La ejecución de César Gastélum esta noche en Culiacan,no es un hecho aislado: es otro capítulo, perfectamente rutinario, de una barbarie que ya ni siquiera se disimula, mientras el gobierno federal presume un despliegue militar que sólo sirve para decorar las escenas del crimen y Omar García Harfuch se regodea en la cifras infladas que presumen capturas.
La vida en vivo, la muerte en vivo
Un influencer con más de medio millón de seguidores transmite en vivo “Al Estilo Culiacán” frente al drive thru de una franquicia de comida rápida en el bulevar Sánchez Alonso, Sector Tres Ríos. La postal: ciudad “moderna”, comida rápida, redes sociales, vida aspiracional. La realidad: dos tipos en moto, sin decir palabra, le disparan directo a la cabeza.
Antes del balazo, alguien alcanza a verbalizar el miedo: “Esos chavalos me dan miedo, oiga”. No es una intuición, es un diagnóstico. En Sinaloa todo el mundo sabe quién manda, y no es el Estado. El Estado llega después: SSPC, Ejército, cintas amarillas, acordonamiento, protocolo. Detenidos: cero. Efectividad: cero. Repetición del guion: absoluta.
El fracaso militar contado en cuerpos
Más de 14 mil soldados desplegados en Sinaloa y, pese a toda esa parafernalia verde olivo, ni siquiera han podido contener las tres violencias básicas que destruyen la vida diaria: ejecución, levantón y despojo.
El asesinato de un creador de contenido en plena zona urbana es sólo un ejemplo visible de una estadística que se desangra en silencio.
Entre 2024 y 2025, la tasa de homicidios en la entidad crece cerca de 75 por ciento según INEGI, con datos de servicios médicos forenses que contradicen las cifras alegres de las mañaneras, esas que se alimentan de reportes maquillados de fiscalías estatales y la estrategia mediática y cosmética de de García Harfuch.
Ahí está la “Narcoguerra”: disputas entre grupos rivales, ejecuciones, detenciones, ajustes de cuentas. El gobierno le dice “estrategia”, la realidad le llama masacre sostenida.
Los saldos de la ola: números que desmienten el discurso
El propio balance de la violencia desde el 9 de septiembre de 2024 hasta el 3 de agosto de 2026 ,publicado puntualmente por Noroeste,desnuda el cuento del control territorial:
- 3,638 homicidios dolosos, un promedio de 5.2 diarios.
- 4,182 personas privadas de la libertad, 6.0 diarias.
- 12,130 vehículos robados, 17.5 diarios.
- 3,783 personas detenidas, 5.5 diarias.
- 209 personas abatidas.
La aritmética es brutal: por cada “abatido” que el gobierno puede presumir, hay decenas de homicidios, miles de personas levantadas y miles de patrimonios arrancados. Es una ecuación en la que el Estado nunca gana, pero insiste en denunciar avances “históricos” mientras los cuerpos siguen contando otra historia.
Influencers ejecutados, narrativa silenciada
La ejecución de César Gastélum se suma a la lista creciente —y casi siempre invisibilizada— de influencers, creadores de contenido y figuras públicas asesinadas en el contexto de esta narcoguerra: gente que vive de mostrar la ciudad, la fiesta, la cotidianeidad, y termina exhibiendo, con su propia muerte, que en Sinaloa cualquier visibilidad puede ser sentencia.
El mensaje es claro: se puede tener medio millón de seguidores, pero el único algoritmo que manda es el del terror. El video en vivo se corta de golpe, la transmisión se transforma en evidencia forense y el crimen organizado reafirma su dominio mientras el despliegue militar se limita a recoger casquillos y a rellenar partes informativos.
Barbarie inatacable, Estado ornamental
Lo que pasa en el drive thru de Tres Ríos sintetiza el desastre: la gente reconoce el peligro antes de que el Estado siquiera lo registre, los sicarios operan como si la ciudad fuera su propiedad privada, los soldados llegan para posar frente a cámaras y las cifras oficiales siguen tratando de maquillar lo que INEGI y los forenses ya documentaron con precisión.
Sinaloa vive bajo una barbarie continua e inatacable, y el aparato federal se ha resignado al papel de administrador de daños colaterales. La “Narcoguerra” no es una estrategia: es la confesión, día tras día, de que el monopolio legítimo de la violencia ya cambió de manos y que, entre el drive thru y la morgue, el único Estado verdaderamente eficaz es el del miedo.





