscalía Especializada de Combate a la Corrupción. Por otro lado, hizo una investigación deficiente, que nunca quiso entrarle al fondo del asunto. Las consecuencias son múltiples. Sin duda, la actuación parcial y deficiente ha sido el punto de inflexión. Como se dice comúnmente, la confianza se gana día a día pero se pierde en un instante. Hay argumentos para desconfiar en la SFP. Se  justifica verla con sospecha, con incredulidad. En medio de esta pandemia presenciamos los primeros estragos, la primera secuela del error llamado Bartlett: su hijo y los contratos millonarios en adjudicaciones directas durante esta administración. Y sin embargo, la SFP seguirá ahí, siendo juez y parte, tal y como hace casi cuarenta años lo ideó De la Madrid; siendo protagonista de la lucha anticorrupción con todo y la mácula de Bartlett. La SFP es la mano del compadre de Bartlett y de esos otros peces gordos a quienes dejarán seguir nadando impunemente o, en el peor de los casos, les permitirán escapar al fondo del océano de ser necesario. Me pregunto si la SFP no es otra más de las formas de la corrupción.
Del SNA y las leyes que se crearon para evitar que el gobierno fuera juez y parte, veremos muy poco. Morirá lentamente. 
fuente.-Juan Cepeda

"PENSARON que REGABAN COVID_19": AUTORIDADES FUERON a "SANITIZAR PUEBLO BUENO y SABIO,se OPUSIERON y QUEMARON DOS PATRULLAS"...al final sumaron, restaron y quedaron en ceros.

Pobladores del Municipio de Otzolotepec, Estado de México, quemaron dos patrullas luego de impedir labores de sanitización en la vía pública.

De acuerdo con fuentes del Ayuntamiento, la noche de ayer una brigada municipal se desplazó a la comunidad de San Mateo Capulhuac para realizar trabajos de desinfección.

Sin embargo, habitantes de este Municipio del Valle de Toluca rechazaron el servicio al considerar que se trataba de una supuesta estrategia para esparcir un virus.

Los habitantes impidieron el paso de los trabajadores y despojaron a los policías de dos vehículos oficiales.

Después, los inconformes destruyeron las patrullas con palos, picos y piedras, y les prendieron fuego.

"La gente no estaba bien informada sobre la sanitización, además de que ya se habían difundido rumores totalmente infundados en redes sociales respecto a que con estas acciones se riega Covid-19 porque el Gobierno quiere causar muertes", explicó una fuente del Ayuntamiento.

Las autoridades municipales confirmaron que no hubo detenidos.


Fuente.-


LOS "MEMES TRISTES de las CHELAS y la FALTA de CERVEZA en el MUNDO MUNDIAL"...pa'olvidar las penas o acordarse mas de ellas.

La pandemia por coronavirus no sólo ha puesto en emergencia a los servicios sanitarios, sino también al sector económico. Una de las industrias afectadas ha sido la cervecera, pues se vieron obligados a parar su producción.

Para frenar los contagios por Covid-19 se implementaron una serie de restricciones en cuanto al consumo de cerveza, lo que afectó tanto a productores como a consumidores y ahora que el panorama parece ser alentador y que en algunas zonas ya se está volviendo poco a poco a la normalidad, la industria cervecera se prepara para retomar labores. Sin embargo, se han registrado algunas situaciones curiosas…

En Alemania, los propietarios de la cervecería Willinger decidieron regalar más de 2,600 litros de cerveza, pues necesitaban vaciar los tanques para llenarlos nuevamente con cerveza fresca y estar listos en cuanto comiencen a abrir los bares. Decenas de personas esperaron pacientemente en la fila para recibir su cerveza gratis, eso sí, cumpliendo con todas las medidas sanitarias recomendadas, como el cubrebocas y la sana distancia. 

En Francia la situación ha sido más complicada, pues los productores tendrán que tirar 10 millones de litros de cerveza que no pudo ser consumida debido a la cuarentena. Seguro pensarás que es un sacrilegio y que deberían seguir el ejemplo de Alemania regalando la bebida, pero algunas de las marcas locales francesas no pasteurizan la cerveza, por lo que se daña con el paso del tiempo y ya no puede ser ingerida. 

En el caso de México, ante la pandemia por Covid-19, el Gobierno ordenó cerrar las plantas productoras, lo que ocasionó que la gente realizara compras de pánico de cerveza. Básicamente, el coronavirus dejó al norte del país sin esta bebida y cuando por casualidad había un sitio con chelas, su precio estaba por los cielos.
Por si fuera poco, en algunos lugares se implementó la famosa Ley Seca, que restringía la venta de bebidas alcohólicas por tratarse de productos no esenciales. Toda esta situación pone en riesgo el liderazgo de México como exportador de esta bebida. Incluso se ha llegado a plantear la posibilidad de que nuestro país comenzaría a importar cerveza.
Mientras esta situación se resuelve, en De10.mx armamos una galería con los memes más tristes y divertidos que nos ha dejado esta escasez de cerveza provocada por el Covid-19…
Con información de Infobae: El Tiempo y El País/

VEHICULO se le "EMPAREJO a ENFERMERO" del IMSS y lo EJECUTAN a BALAZOS en TABASCO...

Un enfermero del Hospital del Niño de Tabasco fue asesinado a balazos anoche a bordo de un automóvil en el Municipio de Centro.

ES EPIDEMIA ?:

Según medios locales, la víctima, identificada como Miguel Ángel "N.", de 46 años, fue agredida en la carretera Villahermosa-Frontera, a la altura del Fraccionamiento Lomas de Ocuiltzapotlán II, alrededor de las 19:30 horas del viernes.

UNA TRAS OTRA:

Reportes indican que el profesional de la salud estaba estacionado en una parada de autobuses cuando se le emparejó otro automóvil, del cual descendió un sujeto que le disparó en varias ocasiones.

NINGUN CASO AISLADO:

El cuerpo del enfermero, con al menos cuatro impactos de bala, quedó sin vida dentro de la unidad.

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"NO PUEDE QUEDARSE en CASA,PERO PUEDE IMPROVISAR y PROTEGERSE" con CARETA de un GARRAFON de AGUA...se cuida y cuida al resto.

María Angélica Galindo Dolores es una de las tantas mexicanas que no pueden quedarse en casa en tiempos del coronavirus, pues argumenta que necesita cuidar su bolsillo.
La usuaria del Metro, con la mitad de un garrafón en la cabeza como protección, cuenta a EL UNIVERSAL que usa a diario esta careta improvisda para evitar ser contagiada por el Covid-19.
La mujer lleva dos semanas portando este plástico, además de usar un cubrebocas debajo, como lo ha requerido dicho transporte público para trasladarse en sus instalaciones.
"Hay que cuidarse porque no puedo quedarme en casa y mi camino es largo", dijo María Angélica, al dirigirse a Naucalpan, Estado de México. EL UNIVERSAL habló con ella este martes en el Metro CU, a las 8:30 de la mañana. 
Hace unos días, el gobierno de la Ciudad de México dio a conocer un listado de 89 zonas consideradas de alto riesgo de contagio. Según esta información, 51 estaciones del Metro son focos rojos, es decir, podrían concentrar un gran número de personas y propiciar la propagación del coronavirus.

Mira aquí el mapa de puntos de contagio de la CDMX


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