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domingo, 26 de julio de 2026

«CAMARADA LACRA INVESTIDA de PRESIDENTE CONSUMA en NICARAGUA la ULTIMA TIRANIA dicha SIN RUBOR»…y ya lo felicitamos por su hazaña.


Daniel Ortega ya ni siquiera finge. Ha dejado caer el decorado, apagado las luces y se ha quedado solo en escena, como esos tiranos que confunden el Estado con su sala de estar y la patria con el apellido de la esposa. En Nicaragua, el viejo revolucionario no “corrigió el rumbo”: convirtió la promesa sandinista en una empresa familiar de poder sin pudor, sin competencia y, por supuesto, sin elecciones.

Lo más obsceno no es que lo haga; lo más grotesco es que lo diga en voz alta, con esa solemnidad de emperador de utilería que ya ni necesita disfrazarse de demócrata. 

Su mensaje es simple y brutal: aquí no gobierna el voto, gobierna el capricho; aquí no decide la ciudadanía, decide la pareja presidencial; aquí no existe alternancia, existe sucesión dinástica con vocabulario de revolución vencida.

Ortega ha llevado la política nicaragüense al punto más miserable: una dictadura que ya no se avergüenza de serlo. Según el texto de EL PAÍS, su anuncio consuma la última tiranía de América Latina, una frase que no suena exagerada cuando el poder se dedica a clausurar la idea misma de elección y a poner una lápida sobre la democracia que todavía respiraba a duras penas. En otras palabras: el hombre que dijo luchar contra los Somoza terminó practicando una versión recalentada y familiar del somocismo, con más cinismo y menos talento.

La caricatura del poder

El problema con Ortega no es solo que mande; es que ya manda como caricatura de sí mismo. Habla como si todavía representara una epopeya popular, pero su gobierno se parece más a un club privado sostenido por policías, propaganda y miedo que a una revolución. Cuando un régimen necesita anunciar que ya no habrá elecciones, lo que está confesando no es fortaleza: es pánico a perder incluso el teatro.

Y aquí está la ironía final: Ortega quiso quedarse con la historia y terminó reducido a nota al pie de la decadencia autoritaria. Su legado no es la liberación de Nicaragua, sino la conversión del país en una autocracia cerrada, familiar y asfixiante, con toda la elegancia política de un candado oxidado. Lo que antes se llamó revolución hoy es apenas una administración del encierro.

Con información: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/

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