En la Miguel Hidalgo de Culiacán, la ley sigue siendo la de criminales, los que portan fusiles ,controlan cuadras y matan impunemente en Sinaloa en nombre de una guerra de bandos, de la misma banda, que pronto cumplirá dos años por accion del crimen y la responsabilidad incumplida del gobierno y sus autoridades .
Ayer,una familia fue atacada en plena avenida: una mujer asesinada, un hombre herido, un niño que de milagro sobrevivió… y un comando que, fiel a su costumbre, apareció, ejecutó y se desvaneció como quien conoce cada callejón mejor que cualquier patrulla policial o militar.
Mientras los sicarios huían sin prisa, el aparato estatal activó su ritual de emergencia: sirenas, uniformes, retenes improvisados y comunicados donde la “coordinación interinstitucional” promete resultados tan espectrales como los agresores. La llamada “presencia del Estado” llegó, sí, pero sólo a acordonar la escena y medir con cinta amarilla el territorio que ya le pertenece a otro poder.
Porque Culiacán ya no es sólo un municipio: es un tablero donde cada colonia tiene dueño y cada operativo federal juega a fingir que el control se disputa. La Miguel Hidalgo fue, una vez más, ejemplo de quién manda de verdad: quienes deciden cuándo se mata, cuándo se huye y hasta cuándo el gobierno puede aparecer para posar ante la prensa.

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