La frase no fue una defensa: fue una inversión moral de los hechos. Al afirmar que “va a ser… meritorio que no tengas visa”, Américo Villarreal intentó vestir de virtud lo que, tratándose de un gobernante, inevitablemente despierta sospecha, demanda explicaciones y obliga a transparentar hechos.
La coartada y el señalamiento
Hay declaraciones que no responden a una pregunta: se adelantan a ella. Y hay otras que, sin admitir culpa, revelan la ansiedad de quien ya calcula el costo político de una eventual acusación.
La sentencia del gobernador Américo Villarreal —“va a ser en un momento dado meritorio que no tengas visa”— pertenece a esa segunda categoría: no es una observación inocente sobre la política migratoria de Estados Unidos; es una maniobra verbal para alterar el significado de una eventual revocación.
El razonamiento es tan cómodo como peligroso: si la pérdida de una visa puede asociarse públicamente con señalamientos graves, investigaciones, restricciones diplomáticas o sospechas sobre la conducta de un político, entonces habrá que redefinirla como una medalla. No como un problema, sino como un mérito. No como una circunstancia que exige rendición de cuentas, sino como una prueba de dignidad.
Pero el lenguaje no borra los hechos; apenas intenta anticiparse a ellos.
Villarreal sostuvo que él conserva su visa, que previamente la mostró en una conferencia de prensa y que se trata de un documento cuya expedición o retiro depende de las autoridades estadounidenses. A la vez, afirmó que el retiro masivo de visas podría volver “meritorio” no tenerla. Esa doble posición —presumir que se conserva el documento, pero preparar una narrativa honorable para el caso de perderlo— es el núcleo de la contradicción.
La inversión de los valores
Platón desconfiaba de la retórica cuando ésta dejaba de buscar la verdad y se convertía en instrumento de persuasión. Para él, el sofista era capaz de hacer parecer justo lo injusto, conveniente lo inconveniente y honorable lo que en realidad debía ser examinado. No se trataba de sabiduría, sino de habilidad para administrar percepciones.
Eso es lo que ocurre cuando un político pretende elevar a categoría de mérito la pérdida de una visa. La frase no explica por qué alguien perdería el documento; tampoco rebate una imputación concreta; mucho menos acredita inocencia. Hace algo distinto: prepara el terreno para que, si llega el desenlace adverso, la opinión pública no lo lea como una señal de alarma sino como un gesto de resistencia.
Es una operación de maquillaje ético.
Porque una visa no es, por sí misma, un certificado de integridad moral. Tenerla no hace virtuoso a nadie, ni carecer de ella convierte automáticamente a alguien en culpable. Pero tampoco la revocación de una visa, en especial para un servidor público de alto nivel, puede ser presentada frívolamente como trofeo sin que surjan preguntas elementales: ¿cuál fue la causa?, ¿qué información tuvo en cuenta la autoridad que tomó la decisión?, ¿existe alguna investigación, restricción o antecedente que deba ser esclarecido?, ¿qué explicación ofrecería el gobernador a los tamaulipecos?
La respuesta responsable ante una circunstancia así no es la épica del agravio; es la transparencia.
Si no tener visa es “meritorio”
Si el gobernador pretende que no tener visa sea una condecoración, entonces debe aceptar la consecuencia lógica de su propia tesis: conservarla resultaría, por contraste, algo deleznable, una forma de complacencia o una falta de mérito. Y sin embargo, él se apresuró a remarcar que todavía la tiene y que ya la exhibió públicamente.
Ahí está la grieta que delata la construcción discursiva.
No parece hablar quien desprecia genuinamente la visa como símbolo de subordinación; habla quien quiere retenerla mientras desactiva por adelantado el costo político de perderla. Si el documento fuese tan irrelevante, no habría necesidad de mostrarlo. Si su cancelación fuese tan honorable, no habría razón para insistir en que sigue vigente. La preocupación por acreditarla contradice la supuesta superioridad moral de carecer de ella.
La frase, por tanto, no encierra soberanía; encierra prevención. No exhibe desprecio por un permiso extranjero; revela el temor de que su ausencia sea leída por la ciudadanía como lo que podría ser: una señal que requiere explicación.
Lo que un gobernador debe decir
Un gobernador no puede refugiarse en juegos de palabras cuando se le vincula, siquiera en el debate público, con asuntos que comprometen su reputación, la de su administración y la confianza de un estado fronterizo como Tamaulipas. La función pública exige una vara más alta que la ocurrencia defensiva.
La respuesta seria habría sido sencilla:
- “Tengo visa vigente y no he sido notificado de investigación alguna.”
- “Si una autoridad mexicana o estadounidense formula un señalamiento concreto, responderé con documentos y por las vías legales.”
- “No convertiré en propaganda ni una visa ni la ausencia de ella.”
- “Mi obligación es rendir cuentas a los tamaulipecos.”
Eso habría sido lenguaje de responsabilidad. En cambio, la frase elegida parece diseñada para construir una salida narrativa: si ocurre lo que hoy se niega o se descarta, ya habrá una explicación lista, una coartada verbal previamente sembrada.
La pregunta inevitable
La auténtica dignidad de un gobernante no consiste en rebautizar las desgracias como méritos, ni en convertir la sospecha en insignia patriótica. Consiste en no necesitar coartadas, en responder con claridad y en permitir que los hechos hablen con documentos, investigaciones verificables y explicaciones completas.
Por eso, la afirmación de que “será meritorio no tener visa” no engrandece al gobernador: lo exhibe. Pues si, como él sugiere, perderla fuese una honra, conservarla sería una vergüenza. Y si conservarla es algo que todavía considera necesario exhibir, entonces la ausencia de visa no es mérito alguno: es una eventualidad cuya carga política intenta amortiguar antes de que llegue.
En la lógica platónica, no basta con llamar “bien” a lo que conviene. Hay que demostrar que lo es. Y en la política mexicana, especialmente desde el poder, ninguna frase lapidaria debería sustituir la única respuesta que importa: la verdad completa, comprobable y sin artificios retóricos.
Con información: REFORMA/

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