En el mundo del poder, como en la Cosa Nostra, hay jerarquías claras: el Don decide, los capos ejecutan y los soldati cargan el muerto. Cuando el tren se descarrila —literalmente—, nadie culpa al Don, mucho menos al «pequeño Mike», su heredero. Las culpas se diluyen entre los ingenieri (que siempre “supervisaron”) y las cajas negras que dicen la verdad solo cuando el patrón ya ha dado su bendición.
La Presidenta Sheinbaum, en su papel de Consigliera de la famiglia, salió a explicar que el hijo del Don López Obrador no tenía nada que ver, que sólo “revisaba tiempos”. Como quien pasa por la obra a ver si los bultos de cemento llegan a tiempo para el bautizo del proyecto. Un rol, digamos, honorífico; casi ceremonial, como besar el anillo del Capo.
Mientras tanto, los técnicos sin apellido ilustre serán los sacrificados del banquete judicial. Ellos pondrán la cara cuando llegue la Fiscalía, que ya prometió un primo dictamen —porque en este país el tiempo judicial se mide en latidos de paciencia, no en cronómetros de justicia.
Y cuando llegue la reparación del daño, todo se resolverá con indemnizaciones y discursos sobre “no cubrir a nadie”. Pero ya sabemos cómo funciona esto en la famiglia: nadie se cubre… porque nadie cae. Los caídos son siempre los de afuera, los que no llevan la sangre sagrada del apellido.
En resumen, el tren se descarriló, las culpas también, y la familia sigue su ruta, impoluta, rumbo al siguiente contrato. Todo bajo control. Todo en nombre del honor de la famiglia.
Con informacion: ELNORTE/

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