El beat en Sinaloa no lo marca el DJ, lo marcan los cuernos de chivo.
Aquí el reguetón suena entre sirenas, radios en clave y ráfagas que cortan más que cualquier tiradera. En vez de luces neón, hay destellos de balas; en vez de perreo hasta abajo, hay banderas a media asta y madres buscando a sus hijos en la morgue.
Los morros que deberían estar tirando barras en el estudio acaban tirados en el pavimento, convertidos en “hechos aislados” por boca de los mismos que juran que “tienen el control”.
Sinaloa trae el flow bélico en repeat, pero no por gusto: es el soundtrack obligado de una guerra que nadie acepta, donde el Estado hace playback mientras los sicarios improvisan sobre la marcha y los sueños, como el de Degezeta, se apagan antes de llegar al coro.
El doble asesinato de “Degezeta” e Iván Marlon no es un caso aislado: es una casilla más en el Excel de una guerra que el gobierno no reconoce y que el Ejército jura que está “controlando” mientras los muertos se siguen acumulando frente a sus narices.
La ejecución frente al estadio
Mario Alberto Barreto Domínguez, “Degezeta”, 22 años, sonorense, salió vivo de un estudio de grabación en Culiacán, pero no logró cruzar el crucero de Constitución y Jesús Andrade.
Iba en un Nissan Versa gris junto a Iván Marlon, de 45 años, miembro de su equipo; a la altura del estadio de los Tomateros los alcanzó lo único que en Sinaloa sí llega siempre a tiempo: los hombres armados
La agresión ocurrió alrededor de las nueve de la noche, frente al estadio Ángel Flores, en la colonia Miguel Alemán, una zona que en el discurso oficial es “vigilada” y “patrullada” por las fuerzas federales.
Uno de los cuerpos quedó dentro del vehículo y el otro tirado sobre el asfalto, a unos metros de donde se juega pelota como si en la misma ciudad no se estuviera disputando otra liga, la de la guerra no reconocida.
Antes de morir, Degezeta había subido una historia a Instagram desde el estudio de grabación; la crónica perfecta de este país es un artista anunciando música nueva para sus fans y minutos después convertido en nota roja.
Su cuerpo fue llevado al Semefo de Culiacán y después reclamado por la familia para trasladarlo a su natal Hermosillo, donde lo despedirán como se despide a tantos jóvenes: entre flores, corridos y un expediente que jamás llegará a juicio.
El sueño roto y la normalización del desastre
Degezeta se había salido de Hermosillo para hacer lo que millones de spots oficiales dicen que hay que hacer: perseguir el sueño de convertirse en artista.
Firmó con la disquera Hyphy Music, compartiendo sello con nombres consolidados como Alfredo Olivas, mientras crecía en redes con temas de reguetón y “flow tumbado”.
Sus rolas más escuchadas, como “Chanel”, “Glopeta”, “Tosto Nazo” o “Lo Bélico Le Gusta”, lo habían llevado a ganar un lugar en la escena urbana del noroeste, esa frontera borrosa donde el entretenimiento se codea con el narco que lo financia o lo extorsiona.
La propia disquera lo despidió diciendo lo que nadie en el gabinete se atreve a admitir: su voz se apagó “por culpa de la violencia que estamos viviendo”, no por “hechos aislados” ni por “riesgos inherentes a la actividad”.
Mientras tanto, México ya alcanzó el punto en el que un cantante de 22 años ejecutado a balazos genera menos sorpresa que un partido suspendido por lluvia.
La nota dura dura lo que tarda en subir el siguiente video de balazos a TikTok, y luego vuelve el silencio cómplice de siempre: familia, amigos y fans llorando; autoridades prometiendo “investigar”; gobierno presumiendo cifras maquilladas.
Parte de guerra: miles de muertos y nadie al mando
El asesinato de Degezeta ocurre en medio de un conflicto interno en Sinaloa que ya dejó miles de homicidios dolosos desde que reventó la guerra entre facciones del Cártel de Sinaloa el 9 de septiembre de 2024.
En poco más de año y medio, estados y colectivos han documentado más de 2,400 asesinatos vinculados a esta disputa, mientras las autoridades siguen hablando de “incidentes focalizados” y “hechos entre criminales”.
La propia prensa local ha tenido que hacer el trabajo de Estado Mayor que el gobierno se niega a asumir: contar los cadáveres.
El parte de guerra: 3,277 homicidios dolosos, 3,848 personas privadas de la libertad, 11,190 vehículos robados, 3,577 detenidos y 188 abatidos del 9 de septiembre de 2024 al 20 de mayo de 2026— es la radiografía de una campaña militar fracasada donde la estadística es lo único que se mantiene en pie.
Cada uno de esos números son familias reventadas, negocios cerrados, colonias enteras que ya aprendieron a distinguir, por el ruido de las camionetas, si esa noche toca encierro o levantón.
Pero en la narrativa oficial, todo cabe bajo el eufemismo de “pacificación en curso”, como si 5.3 asesinatos diarios fueran parte de un programa social y no la prueba de que el Estado perdió el control hace rato.
“No nos vamos a ir”: soldados sí, seguridad no
En este escenario entra el show del secretario de la Defensa, Ricardo Flores González, que llegó a Sinaloa a declarar frente a cámaras que el Ejército “no se va a ir” y que, si hace falta, mandarán más tropas para reforzar los operativos.
La línea es clara: la institución se vende como muro de contención heroico mientras las cifras demuestran que lo único que contuvo fueron sus propias responsabilidades.
Porque los asesinatos, los levantones y los robos de vehículos no se detuvieron con el despliegue de miles de elementos, igual que no se detuvo la ejecución del reguetonero frente a un estadio donde cualquier día se arma un operativo para cuidar un juego de pelota pero no para evitar que acribillen a dos personas en un Versa.
La presencia militar es tan disuasiva que los sicarios pueden realizar ataques a plena calle, escapar, y dejar a los soldados el papel de escenografía: cinta amarilla, patrullas con luces prendidas y declaraciones huecas de que “se montó un operativo para dar con los responsables”.
El secretario promete que, si hace falta, enviarán más tropas, como si el problema fuera de volumen y no de colusión, impunidad y estrategia militar usada como cortina de humo.
En la práctica, el mensaje a la población es otro: aquí hay miles que dicen que no se van, pero a la hora de los balazos pareciera que nunca estuvieron, y los únicos que sí se van son los muertos al Semefo y las familias al exilio interno.
Un país donde la vida vale lo que dure una historia en Instagram
El caso de Degezeta resume el desmadre: un joven que se va de su ciudad para perseguir un proyecto musical, firma con disquera, construye público y termina ejecutado frente a un estadio, mientras el gobierno federal celebra que “no se ha rebasado al Estado mexicano”.
Su última historia en Instagram desde el estudio es, sin querer, una crónica del México actual: se graba la rutina de trabajo, se comparte, y en cuestión de horas ya forma parte de un expediente que nadie piensa resolver.
Al mismo tiempo, el “parte de guerra” no oficial sigue creciendo con miles de homicidios, desaparecidos y robos, mientras la Sedena promete no irse, como si la gente les estuviera rogando que se queden y no exigiendo, más bien, que algún día hagan su trabajo.
No es que el Estado haya perdido la guerra, es que decidió hacerse el distraído: le llama “operativo” a estacionar soldados en las esquinas, “pacificación” a administrar los muertos y “gobernabilidad” a pactar con quien realmente manda las tandas de balas
Con informacion: LINEADIRECTA/ NOROESTE/ ELNORTE

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