La Refinería Olmeca, ese monumento a la improvisación que el gobierno vendió como la joya energética del sureste, acumula en menos de dos años lo que otros complejos tardan décadas en registrar: una lista de incendios, muertes y fallas que haría palidecer a cualquier manual de seguridad industrial. Es el proyecto que prometía “soberanía energética” y terminó exhibiendo soberbia tecnológica.
Mientras Cadereyta, Tula, Salamanca o Salina Cruz operan con sus achaques de medio siglo encima, Dos Bocas logró lo impensable: coleccionar tragedias como si fueran medallas. Muertos por incendios, intoxicados por gases, explosiones que parecieran parte del castigo por inaugurar una obra antes de terminarla. Todo, adornado con los comunicados optimistas de Pemex, esa oficina de eufemismos que atribuye cada desastre al clima o a las “aguas aceitosas”—porque claro, el chaparrón tiene la culpa, no los protocolos rotos ni los recortes.
El incendio del 17 de marzo, con cinco muertos, se explica según la versión oficial por “derrames asociados a las lluvias”. Antes, en agosto de 2024, dos trabajadores ardieron junto con un vehículo dentro del complejo. En septiembre, otro fue gaseado en la parte superior de un tanque. Luego vinieron los paros técnicos, las fallas eléctricas y los apagones industriales que dejaron a los turbogeneradores con el síndrome de abstinencia: sin vapor, sin energía, sin vergüenza.
En enero de 2026, Dos Bocas volvió a detenerse. No por mantenimiento, sino porque el sistema eléctrico decidió sumarse al paro en solidaridad con los trabajadores exhaustos. Las plantas coquizadora, catalítica y las hidrodesulfuradoras quedaron fuera. En cualquier país con estándares mínimos, eso sería una emergencia nacional; aquí, apenas amerita una conferencia mañanera.
Compare esa racha con las otras refinerías—Tula, Salina Cruz, Cadereyta—que, con 40 años de fatiga encima, sobreviven a sus incendios ocasionales sin convertir cada accidente en política pública. Dos Bocas, en cambio, parece haber nacido con vocación de espectáculo: menos producción, más humo. El tipo de “obra emblemática” que será recordada no por refinar petróleo, sino por refinar la narrativa del caos.
Con informacion: ELNORTE/

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