Que quede claro desde el arranque: a este «Tony Montana» nadie le va a hacer una película. El personaje de Al Pacino se comía un balazo antes que arrodillarse ante nadie; el de Michoacán, en cambio, se sentó como buen chico ante la jueza Beryl A. Howell ayer viernes en Washington y firmó su rendición sin disparar ni un tiro. Puro nickname de cartelera, cero guion de Brian De Palma.
Antonio Oseguera Cervantes, de 67 años, hermano del ya finiquitado «El Mencho», se declaró culpable de traficar cocaína y metanfetamina de 1998 a 2022 y de cargar fusca «en apoyo» de esa conspiración. Traducción sin filtro: veintidós años embarrado hasta el cuello en el negocio familiar, y cuando por fin lo sientan frente al juez, el discurso es «sí, fui yo, pero por favor no me manden a morir en una celda de Colorado». El mismo señor al que el Departamento de Justicia identificaba como el operador financiero y logístico del CJNG ahora suena menos a capo y más a contador que se declara culpable de «errores contables» para evitar la auditoría completa.
Y no es que le haya faltado tiempo para pensarlo: llevaba desde abril de 2025 pidiéndole prórrogas a la corte —»necesitamos más tiempo para revisar la evidencia», decían sus abogados, en el eufemismo legal de «estamos negociando cuánto vamos a delatar»— hasta que finalmente, el 11 de junio pasado, se filtró que ya había pactado. Meses de teatro para terminar admitiendo lo que ya sabía media Interpol
Lo irónico —o lo genético, más bien— es que en esta familia doblarse ya es tradición. Su sobrino, «El Menchito», sigue haciéndole al valiente y se declaró no culpable; su sobrina «La Negra» ya se rindió hace tiempo bajo la Ley Kingpin. Y ahora el tío completa la trilogía de la abdicación: el clan Oseguera Cervantes coleccionando acuerdos de culpabilidad como quien colecciona estampitas, mientras el patriarca sigue de gira eterna en el más allá tras el balazo del Ejército mexicano.
Por si el numerito no fuera suficientemente patético, resulta que a este señor lo trajeron de México en febrero de 2025 en ese vuelo chárter VIP con otros 28 «empresarios» del ramo —ahí iba con Caro Quintero y con el Zeta Treviño Morales, todo un vuelo de contactos— como gesto de «cooperación bilateral» que funciona como búmeran.
Es decir: al hombre que en México un juez ya había soltado por «violaciones al debido proceso» en 2015, Washington lo agarró, lo sentó y en dieciocho meses lo convenció de cantar. La justicia mexicana lo dejó ir por tecnicismo; la gringa lo hizo hablar con la amenaza de dos cadenas perpetuas sobre la mesa.
Porque esa es la letra chiquita del «acuerdo»: nada de héroe de acción. Se enfrenta a cadena perpetua doble como techo y a un mínimo de 15 años como piso, más una orden de decomiso que ronda los diez millones de dólares . La sentencia se lee el 13 de noviembre, y ahí sabremos si su «arrepentimiento» le valió algún descuento o si nomás se dobló para terminar rompiéndose de todos modos, solo que con menos dramatismo procesal.
Al final, el mito del narco intocable se sigue desinflando ante una jueza gringa con la misma facilidad con la que se desinfla cualquier apodo de Hollywood cuando le toca firmar papeles en vez de disparar balas.
Tony Montana el de la película murió a tiros gritando que el mundo era suyo. Este Tony Montana va a envejecer en una prisión federal firmando formularios. La diferencia entre leyenda y expediente judicial, resumida en un viernes cualquiera de julio.
Con información: ELNORTE/

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