Culiacán ya no es ciudad: es un pueblo del viejo oeste plantado en medio del desierto de la estrategia fallida, donde el plomo manda, la ley obedece y la autoridad en 630 dias de guerra de bandos de la misma banda ha hecho lo que pueden y en abonos, en vez de hacer lo necesario.
«Bajo la actual estrategia,se suponía que el pueblo iba sufrir mucho por poco tiempo,pero su aplicación,aun bajo éxitos intermitentes, los esta haciendo sufrir todo el tiempo».
Culiacán, versión Tombstone
En el mapa oficial le dicen “Sinaloa seguro”, pero en la cartografía real Culiacán se llama Tombstone y los que cabalgan no son vaqueros, son sicarios con AR-15 en vez de Winchester.
En esta película de serie B, los duelos a la hora de la comida ya no son de pistola a diez pasos, sino ráfagas desde camionetas robadas que se multiplican como los créditos de interés moratorio: en un solo año Culiacán duplicó el robo de autos, y aun así casi no hay detenidos por ese delito.
El letrero en la entrada del pueblo debería decir: “Bienvenido a Culiacán: estación terminal, no se aceptan devoluciones ni denuncias”.
Parte de guerra del Tombstone moderno
El último parte de guerra llega, cómo no, desde la Guardia Nacional, esos forasteros uniformados que patrullan como si fueran Wyatt Earp pero con reglamento de uso de la fuerza redactado por un asesor de imagen.
En Aguaruto, Culiacán, un reporte nocturno termina en balacera: sujetos armados atacan a los agentes, se arma la persecución entre parcelas, un guardia nacional cae herido y los agresores se esfuman en la oscuridad, dejando otra escena de polvo, casquillos y silencio institucional.
No es un episodio aislado; es un capítulo más del mismo western infinito en el que los federales son blancos móviles, los grupos criminales son los dueños de la cantina y la población es el público atrapado en la función.
Cada enfrentamiento se vende como “reacción oportuna” y “hechos aislados”, mientras el saldo real se cuenta en muertos sin nombre, detenidos que entran y salen y patrullas que llegan tarde a recoger los casquillos.
El marcador luminoso de este estadio de sangre:
- 3,309 homicidios dolosos desde el 9 de septiembre de 2024 al 29 de mayo de 2026: 5.3 ejecuciones diarias, como si cada amanecer trajera su cadáver de cortesía.
- 3,873 personas privadas de la libertad: 6.2 desapariciones diarias, un servicio de esfumar gente más puntual que cualquier paquetería.
- 11,306 vehículos robados en el mismo lapso: 18 carros por día, un lote automotriz clandestino renovándose más rápido que la flotilla oficial.
- 3,636 personas detenidas, 5.8 al día, que suenan a eficacia… hasta que uno recuerda cuántos se esfuman en el laberinto judicial y cuántos eran simples rellenos para la estadística.
En el marcador no aparece el rubro “impunidad”, pero sabemos que el porcentaje anda cerca del 90, 95 o 99 por ciento, elija el lector su cifra favorita: total, nadie se la va a discutir con datos serios.
Tampoco aparece “miedo”, medido en escuelas que cierran temprano, negocios que bajan cortina, una masacre de empleos perdidos y colonias que aprenden a diferenciar el calibre por el sonido.
El sheriff de utilería,es el «Batman» de los comics
Como en todo pueblo del viejo oeste de caricatura, hay sheriff, pero es de cartón piedra.
La Federación presume que en marzo de 2026 el promedio de homicidios dolosos bajó a 2.5 diarios en Sinaloa, y lo vende como prueba de que la “estrategia” está funcionando, como si cinco, cuatro o dos muertos al día fueran un logro digno de plaque en Palacio.
Mientras tanto, los “operativos interinstitucionales” dan postes para la foto: siete detenidos, armas largas, cargadores y cartuchos asegurados, boletín triunfal y aplauso de ocasión; luego, semanas más tarde, la realidad se encarga de recordar quién manda cuando vuelven las balaceras.
En otros episodios, ni siquiera hace falta que salgan los malos: la Guardia Nacional y la Policía Estatal se confunden entre sí y terminan tiroteándose, dejando un agente muerto y dos federales heridos; el viejo oeste administrativo donde los buenos se disparan por error.
Los dueños de la cantina
En este Tombstone tropicalizado, el verdadero ayuntamiento es la mesa donde se sientan las distintas facciones del Cártel de Sinaloa a repartirse territorio.
El gobierno se limita a administrar la narrativa: la violencia se explica como pleito entre “células”, como si fuera bronca doméstica entre primos mal llevados, y no consecuencia directa de años de entregarle la plaza al crimen a cambio de una paz clientelar que ya venció.
Cuando la captura de un capo detona la crisis de homicidios y levantones, el mensaje es claro: aquí no gobierna la Constitución, gobierna el equilibrio del terror.
La población queda en medio, como extras mal pagados en una película donde el libreto lo escriben a balazos los chapitos, los mayitos y otras franquicias, mientras la autoridad improvisa comunicados a ver si alguno cuaja.
El relato oficial vs. el polvo del desierto
Cada que se anuncia una baja “histórica” de homicidios, conviene voltear al pizarrón completo: homicidios que bajan un mes, robos de vehículos que se disparan, desapariciones que crecen y enfrentamientos que se vuelven paisaje.
La paz de la que presumen es como esos pueblos fantasma del oeste: se ve tranquila porque la gente ya no sale, porque ya entendió que la calle es territorio de otro dueño
Culiacán está convertido en un Tombstone moderno donde todos los días hay duelo, pero nadie sabe quién es el forastero y quién es el cacique; los únicos constantes son los muertos y los desaparecidos.
La estrategia oficial no es más que un telón pintado: por delante, discursos de coordinación y mesas de seguridad; por detrás, un desierto de impunidad donde el polvo de las balas cubre los nombres de las víctimas.
Con informacion: NOROESTE/

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