En Tijuana, donde hasta los robos llegan uniformados, un grupo armado disfrazado de Guardia Nacional decidió llevarse más que la tranquilidad del Fraccionamiento Chapultepec, una de esas zonas donde las bardas huelen a privilegio y las cámaras de seguridad sirven más como testigos mudos que como defensa.
Eran las 10:19 de la noche cuando una pick-up blanca con insignias iguales —o al menos idénticamente falsas— a las de la GN apareció en escena. A bordo, un comando que no perdió tiempo: tiró el portón de madera de una casa a puro golpe de motor y gritó “¡policía federal!” como quien recita un libreto repetido. Dentro, un cirujano y su esposa anestesióloga entendieron que su guardia nocturna no sería precisamente en quirófano.
Según el doctor Carlos Altamirano, los supuestos federales entraron sin orden de cateo, sin explicación y con mucha creatividad para usar las insignias oficiales como disfraz. A él lo golpearon en la cabeza y el cuello; a ella le quedó el trabajo de pedir auxilio desde el balcón mientras el vecindario grababa los gritos que después terminarían en redes sociales, porque la justicia mexicana a veces llega primero por viralización que por investigación.
El médico asegura que no es un caso aislado: en un mes ya van tres ataques contra médicos en la zona. Y lo que huele peor que la gasolina del vehículo oficial pirata es la sensación de que el crimen no actúa solo. Dice que la Policía local parece tener reloj sincronizado con los delincuentes; en sus videos, una patrulla aparece estacionada tranquilamente en la esquina, como si el caos no fuera parte de sus funciones.
Cuando por fin llamaron al 911, el protocolo pareció diseñado para darle tiempo al comando de escapar. Un “buenas noches, ¿en qué puedo ayudarle?” convertido en una tragicomedia de dilación burocrática. Los verdaderos que llegaron al rescate fueron los de una empresa privada de alarmas, quienes asustaron lo suficiente al grupo armado como para hacerlo huir con algunas pertenencias y cero consecuencias.
Hasta ahora, nadie detenido, nadie investigado, nadie responsable. Solo la pregunta incómoda: ¿cuántos uniformes falsos más tendrán que aparecer antes de que alguien confirme que, en México, la delgada línea entre autoridad y delincuencia se perdió hace mucho?.
Con informacion: REFORMA/

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