La captura y traslado de Ismael “El Mayo” Zambada a Estados Unidos no trajo la paz prometida, sino una reconfiguración del caos. El discurso oficial presume el “golpe histórico” al Cártel de Sinaloa, mientras las cifras de homicidios, desplazamientos y extorsión desmienten cada línea del boletín gubernamental.
De mito intocable a trofeo de museo
El hombre que durante décadas fue el fantasma más rentable del narco mexicano terminó convertido en pieza de exhibición en un museo del FBI, como si fuera el recuerdo exótico de una safari judicial. Ese avión que lo llevó de México a Estados Unidos es ahora un altar al intervencionismo, mientras Washington jura que nunca lo secuestró y Ciudad de México monta su indignación por entregas.
El “vacío de poder” que se llenó de plomo
Sin el Mayo al mando, Sinaloa no se volvió un páramo, sino un laboratorio de guerra entre facciones que ya no tienen a quién acudir para “arreglar las cosas”. Los Chapitos, viejos socios, informantes y rivales compiten por pedazos del reino, y cada negociación fallida se resuelve con convoyes, levantones y masacres en la sierra.
El Estado: ofendido en público, funcional en privado
El gobierno mexicano se rasga las vestiduras por el presunto secuestro transfronterizo del Mayo, mientras presume cooperación ejemplar con las mismas agencias que hoy acusa de violar su soberanía. En la narrativa oficial, Washington es socio indispensable en la lucha contra el narco y, a la vez, el villano que se roba capos como si fueran mercancía decomisada.
La herencia del viejo capo
El Mayo se declaró culpable de décadas de tráfico de drogas y sobornos, pero su verdadero legado está esparcido en corporaciones policiales corrompidas, políticos comprados y territorios donde el Estado entra con permiso. Su caída no desmontó esa red: solo dejó sin jefe visible a un sistema que aprendió a funcionar con la lógica del narco como política pública informal.
Con información: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/PABLO FERRI

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