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lunes, 1 de diciembre de 2025

«NO FUE VILLANO NEOLIBERAL,NI ENEMIGO del PUEBLO»: «ZACATECANA MORENA que GOBIERNA VERACRUZ acusa MEGADEUDA de GOBIERNO MORENO que le ANTECEDIO»…en su relato,Nahle se proyectó como contadora de la patria.


Mientras la Gobernadora Rocío Nahle presumía en su primer informe que está “desendeudando a Veracruz”, al fondo se escuchaba el eco incómodo de un dato: la megadeuda que intenta pagar no la dejó un “villano neoliberal” ni un “enemigo del pueblo”, sino otro gobierno de Morena. Sí, el morenista Cuitláhuac García, que dejó al estado colgando de una cuerda de 119 mil millones de pesos.

Nahle, en plan de salvadora financiera, anunció que ya redujo la deuda en 42 por ciento y que los bancos hasta le subieron la calificación. Milagro económico made in 4T, diría alguno. Pero entre líneas, la Gobernadora admitió lo impensable: el desastre económico no lo heredaron del “régimen corrupto del pasado”, sino del compañero de partido que hasta hace unos meses aplaudían en mítines.

El ajuste incluyó ponerse al corriente con el SAT —casi 30 mil millones que nadie quiso pagar antes— y con el ISSSTE, que llevaba 25 mil millones arrastrando desde tiempos en que Veracruz todavía presumía carnaval. Ahora, según dijo, ese adeudo se redujo a la mitad gracias a beneficios federales y maniobras financieras.

En su relato, Nahle se proyecta como contadora de la patria, acomodando las cuentas y vigilando cada peso “del pueblo”, aunque el detalle divertido sigue ahí: Morena arreglándose los líos que Morena dejó. Si antes se culpaba a los “gobiernos corruptos”, ahora el dedo apunta al espejo.

Porque, al final, la deuda de Veracruz no tiene color partidista: tiene logo, y en este caso, bien rojo vino.

Con informacion: ELNORTE/

«MONTERREY es un INFIERNO ?»: «TRANSITOS y POLICIAS de N.L ASUMEN LEY ANTIEXTORSION como MANUAL de OPERA$ION contra TRAILEROS»…la autoridad devora billetes con la misma hambre con la que promete servir.


A tan solo unos días de que las autoridades aplaudieran su flamante “Ley contra la Extorsión”, los tránsitos del área metropolitana de Monterrey parecen haberla tomado como manual de operación, no como advertencia. Los transportistas de carga lo viven a diario: una gira interminable de mordidas, amenazas y detenciones inventadas donde la carretera se convierte en una casa de cobranza con uniforme oficial.

Circular por cualquier municipio del estado —Guadalupe, Apodaca, Escobedo, Monterrey o Santa Catarina— es como pasar por una serie de peajes clandestinos: cada agente cobra su cuota y el que no paga, se queda sin ruta. Las “multas” ya no se camuflan: las tarifas oscilan entre los 4 mil 500 y los 20 mil pesos, con el clásico chantaje de la grúa como guarnición.

“Pásame la clave”, exigen los tránsitos, como si la corrupción fuera un sistema bancario paralelo. “¿Con quién estás arreglado?”, preguntan, confirmando que lo único organizado en las calles es la extorsión. Y mientras los empresarios advierten una crisis sin precedentes, los funcionarios insisten en que todo está bajo control… solo que el control parece ser de los bolsillos de los transportistas.

El colmo: ahora las licencias digitales sirven de pretexto para el atraco. Si el internet falla o si el papel impreso no convence al oficial, el operador queda a merced del reglamento más absurdo del país: el reglamento de la mordida.

“Monterrey es un infierno”, resumió un líder transportista. Y no exagera. En este Nuevo León, la autoridad devora con la misma hambre con la que promete servir. Apenas se firma una ley contra la extorsión y los tránsitos ya están celebrando, brindando con el sudor ajeno, seguros de que aquí, como siempre, la impunidad tiene preferencia vial.

Con informacion: ELNORTE/

"CUANDO YO TENIA 17, NUNCA lo LLAMÉ CHAPO,le DECIA MI AMOR": "ADELANTO de DOCUMENTAL de EMMA CORONEL ABORDA RELACION SENTIMENTAL con CAPO MUJERIEGO que TUVO 18 HIJOS"...porque el poder es afrodisíaco.


A una semana de su lanzamiento, el tráiler del documental sobre Emma Coronel continúa atrayendo interés dentro y fuera de Estados Unidos.

