Sinaloa no vive una “ola” de violencia: vive un naufragio cotidiano, administrado entre discursos, patrullas y comunicados. Con más de 14 mil militares, la muerte sigue circulando con permiso; no pide identificación, no respeta horarios y tampoco parece encontrar retenes.
El último parte de guerra en Sinaloa no trae victorias, ni paz, ni control territorial. Trae sangre.
Mientras el Gobierno y Omar Garcia Harfuch,su estratega «cuentachiles» y el ejercito presumen el despliegue de más de 14 mil soldados, sin contar marinos, y policías, la violencia responde con la brutal eficacia de quien sabe que puede operar.

En Escuinapa asesinaron a Perla, una joven de 20 años, en pleno Centro y a un costado de la parroquia. Ni la cercanía de la iglesia alcanzó para espantar a los asesinos.

En Mazatlán, hombres armados dispararon contra dos motociclistas: uno murió en el lugar y el otro falleció después de ser trasladado a un hospital. También hubo ataques simultáneos que dejaron heridas a dos mujeres y un hombre. La ciudad turística, la de los atardeceres, los cruceros y la promoción oficial, sigue acumulando escenas de balas, cintas amarillas y familias esperando noticias.

En Culiacán, la rutina de la violencia tampoco descansó: un joven fue asesinado a balazos en el puente peatonal de Campo El Diez; después, un ataque armado contra un expendio en Infonavit Barrancos dejó dos personas muertas.

La capital sinaloense ,al igual que Mazatlan ,siguen convertidas en un mapa donde cada colonia puede amanecer como nota roja.
Y eso fue apenas una jornada.
El recuento de Noroeste para el viernes 14 de agosto registró cinco homicidios dolosos en Sinaloa: dos en Culiacán, dos en Mazatlán y el asesinato de Perla en Escuinapa. Además, reportó una osamenta localizada en Elota y nueve robos de vehículos. El mismo reporte advirtió que agosto acumulaba 63 muertes violentas, con un promedio de 4.5 diarias, y proyectaba cerrar alrededor de 140 asesinatos.
Desde que comenzó la disputa entre las facciones de los Guzmán y los Zambada, el 9 de septiembre de 2024, el saldo —hasta el 14 de agosto de 2026— es de 3 mil 690 homicidios dolosos, 4 mil 291 personas privadas de la libertad y 12 mil 205 vehículos robados.
Son 5.2 asesinatos diarios, 6.1 desapariciones o privaciones de la libertad al día y 17.3 vehículos robados cada 24 horas. No son estadísticas: son hogares vaciados, negocios paralizados y una sociedad obligada a aprender a vivir con miedo.
La pregunta ya no es cuántos uniformados hay en las calles. La pregunta es para qué sirve un despliegue tan numeroso si los criminales siguen decidiendo quién cae, dónde cae y a qué hora. Porque si 14 mil elementos no consiguen impedir que maten a una joven en el Centro de Escuinapa, que embosquen motociclistas en Mazatlán o que ejecuten gente en Culiacán, entonces el problema no es la falta de botas: es la ausencia de una estrategia que realmente proteja a la población.
No. Una estrategia que necesita 14 mil uniformados para administrar una guerra que sigue cobrando muertos, desaparecidos y desplazados no se exporta: se revisa, se corrige y se somete a rendición de cuentas. Y el responsable político, con nombre y apellido, es Omar García Harfuch, secretario de Seguridad y Protección Ciudadana.
¿Esto es lo que Omar García Harfuch pretende vender como estrategia exitosa ante el mundo?
Porque una cosa es presentar gráficas con porcentajes descendentes maquillados y otra muy distinta es caminar las calles de Sinaloa, donde la estadística tiene nombre, edad, familia y funerales.
En los papeles oficiales pueden caer los promedios; en Escuinapa asesinan a Perla, de 20 años; en Mazatlán balean motociclistas y atacan civiles; en Culiacán se ejecuta gente en puentes peatonales y expendios. La reducción que se presume no alcanza a resucitar a nadie ni a devolverle tranquilidad a una población que aprendió a contar ráfagas antes que promesas.
Omar García Harfuch tiene un problema: pretende exhibir como modelo una estrategia que, en Sinaloa, todavía no logra garantizar lo elemental. Más de 14 mil elementos desplegados no han impedido que el crimen mantenga capacidad de matar, secuestrar, robar vehículos y disputar territorios. Si la respuesta del Estado exige semejante concentración de fuerza y aun así las ejecuciones continúan como parte de la rutina, no estamos frente a un éxito: estamos ante una contención incompleta, costosa y sangrienta.
Exportar esta receta sería exportar una contradicción: miles de soldados, operativos focalizados, detenciones y discursos de control, mientras el saldo acumulado desde septiembre de 2024 rebasa los 3 mil 690 homicidios, las 4 mil 291 privaciones de la libertad y los 12 mil 205 vehículos robados.

Que Harfuch lleve sus cifras a un foro internacional si quiere. Pero que no venda como pacificación lo que, en Sinaloa, sigue pareciéndose demasiado a una guerra sin final.
Una estrategia no es exitosa porque produzca diapositivas; lo es cuando la gente puede volver a su casa sin preguntarse si esa noche le tocará ser cifra, fotografía o encabezado.
Sinaloa no necesita más fotografías de convoyes. Necesita resultados tangibles, no necesita que hagan lo que se puede, sino lo que sea necesario para devolver la tranquilidad y sin que se les antoje la paz mafiosa como distintas voces informadas, ya lo presume ,igual que la evidencia.
Menos partes de “operativos permanentes” y menos promesas de coordinación. Porque, hasta ahora, la única presencia verdaderamente permanente es la de la muerte.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Tu Comentario es VALIOSO: