Cuando los principios llegan tarde
La senadora de Morena Olga Sosa ,descubrió que son “tiempos de principios”. Qué oportuno. Porque en la política mexicana los principios suelen aparecer justo cuando hay cámara, micrófono y un público suficientemente paciente para escuchar una lección de moral pronunciada desde la cómoda altura del escaño.
El problema no es hablar de principios; el problema es pretender que la palabra, por sí misma, funcione como detergente institucional. No limpia preguntas, no borra fotografías, no despeja operaciones bajo escrutinio periodístico ni convierte el silencio en rendición de cuentas.
A Olga Sosa no le faltan principios para el discurso: le sobran consignas. Lo que escasea es una explicación pública, documentada y verificable ante los múltiples y reiterados señalamientos que han colocado bajo la lupa operaciones financieras atribuidas a integrantes de su familia, realizadas en un contexto electoral particularmente sensible. La senadora ha negado vínculos personales con tales cuentas y operaciones; pero negar no equivale a esclarecer.
La moral de utilería
La doble moral ha sido un clásico de la política. La triple es una especialidad. Pero hay quienes aspiran a la cuarta: condenar la corrupción ajena, minimizar la propia cercanía con cuestionamientos incómodos, reclamar linchamiento mediático y, después, salir a pontificar sobre patria,soberania ética y principios para enmascarar las conductas criminales.
Es una moral de utilería: impecable para la fotografía, frágil en cuanto llegan las preguntas.
Si la senadora considera falsos los señalamientos, tiene una oportunidad elemental de desmontarlos: exhibir de manera completa la documentación pertinente, explicar el origen y destino de los recursos cuestionados, aclarar las coincidencias temporales y pedir que las autoridades competentes investiguen hasta el último dato. Todo lo demás —la indignación selectiva, la evasiva retórica y el ataque al mensajero— es apenas una rueda de prensa con barniz de virtud.
Porque quien exige confianza pública no puede conformarse con pedir fe. La confianza no se decreta desde una tribuna; se construye con pruebas.
Patria no es coartada
Decir “defender a la patria” mientras se evita responder con precisión a cuestionamientos de interés público es una contradicción que ni el mejor equipo de comunicación debería intentar maquillar. La patria no es una frase para el templete mañanero, ni una bandera de campaña: también es transparencia, congruencia y la obligación de dar la cara cuando el poder y el dinero aparecen en la misma oración.
La prensa ha difundido alegaciones sobre múltiples movimientos de 1.5 millones de dólares atribuidos a familiares de la senadora, canalizados mediante Vector Casa de Bolsa en fechas próximas a la elección de Tamaulipas de 2022. Afirmaciones que no son una determinación judicial de responsabilidad y precisamente por ello requieren una respuesta verificable y una investigación imparcial, no una colección de consignas.
La pregunta no es si Olga Sosa puede hablar de principios. Cualquiera puede hacerlo. La pregunta es si está dispuesta a someter sus principios a la prueba que distingue la convicción de la propaganda: transparencia total, documentos sobre la mesa y cero privilegios frente al escrutinio.
El verdadero final
Tal vez la senadora tiene razón: son tiempos de principios.
Entonces que empiecen por casa.
Porque si los principios fueran realmente su criterio rector —y no un accesorio discursivo de ocasión—, el final de esta historia no sería otra arenga patriótica. Sería una comparecencia seria, una explicación completa ante la Unidad de Inteligencia Financiera y una exigencia de investigación, sin blindajes, ante la Fiscalía General de la República.
La senadora Olga Sosa debería ser investigada conforme a los señalamientos, los cuales también alcanzan a quien ha operado en su favor la movilización de la estructura electoral en Reynosa: Mario Guitián, alias “La Chispa”, señalado como lugarteniente del Cártel del Golfo. Un personaje cercano al gobernador Américo Villarreal; tan cercano como para abrazarlo, sonreírle, apapacharlo y entregarle Reynosa como si fuera su cajero automático.
En política, la congruencia no se aplaude: se demuestra. Y cuando una figura pública no puede o no quiere demostrarla, no está defendiendo principios. Está defendiendo su narrativa.
Con información: OPINION PUBLICA/

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