México, me das vergüenza. No porque la estadística sea dura —las cifras no mienten ni se ruborizan—, sino porque hemos llegado al punto miserable de llamar “alivio” a que maten un poco menos, como si reducir la velocidad de una masacre fuera equivalente a detenerla.
Según el conteo citado por TRESEARCH, durante el actual sexenio se acumulan ya mas de 45 mil 134 muertes violentas: un promedio aproximado de 64 personas al día, o una muerte cada 22.5 minutos. Es decir, mientras alguien en Palacio presume una curva descendente, el país sigue produciendo cadáveres con una puntualidad escalofriante.
Y entonces aparece otra víctima. Otra joven. Otra mujer. Otra familia obligada a aprender, de golpe y para siempre, el idioma burocrático de la tragedia: “pesquisas”, “diligencias”, “protocolo de feminicidio”, “perspectiva de género”, “se investiga”.
La víctima era una estudiante española que realizaba un intercambio entre la Universidad de Granada y la UAEM. Había venido a México a estudiar, a conocer, a vivir una experiencia académica; no a convertirse en una carpeta de investigación, una condolencia institucional y una nota más en la fila interminable del horror.
Fue atacada con un arma blanca en Cuautla, Morelos, según los reportes citados. Intentó ponerse a salvo dentro de una Casa de Cultura. Una Casa de Cultura, nada menos: un sitio que debería significar refugio, comunidad, conocimiento, arte; no el último lugar al que una joven corre antes de ser asesinada. Murió ahí. Y México volvió a tener una explicación, pero no justicia.
La obscenidad del “bajaron”
Que bajen los homicidios no es una medalla si el suelo sigue absorbiendo sangre todos los días.
No hay aplauso posible ante un país donde 64 personas son asesinadas cada jornada. No hay narrativa triunfal que alcance cuando el reloj de la muerte sigue marcando una víctima cada poco más de 22 minutos. Si antes eran más, sí; si otro gobierno dejó una herencia todavía más letal, también. Pero esa comparación no devuelve a nadie a su casa, no deshace un feminicidio, no borra el miedo de las estudiantes ni cura a una madre que tendrá que reconocer el cuerpo de su hija.
El problema de México no es sólo la violencia. El problema es la normalización de la violencia. La facilidad con la que una autoridad puede poner cifras sobre una pantalla, bajar unas décimas una gráfica y esperar que el país agradezca no estar peor.
¿Peor que qué? ¿Que el récord anterior? ¿Que la administración más sangrienta? ¿Que el sexenio que convirtió el conteo de muertos en una competencia de ruinas?
Qué bajo hemos caído si el argumento de defensa del Estado es: “Bueno, antes mataban más”.
No era una cifra
No era una tasa. No era una tendencia. No era un dato favorable para la mañanera.
Era una joven extranjera, estudiante, con familia, amistades, proyectos y una vida que México no supo proteger. Y su asesinato llega en un contexto que la propia comunidad universitaria reconoce como dolorosamente reiterado: el caso de Michelle Itzayana Fuentes, de 15 años; los feminicidios de Kimberly Joselín Ramos Beltrán y Karol Toledo Gómez, también estudiantes de la UAEM.

No son “hechos aislados” cuando las víctimas empiezan a parecer una lista. No es “percepción de inseguridad” cuando las jóvenes tienen que calcular rutas, horarios, zonas y despedidas como si sobrevivir fuera una materia obligatoria. No es una crisis resuelta porque haya menos cadáveres que ayer, si todavía hay demasiados para mañana.
La UAEM exige una investigación inmediata, exhaustiva y con perspectiva de género. Está bien que la exija. Pero México ya no necesita más comunicados impecablemente redactados después de cada asesinato; necesita autoridades que lleguen antes, no fiscales que administren el desastre cuando ya es demasiado tarde.
El país que se acostumbró
La aritmética oficial puede cambiar. El lenguaje puede maquillarse. Las conferencias pueden repartir porcentajes, culpas heredadas y promesas de coordinación. Pero hay una verdad que no cabe en ninguna lámina: una muerte cada 22 minutos no es una mejora; es una emergencia nacional convertida en rutina.
Y esa es la vergüenza.
La vergüenza no es que México tenga violencia: muchos países la tienen. La vergüenza es que aquí parecemos haber decidido convivir con ella, administrarla, compararla y hasta usarla como argumento electoral. Que la muerte tenga cronómetro y que, aun así, haya quien se atreva a vendernos la pausa entre un asesinato y otro como si fuera paz.
México, me das vergüenza porque una estudiante vino a aprender y terminó siendo una estadística. Porque una Casa de Cultura no pudo ser refugio. Porque las mujeres siguen siendo asesinadas y el Estado sigue llegando tarde. Porque cada vez que dicen “bajaron los homicidios”, alguien debería preguntar de inmediato: ¿bajaron para quién, si para las víctimas ya fue demasiado tarde?
Con información: ELNORTE/ LA GACETA DE CANARIAS/

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