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jueves, 3 de septiembre de 2026

EL "REGRESO de los PORROS y la REVERSA TAMBIEN es CAMBIO: ACUSAN NOVATADA en la UAT que DIRIGE RECTOR, PRIMO de AMÉRICO, DETENIDO en 2022"…el humor social lo responsabiliza.


La Universidad Autónoma de Tamaulipas (UAT) vuelve a estar en el centro del escándalo. Bajo el rectorado de Dámaso Anaya —detenido en 2022, según documentó Reforma, y primo del gobernador multiacusado de Morena, Américo Villarreal— reaparece el fantasma del porrismo, ahora tras la denuncia de una brutal “novatada” que habría dejado a un estudiante de Veterinaria en terapia intensiva.

En la Universidad Autónoma de Tamaulipas parece que el llamado “nuevo rumbo” viene con reversa incluida: reversa hacia los tiempos de porros, impunidad, abusos y escándalos que se suponían enterrados junto con las peores etapas de la vida universitaria.

Hoy, la institución dirigida por Dámaso Anaya, enfrenta una nueva y gravísima acusación: un estudiante de primer semestre de Medicina Veterinaria habría terminado en terapia intensiva luego de una brutal novatada atribuida a grupos de choque estudiantiles. No es una travesura, no es una “bienvenida” y tampoco es una anécdota universitaria: es una agresión salvaje que, de confirmarse, exhibe el fracaso de las autoridades para prevenir, vigilar y castigar la violencia dentro de sus propios planteles.

De acuerdo con la denuncia difundida en redes sociales por Nestor Troncoso, el joven, originario de Tamuín, San Luis Potosí, fue obligado a ingerir un alimento al que es severamente alérgico, pese a advertirlo. Después habría sido atado de cabeza, sufrió convulsiones y fue abandonado por quienes presuntamente participaron en la agresión. Otros estudiantes habrían intervenido para auxiliarlo y pedir ayuda médica.

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La pregunta no es menor: ¿dónde estaban las autoridades universitarias mientras los porros hacían de las suyas? Porque el porrismo no nace de la nada ni se sostiene solo con gritos, capuchas y violencia; prospera cuando hay tolerancia, omisión o complicidad desde arriba.

Y no se trata de un episodio aislado. La rectoría de Dámaso Anaya carga ya con una pesada colección de señalamientos públicos, escándalos internos y episodios que contradicen la propaganda institucional del “nuevo rostro” universitario. 

El propio rector fue detenido en 2022, según publicó Reforma, cuando se desempeñaba como secretario de Desarrollo Rural de Ciudad Victoria; el reporte periodístico señaló que fue sorprendido con efectivo, sobres de nómina con nombres y números, así como propaganda electoral vinculada al entonces candidato morenista Américo Villarreal. 

Ahora, como rector y protegido por una relación familiar que no puede ignorarse, Anaya encabeza una Universidad que vuelve a ser mencionada por violencia, denuncias de presunto porrismo, funcionarios cuestionados y una preocupante falta de consecuencias visibles. Una institución pública no puede administrarse como patrimonio de familia ni convertirse en refugio de amistades, cuotas y silencios.

Que dice el humor social

La conversación social no está leyendo el caso como una simple “novatada”, sino como el síntoma de una institución permisiva, con una cultura de violencia universitaria que muchos usuarios consideran conocida, tolerada y políticamente protegida. El reclamo central no es sólo contra los presuntos agresores: la indignación escala directamente hacia la UAT, la Facultad de Veterinaria y el rector Dámaso Anaya.

1. Predomina la indignación: “No fue una broma”

La mayoría de los comentarios rompe de tajo con la idea de que se trató de una bienvenida estudiantil o una “perreada” de rutina. La audiencia la interpreta como una agresión grave, especialmente por los elementos difundidos sobre la alergia, las convulsiones, el abandono y la hospitalización del joven.

El lenguaje usado por los usuarios es revelador: hablan de “aberración”, “delincuentes”, “criminales”, “malvivientes” y “porros”. Es decir, el debate dejó de estar en el terreno de la disciplina escolar para colocarse en el de la responsabilidad penal.

Frases como “los culpables ya deben estar tras las rejas”, “cárcel para todos” y “castigo ejemplar” muestran que la exigencia predominante no es una sanción administrativa ni un comunicado de condolencias: piden consecuencias judiciales, expulsión y reparación.

