Después de varios meses de amenazas, de declaraciones, de filtraciones y de todo tipo de advertencias, en los últimos días la relación entre México y Estados Unidos se ha tensado y complicado a velocidad inaudita. Los nubarrones que acompañaron la vuelta de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos se fueron volviendo cada día más negros y se han transformado en huracán. Un huracán que hoy tiene arrinconados y temblando a políticos y funcionarios de la llamada Cuarta Transformación.
El proceso inició muy lentamente, como esos carritos de la montaña rusa que ascienden despacio antes de precipitarse en la vorágine de la cuesta. En su primera fase comenzó con la denuncia de la colusión entre el crimen organizado y la política mexicana. Siguió con la designación de varios cárteles como organizaciones terroristas y con los rumores de que había una lista de funcionarios que pronto se daría a conocer.
Esta fase terminó hace unas semanas con la acusación lanzada por el Departamento de Justicia en contra del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y otros nueve funcionarios y exfuncionarios de su gobierno. Siguió con la entrega voluntaria a Estados Unidos de uno de los diez acusados que el gobierno de Claudia Sheinbaum se había negado a detener hasta que le ofrecieran pruebas. Un general de cinco estrellas, Gerardo Mérida Sánchez, secretario de Seguridad Pública de Rocha Moya, del que se sabe que cruzó la frontera con toda clase de expedientes y archivos.
En la construcción del fenómeno meteorológico que hoy estamos presenciando, el pasado 21 de mayo la presidenta Sheinbaum recibió en Palacio Nacional al secretario de Seguridad Interior, Markwayne Mullin, y se reportó que el secretario había entrado al recinto con una carpeta que ya no llevaba en las manos en el momento en el que salió. Fue en esa reunión donde se terminaron de romper las cosas. Fue en esa reunión donde el clima empeoró.
Se desconocen los detalles. Sin embargo, en el mitin con el que celebró sus primeros dos años en el gobierno, la presidenta dudó de que hubiera un interés legítimo de Estados Unidos por combatir a los grupos del narcotráfico y acusó que detrás de la embestida contra su gobierno había afanes injerencistas encaminados a influir en las elecciones mexicanas del año próximo, a convertir a Estados Unidos en el gran elector. A las pocas horas, el general Mérida Sánchez fue presentado en la corte de Manhattan encadenado.
A las pocas horas, la jueza Katherine Polk reveló que Estados Unidos tenía pruebas abundantes contra Rocha Moya y los otros políticos y anunció que vendrían oleadas de acusaciones. A las pocas horas, el hijo del expresidente López Obrador, el júnior Andy López Beltrán, involucrado en varias investigaciones sobre la millonaria entrega de contratos públicos a su círculo de amigos, renunció a la Secretaría de Organización de Morena y se fue a refugiar a Tabasco, desde donde difundió, para blindarse, una fotografía al lado de su padre. Al día siguiente, el secretario de Estado Marco Rubio volvió a hablar de la amenaza contra su país por parte de los cárteles de la droga e hizo referencia a los amigos de Estados Unidos, los miembros del escudo de las Américas en el que no se encuentra México.

Una nueva bomba vino con la filtración al periódico Los Angeles Times de que Estados Unidos investigaba también a otros dos gobernadores, el de Sonora, Alfonso Durazo, y el de Tamaulipas, Américo Villarreal, a los que incluso habría retirado las visas. Aunque ambos lo negaron, el semanario Zeta asegura que fuentes del Departamento de Estado les confirmaron que las visas de los dos morenistas fueron revocadas y aseguraron que ambos mandatarios están dentro de un programa especial destinado a colaboradores dispuestos a entregar información.
En medio de todo ese huracán, López Obrador salió por quinta vez de su supuesto retiro para difundir una carta con la que pretende confirmar que la andanada desde Estados Unidos tiene tintes político-electorales y para llenar de insultos a los funcionarios que, según dijo, mal aconsejan a Donald Trump y a los que llamó paleros, manipuladores, caciquillos, vividores, trepadores, malvados y otras linduras.
López Obrador salió con un exiguo paraguas a tratar de frenar la tempestad que él mismo provocó cuando dio manga ancha a los cárteles de la droga y hundió a México en la situación en la que actualmente se encuentra. Porque el caso contra los políticos mexicanos no va a detenerse. Al contrario, vendrán más acusaciones y tal vez él mismo sabe o ha entendido quiénes son los siguientes en la lista.
Con informacion: DEMAULEON/LATINUS

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