El columnista acierta al retratar a Francisco García Cabeza de Vaca como un exgobernador desgastado, cargado de señalamientos y con una herencia política más asociada al control, la opacidad y la ruptura que a una transformación de Tamaulipas. Pero su pluma, tan filosa para despachar al fugitivo, pierde temple cuando toca voltear hacia el poder vigente de Américo Villarreal: ahí deja de investigar y empieza a aplaudir.
La columna de Clemente Zapata presenta a Cabeza de Vaca como un político aislado, con negativos dentro de su propio partido y bajo acusaciones graves; sin embargo, esos señalamientos que lo tienen en calidad de profugo federal.
Para Clemente y tiene razón, el exmandatario panista de Tamaulipas (2016-2022) pudo haber sido recordado como reformador, modernizador o, por lo menos, como alguien capaz de administrar sin convertir el presupuesto en una caja negra con escolta.
Pero prefirió la tentación del poder sin contrapesos: el cucharón grande, las lealtades de utilería y la idea de que gobernar era repartir miedo, favores y facturas pendientes.
También pudo conservar aliados y tiene problemas para conservar amigos. No lo hizo. Su sexenio dejó una estela de panistas humillados, adversarios perseguidos y exfuncionarios que hoy, con esa valentía que suele aparecer cuando cambia el inquilino de Palacio, comienzan a recordar nombres, rutas, firmas y mecanismos.
El problema de gobernar mediante la intimidación es que, cuando se acaba el fuero político, los silencios también se vencen.
Cabeza de Vaca no parece haber entendido que la política no se sostiene eternamente con propaganda, entrevistas aqui y mas allá con el periodismo aliado, expedientes selectivos ni fotografías de autoexilio.
Si una parte de su antigua estructura hoy guarda distancia, se reacomoda o directamente se voltea, no es por una súbita iluminación ética: es porque el cabecismo dejó de cotizar como activo y empezó a pesar como lastre.
El columnista describe un personaje cercado por su propio pasado: acusaciones de corrupción, vínculos criminales, cuentas públicas cuestionadas y una disputa judicial que lo mantiene lejos de México.
Esa es la fotografía política de un exgobernador que pasó de controlar el aparato estatal a depender de redes, voceros y nostalgias partidistas.
Donde se le desafila la navaja
Hasta ahí, el retrato tiene materia. El problema empieza cuando Clemente Zapata convierte su crítica a Cabeza de Vaca en una coartada para dejar intacto al gobierno de Américo Villarreal.
Porque si la vara sirve para medir al gobierno anterior, también debe servir para medir al actual. Si se cuestiona el uso político de las fiscalías, habría que exigir explicaciones sobre la autonomía, eficacia y resultados de las instituciones de procuración de justicia en el presente, particularmente cuando en ellas tiene cabida un exrecluso del penal federal de Almoloya, donde permaneció siete meses pernoctando —o, al menos, intentandolo.
Si se condena el saqueo, toca transparentar contratos, obras, padrones, adjudicaciones, gasto en comunicación y el destino real de cada peso ejercido por la administración vigente y que paradogicamente sirve para engañar contribuyentes con su mismo dinero.
La columna abre celebrando anuncios de Américo Villarreal sobre infraestructura, sanidad ganadera, programas sociales y rehabilitación municipal, pero no somete esas promesas al mismo interrogatorio que reserva para el exgobernador y que ya critican otras voces del periodismo con mas indpendencia.
El mérito, con descuento
Zapata tiene razón en algo central: quien gobierna para servirse termina prisionero de su propia factura política. Cabeza de Vaca representa, para muchos tamaulipecos, la promesa de alternancia que se pudrió entre presuntos excesos, confrontaciones y una distancia cada vez mayor con la ciudadanía en medio de un saqueo a lo «bestia».
Pero el mérito del columnista se reduce cuando usa el espejo retrovisor para no mirar el parabrisas. La crítica que sólo golpea al gobierno anterior es militancia con adjetivos; el periodismo empieza cuando también incomoda al que hoy administra el presupuesto, reparte contratos, controla la agenda y recibe elogios.
En Tamaulipas no hacen falta nuevas estampas de devoción sexenal. Hace falta una prensa que pregunte, sin importar el color del gobierno: ¿dónde está el dinero?, ¿quién decide?, ¿quién vigila?, ¿quién responde y qué pasa cuando no cumplen? Porque Cabeza de Vaca merece escrutinio, sí; pero Américo Villarreal y sus secuaces no merecen inmunidad editorial.
Con información: HoyTamaulipas/

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