2. La UAT es vista como responsable, no como espectadora

La reacción colectiva no compra la narrativa de que la Universidad sea una víctima ajena a lo ocurrido. Por el contrario, varios comentarios fijan una tesis recurrente: si el hecho ocurrió en el entorno universitario, la institución tiene responsabilidad por acción u omisión.

La frase que se repite, con distintas palabras, es: “La UAT debe responder”. No basta con identificar a estudiantes involucrados; la exigencia abarca a directivos, mandos de la Facultad de Veterinaria y rectoría.

El ángulo más sensible para una nota es éste: la sociedad está trasladando el costo político de la agresión hacia la autoridad universitaria. El problema ya no es únicamente quién participó en la novatada, sino quién permitió que una práctica de ese tipo sobreviviera, operara o escalara dentro de una universidad pública.

3. Dámaso Anaya queda en el centro

Dámaso Anaya aparece nombrado de forma directa en varios comentarios. Los usuarios no lo colocan como una figura distante ni meramente protocolaria, sino como el responsable que debe dar la cara, ordenar una investigación, identificar a los involucrados y evitar cualquier encubrimiento.

“Dámaso, haz tu trabajo” resume el tono social. Otros comentarios lo acusan de indiferencia, de proteger a los agresores o de permitir que persistan grupos violentos. Son señalamientos de usuarios en redes, no hechos probados, pero expresan una percepción pública dañina: que la rectoría no controla la institución o que, peor aún, escoge no hacerlo.

La presión digital se articula en tres exigencias hacia el rector:

  • Que informe qué ocurrió realmente y cuál es el estado médico del estudiante.
  • Que identifique y sancione a los responsables conforme a derecho.
  • Que aclare si existían antecedentes, tolerancia institucional o estructuras de porrismo dentro de la Facultad.

Los cuatro relatos que compiten

Relato socialQué sostieneQué revela
Indignación penalNo fue una novatada, fue una agresión que debe llevar a cárcelLa audiencia percibe un límite cruzado: la violencia dejó de ser “tradición” y se convirtió en presunto delito
Responsabilidad institucionalLa UAT y Veterinaria debían prevenir, vigilar y actuarHay desconfianza hacia las autoridades y temor de encubrimiento
Porrismo y protecciónLos presuntos agresores son vistos como porros o grupos con impunidadEl caso reactiva el imaginario de viejas redes violentas universitarias
Desmentido y politizaciónUna minoría afirma que la información es amarillista, que no hubo terapia intensiva y que se trata de una “perreada”La UAT enfrenta no sólo un problema de violencia, sino una disputa por la versión de los hechos

El punto más delicado

Existe una respuesta minoritaria, pero relevante, que busca bajar la gravedad del caso. Una comentarista sostiene que nunca hubo terapia intensiva, cuestiona la versión difundida y presenta la agresión como una práctica conocida entre estudiantes de Veterinaria.

Esa postura no neutraliza la indignación; de hecho, puede agravarla. Porque incluso si la discusión fuera sobre la precisión de un dato médico, subsiste el cuestionamiento de fondo: ¿por qué una “perreada” o novatada incluiría actos que pongan en riesgo la salud o integridad de un alumno?

La disputa pública, entonces, no debe presentarse como una elección entre “fue brutal” o “fue una tradición”. La pregunta periodística es otra: ¿qué prácticas fueron realizadas, quiénes las ejecutaron, quién las conocía, qué protocolos fallaron y cuál es la condición médica comprobable del estudiante?

La reacción social dibuja una Universidad con un problema de credibilidad. La gente no pide una foto de rectoría en el hospital, ni un boletín con lenguaje burocrático, ni una promesa de “investigar hasta las últimas consecuencias” que nunca llega a ninguna parte. Exige nombres, expediente, sanciones, expulsiones, atención médica y una postura clara contra el porrismo.

En resumen:

La indignación en redes no tiene matices: para decenas de usuarios, lo ocurrido en la Facultad de Medicina Veterinaria no fue una broma estudiantil ni una tradición de bienvenida; fue una agresión que llevó a un joven a una condición médica grave y que ahora pone bajo la lupa a la Universidad Autónoma de Tamaulipas.

