Américo Villarreal Anaya,el expriista de cepa que llegó al gobierno de Tamaulipas de la mano de MORENA envuelto en bata blanca y promesas de sanación ,que se vendió como el médico que curaría la corrupción, limpiaría las arterias del crimen y reviviría la esperanza de un estado más lastimado que un campo de batalla,prefirio sumarse al problema en vez de combatirlo y ciudadanos siguen padeciéndo sus efectos, saldo de sus afectos al crimen organziado.
Porque poco mas de 3 años después, el único paciente que parece atender con pasión ha sido su ego humanista-transformador, la enfermedad real —esa gangrena de impunidad, colusión y terror— sigue desangrando al estado como ocurrió ayer tras ser decapitado un policia ministerial en la capital de los poderes, todo mientras él juega a epidemiólogo del discurso.
En el lanzamiento de su fracasado programa de radio ,trans erio que esta al servicio del estado y que pomposamente llamó «Diálogos con Americo», fue casi un monologo sin derecho a replica ,tan solo para hacer perder el tiempo a Tamaulipecos,en vez de aprovecharlo para dar respuesta puntual a todas las acusaciones que pesan en su contra y que lo han convertido en un narcopolítico y no solo el,gran parte de su gabinete.
Y es que, ahora resulta que el problema no son las balas ni las fosas ni los levantones. No: el enemigo público número uno es la «infodemia», palabra que Villarreal mastica con la solemnidad de quien acaba de descubrir el fuego.
A su juicio, los periodistas (…que no viven de la paga mensual del gobierno), los ciudadanos y las plataformas que exhiben vínculos entre su gobierno y las células criminales son los peligrosos portadores del virus. Pero su diagnóstico no convence ni al becario más ingenuo de su gabinete. Porque lo que Tamaulipas padece no es exceso de información, sino la escasez de vergüenza de un mandatario que prometía cambio y fue enroque de bandidos en pugna eterna por el trafico de huachicol y que deberian estar presos los dos, no solo uno.
Mientras el “doctor” sermonea sobre ética informativa, los números lo contradicen con brutalidad forense: más de 13,600 desaparecidos, el segundo lugar nacional de 133 mil personas no localizadas, y una maquinaria criminal que opera con la naturalidad de una dependencia más del Estado.
Los cárteles levantan, ejecutan y hasta dejan “mensajes didácticos” sobre los cuerpos, como si fueran pizarrones del terror, y el gobernador responde con metáforas sobre la saturación mediática. El síntoma está ahí, pero Villarreal prefiere recetar silenciadores.
La verdadera pandemia que azota a Tamaulipas tiene otro nombre: impudemia. Es el virus de la impunidad y el descaro institucional. Es esa epidemia sin vacuna que permite que funcionarios pacten con sicarios, que los ministeriales caigan ejecutados y que los culpables —los de verdad, no los de Twitter— nunca sean llamados a declarar. En el consultorio del doctor Américo, la moral pública está en terapia intensiva, intubada por la complicidad.
Lo más cínico es que su estrategia comunicacional parece diseñada por un gabinete de negacionistas que tiene ayuda de la prensa de prepago, la de sobre amarillo: no importan los desaparecidos ni los testimonios ni los reportajes documentados; lo importante es generar alergia al periodismo. Porque si logran que la gente deje de leer, tal vez también dejen de ver los cuerpos.
Tamaulipas no necesita médicos del discurso. Necesita cirujanos de la verdad, epidemiólogos del Estado de Derecho, especialistas en limpiar la sangre seca de las carpetas congeladas. Y mientras eso no ocurra, el único virus que seguirá propagándose es el que el doctor prefiere no diagnosticar: la impudemia moral de su propio gobierno.
Con informacion: MEDIOS/REDES/

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