Da igual si era un santo o un cabrón: cuando desaparece un hijo, la madre lo busca. En México, el verbo desaparecer no es casual ni pasivo: lleva sujeto, ejecutor y premeditación. También el verbo buscar tiene intencionalidad y condena. Más de 130,000 personas —vidas, cuerpos, fantasmas— se evaporaron del mapa y quedaron revueltas con la tierra, esperando que alguien las desentierre, las nombre, las vuelva a existir.
El cuerpo mal enterrado no deja dormir a nadie, ni al que lo llora ni al que lo oculta. “El duelo se trata como una cosa privada, psicológica, pero es ante todo un problema político”, recuerda la antropóloga Natalia Mendoza, nacida en Ciudad de México en 1981, autora de El extravío de los signos. Para ella, no hacer duelo público es condenarnos a reciclar la violencia como si fuera parte del aire nacional.
Su brújula filosófica es Antígona, pero no la Antígona heroína del teatro, sino Tiresias, el adivino ciego que fracasa porque la ciudad deja pudrir sus cadáveres y entonces ni los dioses saben qué viene después. Mendoza detiene el análisis en una palabra griega: sema. En ella caben “tumba”, “montículo”, pero también “signo” y “pista”. Si falta la tumba, falta el sentido. Si no hay ritual, no hay camino de regreso.
En ese vacío simbólico, México vive su extravío más profundo:no logra construir un relato que capture su dolor. “Esas muertes importan para el relato que nos contamos como nación”, dice Mendoza, consciente de que sin relato no hay política, y sin política solo hay rastrojo de guerra.
El lenguaje se agota
La antropóloga lleva dos décadas excavando en el desierto sonorense —territorio mítico de narcos, migrantes y buscadoras— y sabe que la semántica también se corrompe. En México ya nadie mata; “genera violencia”. Ya nadie roba; “controla el territorio”. El idioma se ha vuelto burocrático, cobarde, incapaz de nombrar la barbarie.
Su libro, premiado con el Bellas Artes de Ensayo José Revueltas en 2020, mezcla teoría política, historia social y testimonios de carne viva. Lo divide en cinco actos de una tragedia contemporánea: el mito clásico, la disputa entre cárteles, la osadía de las madres buscadoras, el arrepentido como figura moral, y la insuficiencia de la verdad forense para ordenar tanto horror. En una de sus frases más punzantes lanza: “¿De qué tamaño tendría que ser el acordonamiento de la escena del crimen si las economías ilícitas son el quinto empleador del país?”.
Las madres y el castigo de no rendirse
En este drama, las madres son la articulación entre el desaparecido y el verdugo: pivote, bisagra, frontera. “Puede que el conflicto sea entre hombres, pero las mujeres son fundamentales en la lógica de la desaparición”, apunta Mendoza. Esa lógica incluye al perpetrador, al ausente y a la madre condenada a buscarlo. Es una obligación casi biológica y a la vez política: “Algunas dicen: ‘Yo me quisiera morir de dolor, pero no puedo, porque si no mis hijos no van a ser buscados’”.
El patriarcado del crimen y del Estado pensó que eso sería castigo, y lo fue, pero también produjo el mayor movimiento político de base que hay hoy en México. Las buscadoras. Mujeres que cavan donde el Estado no quiso mirar, que aprenden a distinguir huesos humanos de animales, que se encuentran los cuerpos de otras y se reconcilian con el absurdo.
Ahí, entre las fosas, se sabe que los verdugos también son carne de desaparición. Los ejecutores de unos días se vuelven los desaparecidos de otros. La clase trabajadora de la violencia no tiene sindicato ni misa: solo madres cavando en círculo.
Una revuelta contra la desaparición misma
Mendoza ha seguido las rutas del dolor hasta África y el Mediterráneo, donde también hay migrantes tragados por el mar o por la frontera. Pero ningún movimiento de búsqueda, dice, tiene la escala moral ni el peso social de los colectivos mexicanos y latinoamericanos: “Es un movimiento masivo. El más importante del país”.
Las madres —ya cansadas, envejecidas, famélicas de justicia— son la memoria viva del fracaso estatal. Buscan a los suyos pero también se buscan a sí mismas, intentando reinterpretar un paisaje sospechoso donde toda piedra puede ser un sema sin nombre.
“Lo único peor que desaparecer es desaparecer y que nadie te busque”, escribe Mendoza. Las madres se niegan a esa segunda muerte. Por eso cavan. Y mientras el Estado busca excusas, ellas buscan huesos. Hasta encontrarlos.
Con informacion: DIARIO ESPAÑOL/EL PAIS/ELENA SAN JOSE/

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