La conversación pública no se está concentrando únicamente en los presuntos agresores. El reclamo va directo a la UAT, a la Facultad de Veterinaria y, particularmente, al rector Dámaso Anaya. La pregunta que se repite es incómoda, pero elemental: ¿cómo puede ocurrir una agresión de esta magnitud dentro de una casa de estudios sin que nadie supiera, nadie interviniera o nadie respondiera?

“Cárcel”, “expulsión”, “castigo ejemplar” y “que den los nombres” son las demandas que predominan. La ciudadanía no está pidiendo otra comisión decorativa ni un comunicado de esos que lamentan todo sin explicar nada. Pide responsables, sanciones y certeza de que los grupos violentos no siguen operando bajo el disfraz de novatadas.

La UAT no puede esconderse detrás de tecnicismos, silencios ni versiones a medias. Si hubo agresión, deben actuar la Fiscalía, las autoridades universitarias y los órganos de derechos humanos. Si hubo omisión o encubrimiento, la responsabilidad no termina en quienes sometieron al estudiante: sube hasta quienes tenían el deber de impedirlo.

Porque una Universidad que no puede garantizar que un alumno sobreviva a sus primeros días de clase no está fallando en protocolo; está fallando en lo esencial.

La UAT debería ser un espacio de formación, ciencia y movilidad social; no una fábrica de miedo donde estudiantes de primer ingreso corran el riesgo de terminar hospitalizados por la barbarie de quienes se creen dueños del campus. Si el rectorado no puede desmantelar a los grupos violentos, investigar a fondo y sancionar a responsables —incluidos funcionarios que hayan omitido actuar—, entonces no dirige una Universidad: administra un escándalo permanente.

Porque mientras desde el poder se presume transformación, en los pasillos universitarios parece haber regresado la vieja escuela: porros sueltos, autoridades ausentes y una comunidad estudiantil pagando el costo. La publicación enlazada atribuye a la UAT un historial de hechos y señalamientos graves durante la actual rectoría; esas imputaciones requieren investigación y esclarecimiento por autoridades competentes. 

Con información: REDES/

“ADELA SÍ SABE: ZETA TIJUANA EXHIBE las DOS GUERRAS de OMAR, CONTRA NARCOS y el GOBIERNO AUN LLENO de MUCHO NARCO”…la charola no es tan grande como creen.


Omar García Harfuch parece librar una guerra en dos frentes: contra los cárteles y contra el propio aparato de seguridad que, se supone, debería respaldarlo. Mientras Washington lo trata como interlocutor privilegiado, en Palacio y dentro del gabinete mexicano lo dejan operar con el respaldo a medias y el presupuesto en manos de otros.

Las dos trincheras de Harfuch

El secretario de Seguridad y Protección Ciudadana no sólo persigue capos, laboratorios, cargamentos y operadores del narco. También carga con una disputa menos visible —pero quizá igual de determinante— dentro del gobierno de Claudia Sheinbaum: conseguir coordinación, recursos y margen de maniobra frente a unas Fuerzas Armadas que conservaron el poder operativo, presupuestal y político que les fue otorgado durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador. 

La paradoja es de colección: Harfuch es presentado como la punta de lanza contra los cárteles, pero no controla plenamente la maquinaria con la que debe enfrentarlos. Tiene la responsabilidad de apagar el incendio, mientras otros administran el agua, las mangueras y hasta las llaves del hidrante.

Del “abrazos” al operativo

La actual administración, según el texto de ZETA, ha intentado mantener el discurso de soberanía y los reproches a Estados Unidos por casos como la captura de Ismael “El Mayo” Zambada. Pero, por debajo de esa alharaca pública, la realidad parece más pragmática: hay entendimiento operativo con agencias estadounidenses para golpear a las organizaciones criminales.

Es un giro relevante respecto a la doctrina de “abrazos, no balazos”, convertida durante el lopezobradorismo en política de seguridad y, para sus críticos, en una coartada de impunidad. El episodio de Ovidio Guzmán —liberado en 2019 y detenido posteriormente otra vez— resume aquella contradicción: el Estado mexicano cedía ante el narco, mientras después debía corregir bajo presión externa.

El favorito de Washington

Del otro lado de la frontera, García Harfuch no parece precisamente aislado. Exfuncionarios y mandos de la DEA han elevado su perfil como el socio mexicano con quien sí se puede hablar de detenciones, inteligencia, decomisos y cooperación bilateral sin pasar por el pantano de las declaraciones ceremoniales. 

