En Escuinapa no hubo operativo exitoso, ni contención, ni esa narrativa de control que tanto gusta en las mañaneras arguenderas del Palacio Nacional. Hubo, otra vez, velorio de Estado sin Estado. Cuatro policías fueron despedidos con honores, sí, pero el verdadero homenaje habría sido mantenerlos vivos, no alinearlos en féretros cubiertos con banderas como si el patrioterismo que confunden con patriotismo ,pudiera tapar la ineptitud, la omisión y el derrumbe de una estrategia federal que no puede ni proteger a quienes ponen el cuerpo para proteger a los demás.
Los restos del comandante Esteban Gutiérrez Mazariego; el agente de tránsito, Luis Ulises García Morales; y los agentes Sergio Pérez Rivera y Juan Antonio Rosas González, fueron trasladados este jueves a las instalaciones de la corporación en la que sirvieron durante 21, 10, 6 y 3 años, respectivamente.
“¡Presentes!”, gritaron agentes de la Policía Municipal de Escuinapa al despedir ayer jueves a los cuatro elementos que fueron asesinados el 31 de marzo en una emboscada en las inmediaciones de Tecualilla.
Lo ocurrido no parece una tragedia aislada, sino el entierro simbólico de una política de seguridad que respira con dificultad rumbo a los dos años de guerra de bandos de la misma banda, atacable pero inatajable.
La federación insiste en hablar de paz, de coordinación + inteligencia y de avances, mientras en la realidad los policías municipales caen emboscados como si estuvieran solos, abandonados en el último tramo del camino, con el uniforme puesto y la escolta invisible del gobierno hecha ceniza.
Si la estrategia no alcanza para cuidar a los policías, ni capturar a responsables,ya casi 100 masacrados y todos los casos impunes,entonces no es estrategia: es epitafio.
La escena tuvo todo el lenguaje de un sepelio: los féretros, las banderas, las guardias, las oraciones, los rostros rotos de compañeros y familias. Pero detrás de ese rito había una acusación muda y brutal: aquí se está enterrando la ilusión de que el Estado protege a sus propios protectores. Se les despide con honores porque ya no se les pudo defender con eficacia; se les lleva a misa porque no hubo capacidad de llevarlos de vuelta a casa.
Y mientras el discurso oficial siga oliendo a incienso burocrático, las corporaciones locales seguirán cargando el ataúd de una política federal agotada, vieja y sin pulso. Cada policía muerto no solo exhibe la crueldad de los criminales; también deja al descubierto la fragilidad de un gobierno que victoria , pero entrega funerales. Eso es lo más indignante: la federación no está evitando el entierro de sus policías, apenas se encarga de asistirlo con solemnidad.
Con informacion: NOROESTE/

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