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lunes, 21 de septiembre de 2026

“PERIODISMO de ALQUILER se PUSO CASCO y CHALECO para CONTROLAR DAÑOS de ESCÁNDALOS con CADÁVER de OLGA SOSA en TAMAULIPAS”… lo convirtió en una postal de fatalidad política.


El texto en Opinión Pública, del periodista Felipe Martínez Chávez, puede leerse como una pieza de control de daños: no aborda de frente el más reciente escándaloque involucra a la senadora de Morena Olga Sosa, sino que lo reduce a la condición de un “muerto incómodo”, lo diluye con el paso del tiempo y convierte una trama de posibles responsabilidades penales en una postal de fatalidad política.

La nota recupera el asesinato de Sergio Carmona Angulo, ocurrido poco después de las cinco de la tarde del 22 de noviembre de 2021. El aludido, amigo personal de Américo Villarreal —como él mismo lo reconoce en una videoentrevista—, se encontraba sentado en uno de los sillones giratorios de la Barbería de San Pedro, cubierto con la capa de corte y confiado en el personal que habitualmente lo atendía.

De acuerdo con las cronicas,Carmona había llegado solo al local, pero un compadre suyo le telefoneó y lo alcanzó en el lugar acompañado de su hijo de 10 años.

Y es que hay muertos que no descansan en paz, sobre todo cuando su asesinato amenaza con despertar a los vivos que preferirían seguir fingiendo que no saben nada. Entonces aparece el periodismo de casco, chaleco y extintor: no para alumbrar el incendio, sino para administrar el humo.

La fórmula es conocida. Primero, se convierte un caso explosivo en una historia triste, casi literaria: un “muerto que no descansa”, una sombra del pasado, una tragedia que vuelve de vez en cuando a incomodar la sobremesa política. 

Después se le quita el filo: ya no se habla de presuntas redes, beneficiarios, silencios convenientes ni responsabilidades pendientes; se habla de “ruido”, “golpeteo”, “versiones” o “fantasmas”.

El objetivo no siempre es mentir de forma burda. A veces basta con minimizar. Con insinuar que insistir en el caso es necrofilia mediática, revancha partidista o simple obsesión de quienes no entienden que, para ciertos personajes, la impunidad también necesita descanso.

Así opera el sesgo de control de daños: no desmiente el escándalo porque no puede; lo empequeñece. No enfrenta los datos; los rodea con niebla. No exige respuestas; reclama “prudencia”. Y cuando el expediente amenaza con tocar a alguien importante, el reportero deja de ser perro guardián y se vuelve paramédico de reputaciones.

El asesinato de Sergio Carmona Angulo no debería funcionar como metáfora decorativa ni como insumo para administrar incomodidades políticas. 

Si hay preguntas sin responder, vínculos por esclarecer y responsabilidades que investigar, el oficio periodístico no consiste en bajar el volumen para que nadie se altere. Consiste en subirlo hasta que alguien responda.

Porque un escándalo no desaparece cuando la prensa lo llama “tema superado”. Sólo cambia de maquillaje. Y el cadáver, por cierto, sigue ahí. 

Con información: OPINION PUBLICA/

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