La televisora estadounidense (Oxygen True Crime) difundió un adelanto que perfila un retrato íntimo de la esposa de Joaquín Guzmán Loera, donde por primera vez se le escucha pronunciar frases que buscan romper con la imagen pública que la ha rodeado.

De acuerdo con el adelanto, el documental no solo aborda la relación sentimental entre ambos, sino también la manera en que Coronel vivió el juicio que convirtió su presencia en una pieza constante de observación mediática.

Las voces que participan en el proyecto recuerdan que durante el proceso judicial se analizaba cualquier movimiento hecho por ella. Según los comentarios incluidos en el tráiler, se evaluaba “literalmente cualquier boleto, cada reacción, cada vestido”, en un intento por determinar si existía algún indicio que pudiera involucrarla.

Un análisis minucioso de cada gesto

Según el material presentado, periodistas, especialistas y funcionarios describen cómo la conducta de Coronel era observada en todo momento.

Explican que cuando en la sala se discutían escenas violentas o asesinatos, se esperaba ver si ella mostraba alguna reacción emocional. “Ella era muy estoica, no movió un nervio en su cara”, señala uno de los testimonios incluidos en el avance, reforzando la percepción de que su presencia generaba interpretaciones constantes.

Esta vigilancia pública contribuyó a la creación de narrativas sobre ella. En el tráiler se afirma que algunos creían que “no tenía sangre en las venas” o que actuaba como si no sintiera nada.

Sin embargo, Coronel sostiene que su comportamiento respondía a una necesidad de protección personal. Relata que se colocó una “máscara” para resguardar su seguridad y privacidad, especialmente en lo relacionado con su vida familiar.

Lo que Coronel decide decir y lo que el documental deja en suspenso

En el adelanto se observa a Coronel reflexionando sobre su pasado. “Cometí errores, no fui perfecta, pero ya pagué por mis errores”, afirma. No obstante, cuando se le cuestiona cuáles fueron esos errores, evita detallarlos y responde que “no los va a aclarar”, lo que deja un elemento de misterio que el documental promete abordar.

El especial fue transmitido en Estados Unidos el viernes 28 de noviembre y, según lo difundido por Oxygen True Crime, busca ofrecer un enfoque que contraste con la construcción mediática que ha rodeado a Coronel desde el juicio de Guzmán Loera.

Sin embargo, hasta el momento no se ha confirmado cuándo o a través de qué plataforma podrá verse en México, lo que mantiene en expectativa al público que sigue de cerca su historia y la de este capo que en su prolífica vida de mujeriego, tuvo 18 hijos.

Con informacion: ELUNIVERSAL/

UNA «MADRIZA a DOMICILIO»: «ESTRATEGIA de FUERZA BRUTA de HARFUCH LLEVA MILITARES en SINALOA al CAMPEONATO NACIONAL de ABUSOS que VIOLAN la LEY para CUMPLIR con ELLA»… «te sacan sin orden, te catean sin juez y te interrogan a puñetazo limpio.


Esto que les vamos a contar y que nos narra NOROESTE, no fue un “operativo”, fue una madriza a domicilio con placa oficial. Un tipo que llega muerto de cansancio de la fábrica, se tira a descansar en su casa, y lo despiertan cinco patrullas de la Secretaria de Seguridad y Protección Ciudadana de Omar Garcia Harfuch como si fueran comando del narco. Lo sacan al patio, le inventan que su casa es “punto”, lo interrogan a golpes, le roban el celular y encima le dejan como souvenir la amenaza de matar a su familia si no canta una droga que no existe.

Esta es la verdadera guerra contra el crimen con «inteligencia+coordinacion» convertida en franquicia de fuerza bruta: ahora cualquiera con insignia oficial puede jugar a ser sicario, pero con presupuesto público.

Cristian y la ley pateada

A Cristian lo tratan como botín, no como ciudadano: lo sacan sin orden, lo catean sin juez, lo interrogan a puñetazo limpio y de paso le hacen “aseguramiento” de celular, es decir: se lo roban. Esa escena de “ya métete a la ver… y no voltees” no es sólo abuso, es pedagogía del miedo: te rompo el cuerpo hoy para que mañana ni se te ocurra ir a denunciar. Las lesiones se curan, pero la lección queda clara: aquí no manda la Constitución, manda la rodilla del oficial en tu pecho.

Soldados que cazan como cártel

La historia de Cristian no es un desliz, es el manual no escrito de cómo ciertos uniformados entienden “seguridad”: entrar sin orden, golpear sin prueba, acusar sin investigación y luego justificar todo con la palabra mágica: “narco”. 