Derek Maltz, exdirector de la DEA, incluso difundió una imagen de estética hollywoodense —generada con inteligencia artificial— donde Harfuch aparece como protagonista de la “guerra contra el terror de los cárteles”. El mensaje era casi un tráiler: resultados, acción y cooperación México-Estados Unidos. Nada sutil, pero sí revelador. 

Terrance Cole, actual titular de la DEA según el artículo, también habría descrito a Harfuch como un interlocutor cotidiano y aliado para reforzar apoyo tecnológico y coordinación contra el crimen organizado. En pocas palabras: para las agencias estadounidenses, Harfuch es el contacto; para parte del gabinete mexicano, pareciera ser el invitado incómodo. 

El problema no es sólo el narco

La pieza de ZETA plantea una lectura incómoda: la eficacia de Harfuch no depende exclusivamente de su estrategia contra los grupos criminales, sino de si logra romper la inercia institucional que concentra atribuciones y recursos en el ámbito militar.

México presume que combate a los cárteles con una política propia, pero el retrato es menos heroico: un secretario civil respaldado desde Washington, limitado puertas adentro y obligado a demostrar resultados en un sistema donde la coordinación puede ser más escasa que las ceremonias, las fotografías y los discursos sobre soberanía.

La guerra de Omar, entonces, no consiste únicamente en capturar criminales. También consiste en sobrevivir políticamente a un gabinete donde todos hablan de seguridad, pero no todos parecen dispuestos a cederle las herramientas para ejercerla.

Con información: ZETA TJUANA/ADELA BELLO/

UNA “COSTOSA ESCENOGRAFÍA de GUERRA”: 4 MUJERES ASESINADAS en 2 DÍAS de SEPTIEMBRE dejan VER la INUTILIDAD de 17 MIL MILITARES»… Gobierno presume músculo; Sinaloa exhibe el fracaso.


La “estrategia” que presume músculo militar en Sinaloa luce cada vez más como una exhibición de uniformes incapaz de proteger a quienes están siendo asesinadas. Cuatro mujeres ultimadas en apenas los dos primeros días de septiembre no son una anécdota estadística: son el retrato de un operativo que ocupa territorio, pero no garantiza vidas. 

Catorce mil, dieciséis mil, los que quieran contar: Sinaloa sigue sin estrategia para salvar mujeres y hombres

Que sigan presumiendo músculo. Que saquen otra vez la cifra grandota: más de 14 mil efectivos —o 16 mil 440, según el corte oficial— entre Ejército, Marina, Guardia Nacional, SSPC y demás siglas desplegadas en Sinaloa. 

Mucho uniforme, mucho convoy, mucho comunicado con decomisos y detenidos para la foto. Pero cuando se trata de impedir que asesinen mujeres, hombres y niños, el aparato luce menos como una estrategia y más como una costosa escenografía de guerra. 

En sólo dos días de septiembre fueron asesinadas cuatro mujeres en Sinaloa. Cuatro. Y una de ellas fue ejecutada a balazos dentro de una vivienda en la colonia Providencia, al sur de Culiacán, en un domicilio con antecedentes recientes de hechos violentos. El Ejército llegó como primer respondiente, acordonó el área y dio paso a las diligencias de siempre: perímetro, peritos, carpeta, boletín. La pregunta incómoda es obvia: ¿de qué sirve llegar primero a una escena si se llega después de que la víctima ya fue asesinada? 

La tragedia tampoco cae de sorpresa ni puede disfrazarse de “hechos aislados”. Agosto cerró con 25 mujeres asesinadas en Sinaloa. Antes de eso, el registro oficial federal colocaba a la entidad en el primer lugar nacional en víctimas de feminicidio durante los primeros siete meses de 2026: 54 casos, exactamente el doble que el Estado de México, que reportaba 27. Sinaloa no sólo tiene una crisis; encabeza el marcador nacional de la barbarie contra las mujeres. Vaya campeonato el que están administrando. 

Y mientras las autoridades celebran aseguramientos, armas decomisadas y capturas, las mujeres siguen poniendo los cuerpos. No se cuestiona que decomisar arsenales o detener presuntos criminales sea necesario. Lo que se cuestiona es la farsa de vender esas acciones como si, por sí solas, fueran una política de protección efectiva. Porque una estrategia se mide por resultados sostenidos sobre la vida cotidiana, no por la cantidad de soldados estacionados ni por el tamaño del inventario confiscado al final del día.

