En la imagen se aprecia una escena digna de crónica palaciega: dos comensales enfrascados en animada plática, recostados con comodidad en sillones acolchados, copas de cristal, vajilla fina y una botella que bien podría considerarse poción mágica antiausteridad.
Por el corte de la camisa basta y la actitud de “soy dueño del menú y del mundo”, el personaje de lentes —alias Monreal, el viajero— se despliega con la soltura de quien está más cómodo en Madrid que en Zacatecas. La mano en ademán elocuente indica que probablemente narra alguna hazaña política… o quizá sólo debate la textura del foie gras frente a las limitaciones del mollete de fonda. Se intuye, por la pose y la mirada estudiadamente distraída, que está más ocupado en elegir postre que en preocuparse por el Consejo Nacional de Morena que se celebraba al mismo tiempo que charlaba.
Ni el decorado lo amilana: ahí está Monreal, muy campechano, haciendo sobremesa como si telefoneara a Palacio Nacional para recordarles que “la patria es primero… excepto el brunch”.
A su acompañante, solo le queda escuchar las reflexiones del “sufrido” político, mientras él demuestra que la verdadera 4T es: Trufas, Tartar, Té y Tertulia. ¡Monreal en España, en versión gourmet y sin el menor temor a la evaluación de la república de La Flor y Nata!
Otra pelicula de austeridad de harto presupuesto
¡Ay, el morenismo! Qué caudal de incongruencia e hipocresía nos regala cual festín de cerdos en bacanal, en el selecto corral de la Cuarta Transformación.
El domingo 20 de junio, mientras el loable pueblo fiel aguardaba múltiples señales del Olimpo obradorista reunido, los próceres del “no mentir, no robar, no traicionar” pululaban por las alfombras rojas de la octava sesión extraordinaria del Consejo Nacional de Morena. Desfilaron funcionarios, gobernadores, legisladores y hasta los mayordomos del caudillo, menos, eso sí, el buen Ricardo Monreal, quien prefirió las mieles de Iberia y los placeres de un hotel de cinco estrellas, mucho más suculentos que el cabildo del rancho revolucionario.
Monreal, chiquillo del barrio con maleta Vuitton, se excusó con voz de pastorcito mentiroso: “Un compromiso familiar”, escribió, cual niño que quiere evadir la clase de civismo. Mas la realidad, como buena madrastra, lo pilló zampeando delicias en el “Flor y Nata” del Rosewood Villa Magna de Madrid.
Flor y Nata (Rosewood Villa Magna, Madrid)
Flor y Nata en el Rosewood Villa Magna es uno de los salones de té y pastelería más exclusivos de Madrid, ideal para quienes buscan codearse con la élite o saborear alta repostería en un entorno sofisticado y discreto.

Flor y Nata ofrece una carta que equilibra tradición y modernidad, perfecta para el nuevo rico que desea ver y ser visto en la capital española. El menú abarca desde desayunos saludables (açaí bowl, yogur orgánico, tostadas gourmet) hasta platos de inspiración mediterránea como patatas bravas, croquetas de autor, ‘bikini sandwich’ de jamón ibérico con mayonesa trufada, tartar de carne madurada, ensaladas gourmet, su famoso roll de bogavante cantábrico y variedad de dulces de alta escuela.
Además, es conocido por su exquisita repostería con scones, pasteles y una vitrina siempre renovada, y el ambiente permite desde un café discreto hasta una merienda tipo afternoon tea, con servicio refinado y materia prima selecta de productores locales. Ventaja: ambiente de lujo sin la rigidez de los restaurantes Michelin, clientes selectos (empresarios, políticos, influencers, celebridades, turistas de alto poder adquisitivo y ejecutivos locales); posible desventaja para el ‘nuevo rico’: la informalidad elegante exige saber comportarse sin estridencias y disfrutar del savoir faire madrileño.
La flor y nata de la crema y nata
El apellido del restaurante no podía ser más ilustrativo: flor y nata de la burguesía —¡que no se note la austeridad republicana!— y, claro, un modesto nidito de apenas 28 mil pesos la noche. ¡La cuarta transformación, sí señor, de la parcela a la Suite Presidencial!

Mientras tanto, en México, el ilustre tribuno Fernández Noroña implora compasión: “Ser político es desgastante, inhumano”, se lamenta, sudoroso y oprimido por el yugo de la renta fija, la camioneta blindada y dos o tres secretarias que le llevan el café. Se retuerce frente al escrutinio público porque, pobrecillos, “estos cargos son inhumanos, llenos de tensión” y claro, lo último que quieren es perfección, ¡si ni que fueran de hule!.
Vaya, pues, que los morenistas no solo han refinado el arte del cinismo, sino que lo han patentado internacionalmente. Son la gourmetización del doble discurso, la orgullosa maduración de la hipocresía con denominación de origen de la 4T. Si nuestros padres del Siglo de Oro levantaran la cabeza, harían tañer las campanas del sarcasmo.
Y aquí, valiéndonos de la fértil lengua de Cervantes —joya que ni Monreal podría ocultar en algún penthouse del extranjero—, os conceptúo, ¡oh trepadores de la cosa pública!:
Sois andantes caballeros de reluciente armadura oxidada, cabalgando, no Rocinante, mas sí Suburban blindada, que predicáis virtud en la plaza y engullís la pitanza en el reservado de la Mariscada. Desgastados, decís, cuando apenas habéis rozado las espuelas de la honradez o el callo de la decencia. Vuestra inhumanidad radica no en los cargos, sino en la desfachatez y el estómago a prueba de escrúpulos con que os batíis en la mesa del poder. Modernos Lazarillos, que tan bien sabéis tragar del cazo de la “austeridad” mientras brindáis a nombre del pueblo… ¡del pueblo de Salamanca, de la Gran Vía y de todas las cortes que el erario alcanza!
Enhorabuena, que gobiernaís no con la flor y nata del espíritu, sino con la flor y nata de la hipocresía. Y eso, señores de Morena y dilecta señora del segundo piso,ni la península entera de Cervantes podría disfrazar de decencia.
Con informacion: ELNORTE/ MEDIOS

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