Se supone (…nomas se supone) que llegaron a Culiacán a ponerle freno a la violencia del Cártel, pero replican las mismas prácticas: secuestro momentáneo, amenaza a la familia, robo de bienes personales, terror selectivo en colonias pobres. El mensaje es brutalmente claro: da igual qué bando gane la guerra, el que siempre pierde es el vecino que estaba intentando dormir.

Estadística de abuso, no de seguridad

Mientras el gobierno federal presume despliegues y operativos, las cifras de quejas por uso arbitrario de la fuerza en Sinaloa se disparan como si fueran cifra negra en tiempo real. 

La Sedena, la Marina y la Guardia Nacional convierten al estado en podio nacional de expedientes por abusos, mientras la Secretaría de Seguridad Pública y Protección Ciudadana ni siquiera aparece desglosada, porque la opacidad viene incluida en el paquete. 

Sinaloa encabeza o se cuela en los primeros lugares de expedientes por fuerza arbitraria y quejas generales, año tras año, municipio tras municipio; lo único que se distribuye con eficiencia es el miedo.

Guerra interna, licencia para todo

Desde que tronó la guerra interna del Cártel de Sinaloa en 2024, el gobierno federal llenó el estado de militares con la promesa de “recuperar el control”, pero lo que se multiplicaron fueron las historias como la de Cristian. 

El libreto es conocido: en nombre de la emergencia, se normaliza que el militar toque primero con la bota y pregunte después, si acaso. Y mientras se habla de “pacificar” Sinaloa, las colonias aprenden a vivir entre dos fuegos: el del crimen organizado y el de las corporaciones que, para combatirlo, decidieron copiarle las tácticas. Porque aquí la ley no se aplica: se patea, se roba y se amenaza, y luego se archiva, pero si es mucho el escándalo,se finge el castigo.

Con informacion: Noroeste/

«DENLE OTRA MEDALLA»: «CRIMINALES del CARTEL de GUATEMALA Vs el de SINALOA ENCIENDEN la NAVIDAD en POBLADO de CHIAPAS»…no los combaten, los negocian, pero si no negocia, lo combaten para echarle la mano al que si negócia y se llama «estrategia Harfuch».


Mientras unos corrian por las calles de Villaflores buscando refugio de las balas, otros levantaban la vista hacia el monumental árbol de Navidad y aplaudian el encendido oficial por parte de la Alcaldesa morenista, Valeria Rosales Sarmiento, que al mismo tiempo y desde el Parque Central, invitaba a turistas a visitar la zona del municipio de Villaflores en la región Frailesca de Chiapas.

Pero mientras la alcaldesa sonreia ayer por la noche desde el templete, micrófono en mano, pronunciando el clásico discurso del autoengaño institucional: “Aquí hay seguridad”. Afuera, en las orillas, la realidad del tableteo de metralletas no se podía maquillar con luces navideñas: el típico olor a miedo, a silencio forzado y a un poder paralelo que ya ni se esconde, solo se negocia.

Esta vez la función fue en la región Frailesca, Chiapas, donde pobladores hablan de balaceras, caravanas de hombres armados y vehículos incendiados. El Gobierno, en cambio, jura que no pasó nada. Que tal vez fueron cohetes que se adelantaron a la navidad o mera imaginación colectiva.

Sin embargo,el Cártel de Chiapas y Guatemala contra el de Sinaloa, y todos los demás que presumen “territorio”, siguen cobrando vidas y llenando el vacío que el Estado dejó hace rato y la nueva estrategia quiere cubrir a medias con la estrategia del sedicente capitán, Oscar Aparicio, un ex-policia federal negociador de narcos que no alcanzó a sentarse en la silla de Secretario de Seguridad en Tamaulipas.

Villaflores, por un parpadeo, fue portada. Mañana se hablará de otra ciudad, del mismo patrón, del mismo guion que nadie se atreve a reescribir. Porque mientras los discursos repiten “todo bien”, las balas, esas sí, nunca mienten.

Una vez más, la tragedia y la propaganda compartieron escenario. Gobiernos van, gobiernos vienen, los comunicados se reciclan y las estrategias cambian de nombre, pero el narco sigue ahí, con el control remoto de la violencia en la mano. 

Con informacion: ELNORTE/

domingo, 30 de noviembre de 2025

«EL que ALCANZÓ,ALCANZÓ»: «ASI se REPARTE,NEGOCIA y VENDE el RANCHO del RECLUSORIO NORTE»…porque si deja, el sistema corrupto los deja.


