El INE mudó de piel: dejó el rosa y se enfundó en lila. Pero el estreno no parece una sobria actualización institucional, sino una ajolotización con credencial electoral: un cambio cromático que, por más manual que traiga, llega inevitablemente salpicado por el paisaje morenista que ya pintó de lila a media Ciudad de México.
Del rosa INE al lila ajolote
El carísimo Instituto Nacional Electoral presentó sus nuevos uniformes y su renovada identidad visual en color lila. La presidenta Guadalupe Taddei defendió la operación como una medida para proteger el “historial del Instituto” y evitar que, otra vez, una organización en proceso de convertirse en partido político se apropie de la tonalidad que identifica al árbitro electoral.
La explicación apunta, sin decirlo, al partido Somos, que adoptó el rosa que hasta ayer funcionaba como una de las señas visuales más reconocibles del INE. El problema es que, al tratar de escapar del rosa partidizado, el Instituto aterrizó en un lila que ya tiene referentes políticos demasiado evidentes: Clara Brugada y su cruzada por ajolotizar la capital.
Porque el lila no llega virgen al padrón de colores. En el contexto del Mundial de Futbol, el Gobierno capitalino convirtió bardas, puentes, banquetas y hasta calles en parte de una escenografía urbana con ajolotes y pintura lila. Hubo críticas por la saturación, por el gasto y por la sospecha inevitable: cuando un gobierno pinta hasta el mobiliario urbano, difícilmente se trata sólo de decoración.
Ahora el INE aparece con un tono parecido. Cambió el rosa por un lila que, en la conversación pública, ya carga con el olor a pintura fresca de la CDMX y con la silueta de un ajolote institucionalmente reciclado.
La ironía institucional
Taddei sostiene que el nuevo color permitirá distinguir a capacitadores y supervisores electorales cuando recorran el país durante campañas y otros ejercicios partidistas. La lógica es atendible: miles de personas del INE deben ser reconocibles en campo sin que se les confunda con promotores, brigadistas o representantes de partidos.
Pero la solución abre otra contradicción. El propio manual aprobado afirma que busca evitar asociaciones con intereses particulares o actores políticos; sin embargo, el lila elegido bordea el morado del partido PAZ —antes PES— y se parece al color que el gobierno de Clara Brugada colocó por toda la capital.
Es decir: el Instituto quiso blindarse de una coincidencia cromática y acabó entrando a una zona donde el color también tiene dueño, memoria, propaganda y hasta fauna emblemática.
El manual, elaborado por la Coordinación de Comunicación Social que encabeza Sergio Azueta, promete homologar la identidad institucional, evitar usos inconsistentes y asegurar que la ciudadanía distinga las comunicaciones oficiales de contenidos falsos, distorsionados o ajenos. Todo muy técnico, todo muy correcto, salvo por el detalle de que el nuevo empaque visual llega con una lectura política imposible de ignorar.
El color también vota
En política mexicana, ningún color es inocente. El verde no es sólo verde; el rojo no es sólo rojo; el azul jamás fue únicamente azul. El rosa del INE se volvió territorio disputado cuando Somos decidió usarlo, y el lila elegido como antídoto ya circula con antecedentes de gobierno, partido y ajolote.
El INE dice que buscaba un color neutral para no confundirse con nadie. Pero en la boleta de la percepción pública, el lila ya trae campaña encima. Cambiar de tono quizá evite que le vuelvan a piratear el rosa, pero no garantiza que el árbitro deje de parecer uniformado para la foto oficial de alguien más.
Con información: ELNORTE/
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