La “seguridad ciudadana” que nos venden en Sinaloa es básicamente seguir apagando incendios con gasolina mientras se responsabiliza al público de no hacer rondas nocturnas.
La construcción de la paz y la seguridad no será posible sin una ciudadanía activa y participativa, advirtió el especialista en seguridad ciudadana Ernesto López Portillo Vargas durante la conferencia “Seguridad ciudadana: ¿Qué nos toca para la reconstrucción?”, organizada por Noroeste, Culiacán Participa, Tus Buenas Noticias y el Tecnológico de Monterrey campus Culiacán.
Ante estudiantes, académicos, integrantes de organizaciones civiles y ciudadanos interesados en el tema, López Portillo sostuvo que la crisis de violencia que enfrenta México no podrá resolverse únicamente desde las instituciones de seguridad, sino que requiere una participación social permanente.
Núcleo ciudadano… y el eterno reciclaje
Ernesto López Portillo tiene razón en algo incómodo: sin ciudadanía organizada no hay seguridad que aguante más de un sexenio. Pero el sistema ya convirtió ese diagnóstico en coartada perfecta: la clase política recicla la misma “estrategia integral” de siempre, fracasa a lo grande, y luego señala a la sociedad por no ocupar “su posición”. Llevamos décadas entre el bombero y el castigo ejemplar, mientras se ignora lo que la evidencia internacional viene gritando: endurecer penas y militarizar no reduce homicidios, sólo produce mejores discursos y peores estadísticas.
El propio López Portillo lo dice: América Latina presume algunas de las reformas penales más severas del planeta… y unos de los peores resultados en reducción de homicidios. México, terco, decide que la vacuna global contra la violencia (policías civiles fuertes, prevención, evidencia) no va con nosotros: preferimos más soldados que policías en tareas policiales, “porque la gente lo pide”. Populismo punitivo en estado puro: se vota por quien promete la mano más dura, aunque no pueda demostrar que sirve para algo más que para la foto y el hashtag.
Parte de guerra: 648 días de “estrategia”
Mientras nos hablan de “reconstrucción del tejido social”, el corte de caja del conflicto que arrancó el 9 de septiembre de 2024 hasta el 13 de junio de 2026 pinta el verdadero mural de la estrategia: más de 640 días de laboratorio fallido. El balance que ha documentado Noroeste en ese periodo es este:
- 3,402 homicidios dolosos, unos 5.3 al día, es decir, una ciudad que desayuna cadáveres.
- 3,971 personas privadas de la libertad, 6.2 diarias: la desaparición como rutina logística.
- 11,523 vehículos robados, 17.9 diarios: un Uber del crimen funcionando a toda máquina.
- 3,669 personas detenidas, 5.7 diarias: números para boletín que no se traducen en paz.
- 193 personas abatidas: la estadística más cómoda, porque no reclama ni exige reparación.
En casi dos años de balazos, retenes, cateos y conferencias, no se ha logrado siquiera bajar la violencia a niveles “vivibles”, ese umbral mínimo que cualquier plan serio tendría como primera línea en el pizarrón.
Y si después de 648 días el paisaje sigue lleno de levantones, robos y ejecuciones, no estamos ante una estrategia en curso: estamos frente a una insistencia obstinada en hacer lo mismo esperando milagros distintos.
De la resignación aprendida a la exigencia incómoda
López Portillo advierte de otro veneno silencioso: el “aprendizaje de la resignación”, esa pedagogía cotidiana que te enseña que nada cambia aunque marches, votes o denuncies. Es funcional para todos los poderes: para el gobierno que no quiere rendir cuentas, para las élites que viven en burbujas blindadas y para la delincuencia que administra territorios. La ciudadanía se acostumbra a sobrevivir, no a gobernar a sus gobernantes; y sin motores sociales encendidos, dice el especialista, ningún Estado corrige el rumbo por voluntad propia.
El discurso de la “seguridad ciudadana” suena bien en auditorio, pero fuera sólo cuenta si se traduce en cosas muy concretas: mecanismos de rendición de cuentas que peguen donde duele, universidades produciendo evidencia que desmonte el populismo punitivo, colectivos que no sólo documenten el horror, sino también aquello que sí funciona. Porque hoy el mensaje es brutalmente sencillo: si después de dos años de guerra no puedes garantizar algo tan básico como caminar sin miedo, no tienes una política de seguridad; tienes una narrativa para administrar la catástrofe.
Con informacion : NOROESTE/

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