Antes de llegar ahí había escuchado esa palabra –rancho– en los barrios de la Ciudad de México, en las conversaciones de sobremesa en las que se habla en voz baja, y en las cárceles en donde entrevisté a distintos personajes. Pero la primera vez que tomé verdadera conciencia fue cuando me lo comí, sentado en la zona de ingreso del Reclusorio Preventivo Varonil Norte, ya como interno, como preso, como recluso, una sombra más de aquel lugar que devoraba identidades.

​Siempre me gustó escribir esa palabra en mis textos, quizá porque producía un efecto inmediato: colocaba a la persona entrevistada en su contexto. Bastaba nombrarla para que se entendiera que ese individuo tenía historia carcelaria. Era una palabra que contenía mundos enteros.

Aunque etimológicamente rancho se refiere a personas que se reúnen para comer algo, la Real Academia dice que se refiere a la comida de soldados y presos. Y como yo ahora estaba preso y no quisiera aceptarlo del todo, también me nombraba a mí. Ya no era sólo un término: era un espejo.

Por eso pensé que esa comida de cárcel –ese rancho áspero y sin gloria– merecía un espacio en mis escritos, porque no sólo definía a una persona, sino que arrastraba consigo un vocabulario entero: hambre, necesidad, pobreza, aceptación forzada, impotencia, robo, corrupción, desigualdad, ingenio, supervivencia.

Rancho era una biografía colectiva sumergida en un guiso horrible. Escribir sobre esto había sido placentero mientras yo no pisaba prisión; pensar en él desde la distancia era casi un juego antropológico. Pero comerlo –digerirlo de verdad, con todas sus letras, con su olor, su textura incierta, su historia dudosa– era otra cosa.

Recuerdo abril de 2011: estaba sentado en el piso frío de una celda cuando un compañero me acercó el plato. Lo observé como quien analiza una amenaza. En el fondo del recipiente había un caldo turbio, una especie de acelga flotaba como un náufrago cansado, y bajo la superficie se asomaba un cuadrado de papa.

El ingreso de alimentos a centros penitenciarios está controlado por las y los custodios en turno 

“Ah, un consomé calientito”, pensé, con esa ingenuidad que a veces nace del hambre. No debí probarlo. El sabor era un golpe seco, una mezcla de nada con nada y una pregunta inmediata sobre su origen.

Durante esos primeros días decidí anular el rancho de mi vida: le pedía a mi madre que me llevara tortas o comida para meter en bolillos y sobrevivir sin sacrificar el paladar. A veces compraba algo en los puestos improvisados que los internos del Reclusorio Norte montaban entre pasillos y rincones.

En aquel entonces creí en la buena voluntad. “Somos muchos –en 2011 éramos más de 11 mil presos—, no alcanza para todos”, pensaba. Pero aunque lo evitaba, siempre me enteraba de lo que habían dado de rancho.

El famoso Huevo Radioactivo –huevo inflado con harina en agua verde–, el atole con bolillo o el café aguado como calcetín exprimido; el temido Gato Molido, carne picada incomible; la carne de puerco nadando en un caldo transparente donde rara vez alcanzaba la porción prometida; salchichas que parecían tallos marchitos; mole con pollo diluido hasta la agonía, con huacal o ala y unos cuantos trocitos miserables de pechuga; carne de soya repudiada por todos; lentejas –las menos peores–, y los eternos frijoles y arroz para llenar el estómago.

Pero todo carecía de sabor, de alma, de lo que recordara que aquello alguna vez fue comida. No había ajo, no había casi casi nada de jitomate o tomate, no había especias, no había intención.

El abastecimiento de las cocinas de los centros penitenciarios se coordina en sigilo 

El movimiento de la comida en el reclusorio

Con el tiempo empecé a trabajar en el área de talleres, un espacio privilegiado dentro de lo posible, sobre todo porque en la cocina laboraba el compañero de celda del jefe de mi taller, y ese vínculo nos regalaba cubetas repletas de carne de puerco o de pollo, según el día. Así fue como conocí la cocina del penal.

Quería entender cómo diablos se cocinaba para miles y por qué la comida no era nada buena. Vi los enormes calderos que parecían ollas de presión gigantes y se inclinaban sobre un eje para vaciar torrentes de comida. Vi el abasto de insumos, interminable en apariencia. Y como colaboraba escribiendo para la gaceta del Reclusorio Norte, para un artículo pedí autorización para saber cuánta materia prima se necesitaba para alimentar a los más de 11 mil internos diariamente.