Por qué esto no es una estrategia

No lo es porque una estrategia de seguridad tendría objetivos verificables y una prioridad elemental: reducir el riesgo antes de que ocurra el asesinato. Si el estado encabeza las cifras de feminicidio y, al mismo tiempo, acumula mujeres asesinadas a un ritmo brutal, el despliegue no está protegiendo; está administrando las consecuencias.

Tampoco es estrategia enviar miles de elementos sin explicar qué zonas son prioritarias, cómo se identifican patrones de violencia contra mujeres, qué seguimiento reciben los agresores reincidentes, cómo se protegen las denuncias por amenazas, quién vigila los entornos donde ya hubo ataques previos y qué autoridad responde cuando una alerta se pierde en el laberinto burocrático. Eso no es inteligencia: es presencia. Y la presencia sin prevención es apenas vigilancia de un desastre anunciado.

Una política seria tendría, como mínimo, investigación inmediata y especializada de cada asesinato de mujer; análisis de vínculos entre desapariciones, violencia familiar, crimen organizado y feminicidios; medidas de protección rápidas para mujeres en riesgo; persecución de redes de agresores y no sólo patrullajes; fiscalías con recursos, peritos y resultados; y rendición de cuentas pública sobre impunidad, órdenes de protección y sentencias. Sin eso, los miles de soldados son número de conferencia, no salvavidas.

Lo más obsceno es que el Gobierno puede presumir una reducción general de homicidios o un cargamento decomisado, mientras Sinaloa se hunde en una realidad que desmiente el triunfalismo: mujeres asesinadas, familias abandonadas y autoridades contando efectivos como si la estadística militar pudiera cubrir la estadística funeraria. 

Sinaloa no necesita más propaganda de fuerza; necesita una estrategia que haga que las mujeres lleguen vivas a casa. Porque si con miles de militares desplegados el estado sigue encabezando el país en feminicidios y septiembre comienza con cuatro mujeres asesinadas en 48 horas, entonces no hay nada que celebrar.

Hay que dejar de contar soldados como trofeos y empezar a contar vidas salvadas. Hasta ahora, el Gobierno presume músculo; Sinaloa exhibe el fracaso.


“VAMOS REQUETEBIÉN, HARFUCH?: INFORME OFICIAL DICE que SINALOA es CAMPEONA en MATAR MUJERES”… 54 víctimas de enero a julio; rebotan con Tamaulipas.


Sinaloa no sólo vive bajo la sombra de la violencia: también encabeza, con una ventaja indignante, la lista nacional de feminicidios. De enero a julio de 2026 acumuló 54 víctimas, el 14.2 por ciento del total del País; el doble que el Estado de México, que registró 27. 

De acuerdo con NOROESTE, Sinaloa reportó 54 víctimas, el 14.2 por ciento del total nacional, por encima del Estado de México, con 27; Chiapas, con 26; Ciudad de México, con 25 y Tamaulipas, con 25. Entre esas cinco entidades se concentra el 41.3 por ciento de los casos, de las 157 víctimas.

En otras palabras, mientras el discurso oficial suele presumir control, la realidad pone a Sinaloa en el primer lugar de una clasificación que ningún Gobierno debería tolerar, mucho menos normalizar. 

La estadística es todavía más brutal cuando se mide por población: Sinaloa alcanzó una tasa de 3.33 feminicidios por cada 100 mil mujeres, seis veces por encima de la media nacional, ubicada en 0.55. No es una alerta amarilla; es una sirena encendida que parece no incomodar a quienes administran el estado entre boletines, operativos y promesas recicladas. 

Y si alguien busca el epicentro de esta tragedia, aparece Culiacán: 34 casos de feminicidio, colocado entre los municipios con mayor incidencia del País. La capital sinaloense, tan acostumbrada a presumir poder, dinero y control territorial, también carga con una cifra que retrata el abandono de las mujeres frente a una violencia que no se detiene con discursos. 

A nivel nacional, el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública contabilizó 380 víctimas de feminicidio entre enero y julio. Sinaloa aportó 54. No es una cifra fría ni una medalla negra para archivar en una gráfica: son 54 mujeres asesinadas por razones de género en apenas siete meses, mientras la autoridad sigue hablando de estrategias como si las víctimas pudieran esperar a que por fin funcionen.

Con información : NOROESTE/