Hace tan solo unos días, el miércoles pasado, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, firmó y envió al Congreso de la Unión una iniciativa de ley general para prevenir, indagar, sancionar y reparar el daño por feminicidio, esa atrocidad machista que tanto enluta a nuestra sociedad. Con ese instrumento legal pretende garantizar cero impunidades para los perpetradores, a través de la homologación, en todo el país, de mecanismos de investigación y de sanciones específicas para ese delito.
“Esta ley lo que hace es garantizar que en todas las fiscalías del país se trabaje igual contra el feminicidio”, explicó la Presidenta. Ojalá. Suena bien y es pertinente contar con una legislación así en un país tan misógino como este, una nación infectada por interminables redes de complicidad que derivan en la infausta normalización de las violencias contra las mujeres en todos los ámbitos de la vida nacional (la familia, la escuela, el trabajo, las parejas, las amistades), pero esa acción, hay que subrayarlo, llega muy tarde a la república: arriba después de que 9 mil 433 mujeres, adolescentes y niñas mexicanas ya fueron víctimas de feminicidio desde 2015. Para ser muy preciso, de esas 9,433 personas ultimadas casi el 10% eran menores de edad: 937 niñas y adolescentes. Despacio: novecientos-treinta-y-siete niñas y adolescentes muertas. Siete pequeñas al mes, en promedio, víctimas de feminicidio.
También lea de nuevo y lentamente el total, por favor: nueve-mil-cuatrocientas-treinta y tres niñas, adolescentes y mujeres muertas a manos de un pequeño ejército de machos, una horda de perpetradores que suele quedar impune: así sucede en casi seis de cada diez casos de feminicidio, ya que sólo se lleva a tribunales al 46% de los imputados, según datos del gobierno federal.
Un horror, la vergonzosa cifra oficial desde 2015 -cuando el feminicidio se empezó a contabilizar como tal, aunque había sido tipificado desde 2012- y hasta mayo de este año. Y por si no fuera una barbaridad ese número (9,433 feminicidios), no olvidemos que en México hay -además- miles de homicidios dolosos contra mujeres que no son clasificados como feminicidios, aunque tengan las características de ese deleznable comportamiento patriarcal: 28 mil 319 mujeres, adolescentes y niñas han sido asesinadas en México en el mismo periodo. De nuevo, despacio para dimensionar: veintiocho-mil-trescientos-diecinueve mujeres víctimas de homicidio doloso en once años y cinco meses.
¡Uf! Sumemos las espantosas cifras: 9,433 feminicidios más 28,319 homicidios dolosos, lo que da un total de 37 mil 752 mujeres, adolescentes y niñas muertas violentamente en once años y cinco meses. Son al menos nueve casos al día, en promedio. Se trata de deprimentes y vergonzosos números, no me cansaré de decirlo, porque estamos hablando de nombres y apellidos, de vidas truncadas, mutiladas, cercenadas, y con ello, decenas de miles de familias destrozadas.
Vuelvo al principio: qué bien que finalmente vayamos a contar ya como nación con procedimientos únicos para pesquisar de la misma manera el feminicidio y que éste se castigue de igual forma en todo el país, pero como la Presidenta misma reconoció, es un delito que “lamentablemente” en la mayoría de los casos es perpetrado por un familiar, un colega, una amistad, un conocido de la víctima.
El enemigo en casa, en la escuela, en el trabajo, en el círculo social cercano, porque el maltrato y la violencia contra las mujeres yace ahí todo el tiempo, está latente cada día y empieza mucho antes del asesinato, con el maltrato machista que en algún momento escala hasta volverse violencia letal. Vea las cifras de agresiones dolosas contra mujeres: 760 mil 721 casos en el mismo periodo. Más de setecientos sesenta mil mujeres golpeadas, pateadas, agredidas violentamente hasta lesionarlas. Espeluznante. Son, en promedio, 189 casos al día de agresiones contra mujeres, adolescentes y niñas, al menos siete por hora.
Retorno a lo que dijo Sheinbaum, que en la mayoría de los casos de feminicidios las agresiones se dan en el primer círculo de las víctimas, ¿qué hacemos? ¿Dónde y cómo se protegen las mujeres si los agresores están en los hogares, las escuelas, los trabajos, las amistades? Hay que romper las cadenas de complicidad. Todas. Las que empiezan desde el maltrato y el acoso y que pueden ir escalando hasta terminar en agresiones y asesinatos.
¿Da miedo enfrentarse a los energúmenos? Quizá, pero somos los hombres los que tenemos que desechar el silencio cómplice, acabar con la normalización del maltrato y la violencia, y encarar a esos tipos, denunciar a los agresores en cualquier lugar donde se atrevan a maltratar y agredir con sus tolerados “miocromachismos”. Es un deber tomar conocimiento de sus abusos iniciales y exhibirlos, con más razón si las víctimas vencieron el terror y se acercaron a pedir ayuda. Hay que apoyar a esas mujeres, aunque eso conlleve consecuencias para usted como denunciante que ayuda a una víctima, porque un día el confrontar a un sujeto así podría darles paz y seguridad a muchas mujeres e incluso hasta salvarles la vida. Al menos a una. Con eso bastaría para arriesgarse.
Piénselo muy bien cuando vuelva a ver un impune y protegido macho en acción en cualquier lugar: ¿va a ser usted un pasivo cómplice por omisión? La próxima vez la mujer maltratada podría ser su hermana, su hija, su pareja, su madre, su nieta. Vaya usted a saber. O la nieta, la madre, la esposa, la hija, la hermana, la amiga de alguien más que ignora el maltrato que está sufriendo y el riesgo que corre ante el macho impune.
Voltear hacia otro lado y avalar el machismo con un silencio cómplice es inadmisible, hoy más que nunca.
Punto.
Fuente.-JUAN PABLO BECERRA/ELUNIVERSAL+ jp.becerra.acosta.m@gmail.com

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