Meses después, el empleado me dio un sí finalmente: me dijo que la empresa encargada del suministro era La Cosmopolitana. Empezó a soltar cifras: “Dos toneladas y media de jitomate –o tomate, según el día–, una tonelada de cebolla…”. Apenas me acomodaba para escribir cuando alguien entró a la oficina, le hizo una seña discreta y el hombre salió. Al regresar, dijo: “Esa información no se puede dar”. Agradecí y me retiré: había entreabierto una puerta que no debía cruzarse, pero me quedé con la duda de por qué si había tal cantidad de insumos comprobados por la boca del que acababa de entrevistar y por mis propios ojos, la comida era tan simple.

Para ese momento el rancho ya era parte de mi vida. Lo había resistido, lo había odiado, lo había rechazado; pero terminé aceptándolo no por gusto, sino para evitar que mi madre y mi hermano siguieran cargando bolsas pesadas rumbo al penal. Llevábamos demasiado tiempo en esto. El rancho dejó de ser enemigo y se volvió aliado. En la celda lo comprábamos, lo cocinábamos, lo mejorábamos. Le poníamos jitomate, tomate, zanahorias, cebollas, cilantro, chiles. Hacíamos una versión remendada de dignidad.

Desde mi aceptación puse más atención al movimiento de la comida en el Reclusorio Norte. Se podía negociar con la cocina para obtener cubetas de carne. Podías comprar una por 80, 100 o 150 pesos. Otros internos recorrían pasillos y dormitorios ofreciendo cubetas con carne, pollo, pescado, o verduras: jitomate, papa, tomate, lechuga, chiles. Era un ejército de cocineros saqueando la cocina con autorización implícita, por eso en la cocina no dejaban insumos. Con 100 pesos comprabas una cubeta llena de vegetales.

Todo dependía de la comida del día: el comercio era legal por fuera, ilegal por dentro, una especie de mercado flotante que se adapta como el agua.

Para quienes tenían recursos o un trabajo interno, existían más opciones para alimentarse. Si te quedabas con hambre, aún venían los “cubeteros” de funcionarios: vendían, de manera ilegal, la comida destinada al personal del penal. Mole con pollo, espagueti con pechuga, cerdo en salsa verde, pollo a la mexicana, caldo de pescado. Esos platos sí tenían ajo, tomate, sabor. Muslos enteros, piernas, trozos generosos de pechuga.

El carrito que reparte cubetas de carne

En un ambiente tan hostil como prisión, algo tan básico como la comida se convierte en privilegio

Recuerdo que alrededor de la una de la tarde salían 16 carritos de comida ya preparada rumbo a cada dormitorio. Una vez seguí a uno. El ‘ranchero’ y sus ayudantes empujaban y atracaban pero nunca se detenía, era como una misión de película. Recordé alguna de Fast and Furious –no sé cuál– donde roban una pipa en movimiento. Algo así pasaba aquí, pero con carne y pan. Un ayudante recibía cubetas y las llenaba de carne para esconderlas en la parte baja del carro.

Otro sacaba una bolsa negra y extraía pan para entregarlo a alguien que se perdía entre la multitud. Mientras tanto, el ‘ranchero’ principal empujaba el carrito por el Kilómetro, ese pasillo interminable que conducía a todos los dormitorios. Cuando llegaba al lugar asignado, las entregas clandestinas se repartían a los internos que las encargaban anticipadamente.

Pero mientras el carro se acercaba al dormitorio, la movilización del hambre empezaba. Los internos salían de sus celdas con trastes, jarras, platos, charolas, tuppers, vasos. Los de las partes altas bajaban corriendo las escaleras y los de abajo corrían a la explanada a formar una fila inmensa.

“El que alcanzó, alcanzó”. Ahora entendía completamente el por qué de la escasez de comida y de la falta de insumos para sazonarla.

Aun así, en la explanada del dormitorio, el carrito manejaba la fila como si tuviera voluntad propia. Si se movía a la derecha, toda la fila –esa serpiente humana– se movía a la derecha; si se movía a la izquierda, todos iban hacia allá. Decenas de compañeros, algunos con más hambre que fuerza, defendían su lugar como si se tratara de la vida misma. Muchas veces había heridos por la comida.

Muchas veces me formé en esa fila, pero también pensé si realmente valía la pena arriesgarme por algo que llegaba completamente saqueado, allanado.

Durante mis primeros días en prisión, no fui consciente del valor de la comida de mi madre. El impacto de estar encerrado ocupaba cada rincón de mi mente. Con el paso del tiempo poco a poco comprendí que en este contexto una sopa o un guisado de ella eran como unas palmaditas en la espalda o una caricia de amor inolvidables.

Con informacion: MILENIO/ ALEJANDRO SUVERSA/