El feminicidio de Neria Pamela López Solís, asesinada tras denunciar abuso sexual contra su hijo y luego de una audiencia judicial, es mucho más que una nota roja: revela múltiples capas de violencia estructural, fallas institucionales y dinámicas de impunidad que afectan la vida de las mujeres en México.
1. Impunidad y fallas institucionales
- La cifra de más de 11 mujeres asesinadas diariamente en México no es casualidad, sino síntoma de una crisis nacional de violencia feminicida, marcada por la inacción estatal y procesos judiciales que revictimizan o ponen en mayor riesgo a las denunciantes.
- El hecho de que la custodia del menor presuntamente haya sido retirada a la madre denunciante, mientras el agresor permanecía en posición de poder, sugiere que el sistema judicial puede perpetuar daños y desproteger a las víctimas, incluso frente a denuncias graves como el abuso sexual infantil.
- Existen demandas expresas para investigar y sancionar a jueces cuyas decisiones contribuyen a estos escenarios (por ejemplo, la exigencia de suspensión al juez del caso).
2. Riesgo de las mujeres que denuncian
- Neria había advertido el riesgo en el que estaba por atreverse a denunciar públicamente, lo que evidencia que las mujeres identifican la falta de garantías para su seguridad aun cuando acuden a instancias legales. Esta realidad desalienta la denuncia y facilita la reiteración de abusos y crímenes.
- La reacción inmediata de grupos sociales y colectivos en exigir una investigación con perspectiva de género subraya que la sociedad civil percibe una profunda desconfianza hacia la protección institucional y el acceso real a la justicia.
3. Patrón sistemático y contexto nacional
- El caso se integra en un patrón generalizado: tanto organismos nacionales como internacionales reconocen que la violencia feminicida y el asesinato de mujeres que buscan justicia son conductas reiteradas, no hechos aislados.
- La impunidad es motor clave; las propias cifras de feminicidio muestran que, pese a la gravedad, las respuestas institucionales siguen siendo insuficientes o fallidas, reforzando el mensaje de que denunciar pone en riesgo la vida sin certeza de protección o justicia real.
4. Criminalización y estigmatización de madres protectoras
- La criminalización de madres que buscan justicia es una constante en este tipo de situaciones: a menudo se les descalifica, niega la custodia o incluso se las persigue legalmente, mientras sus victimarios pueden conservar o recuperar poder sobre los menores.
5. Reflejo de desigualdades estructurales
- Los sucesos alrededor de Neria Pamela hacen visible la desigualdad de condiciones para mujeres que deciden enfrentar sistemas patriarcales y de complicidad institucional.
- Las propias redes de protección e impunidad para los agresores quedan expuestas cada vez que un caso como este ocurre tras una denuncia, envío de pruebas o audiencia judicial, lo que pone en tela de juicio la capacidad real del Estado mexicano para garantizar la vida, integridad y derechos de mujeres y menores.
El macho Mexicano es aun mas macho si tiene poder
En el sustrato sociocultural mexicano, la conducta machista se revela como una amalgama de prejuicios ancestrales, rituales de dominación y pulsiones patriarcales que, lejos de diluirse en los cauces de la modernidad, adquieren nuevas y perversas manifestaciones al ser encumbradas por el poder.
El mexicano impregnado de machismo, al tomar las riendas de la autoridad —sea en el ámbito doméstico, jurídico, político o institucional , experimenta la embriaguez de una virilidad que asume, por mandato tácito, el control incuestionable sobre cuerpos, voluntades y destinos ajenos.
Esta masculinización hipertrofiada se viste de honor, se escuda tras la lógica de la protección y la disciplina, y erige murallas contra cualquier desafío femenino, percibido visceralmente como una insolencia al orden natural. Así, la figura masculina —fortalecida por la reverberación de complicidades sociales y estructuras conservadoras— convierte el poder en un instrumento de silenciamiento, reducción y violencia jamás confesada abiertamente, pero ejecutada con meticulosidad y, a menudo, con la contundente parsimonia de quien se sabe impune.
En este entramado, el machismo no es mera actitud: es una cosmovisión que justifica la apropiación de la palabra, la limitación de los sueños ajenos, el usufructo de privilegios heredados y la administración, casi feudal, del miedo de mujeres y disidentes. Así, el mexicano que ostenta poder exacerba su machismo hasta transformarlo en un mecanismo de control social, recurriendo a la intimidación, la coerción legal, la discriminación sutil o flagrante, y —en los casos más abyectos— la violencia letal como último recordatorio de la jerarquía intocable que la tradición patriarcal le ha conferido.
El resultado es un ecosistema en el que el autoritarismo de género se reinventa bajo ropajes de respetabilidad, de legalidad y de costumbre, perpetuando un ciclo de opresión donde la masculinidad dominante, lejos de decaer, se convierte en el eje invisible, ominoso y devastador de la vida pública y privada.
En síntesis, este caso no solo es reflejo de la violencia feminicida en México, sino también una advertencia sobre los riesgos de buscar justicia en un sistema que, entre líneas, sigue fallando reiteradamente a las mujeres y a quienes pretenden romper los círculos de abuso y silenciamiento.
Con informacion: ELNORTE/

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