Los criminales se mantienen impunes porque no son “enemigos” del sistema: son parte del sistema, engranes tercerizados de una misma maquinaria que finge combatirlos mientras les pasa la charola y el parte de novedades.
En su mas reciente audiencia ,Cesar Sepulveda Arellano,alias El Botox,no solo confeso sus delitos,pidio que fuera revisado su celular para extraer el listado de contactos ,entre estos militares que le daban informacion en vez de detenerlo, como era su obligación.
El caso Harfuch
Asi ocurrió en 2016,cuando fue detenido el capo de Guerreros Unidos Sidronio Casarrubias ligado al caso Ayotiznapa y que al ser presentado por la PGR,reveló que desde hace años tenía anotado a un funcionario como contacto,su nombre;Omar García Harfuch.

La informacion fue publicada por PROCESO ,luego de que el ahora poderoso Secretario de Seguridad Federal fuera nombrado sucesor de Tomás Zerón de Lucio al frente de la Agencia de Investigación Criminal (AIC) de la Procuraduría General de la República (PGR).
El Botox: manual práctico de impunidad
Tienes a un tipo que durante una década manda en Tierra Caliente con 200 personas a su servicio para extorsionar limoneros, carniceros, polleros, transportistas y hasta recicladores, al punto de cerrar 32 comercios… y el Estado apenas está “descubriendo” quién es. Eso no es incapacidad: es complicidad sostenida por años, administrada con puntualidad burocrática.
“El Botox” no es un loco suelto, es un gerente regional del terror con halcones, drones, explosivos, red de cobro por kilo de limón y una base social que se puede activar como si fuera sindicato de choque, a quien recién en 2026 le da por incomodar. Si un personaje así dura más de una década operando sin que lo toquen, no es que el Estado llegue tarde: es que nunca tuvo prisa.
El detalle incómodo: los militares en el mismo teléfono
En audiencia, el tipo no solo admite extorsionar al sector limonero, también dice que en un celular de su organización están todas las llamadas y contactos con presuntos elementos del Ejército que les pasaban información “a él y a otros grupos delictivos”. Es decir, el dato que debería detonar cateos, aseguramientos y una limpia interna se reduce a una nota al margen en una audiencia que la maquinaria institucional tratará como curiosidad administrativa.
Si un líder criminal dice abiertamente en un juzgado federal que tienen teléfono con contactos de militares que los protegen, y no hay noticia de mandos suspendidos, generales rengados ni operativos dentro de cuarteles, el mensaje es claro: lo que está en riesgo no es la seguridad nacional, es el negocio. Ahí es donde la “inacción” deja de ser omisión y se convierte en política de Estado: no tocar a los soldados coludidos equivale a blindar la mitad del circuito criminal.
Combate al crimen con freno de mano
Mientras a “El Botox” lo trasladan al Altiplano con helicóptero, vehículos blindados y espectáculo de fuerza, nadie se pregunta cuántos de sus contactos en uniforme siguen trabajando, cobrando y filtrando información a otros cárteles. El mensaje para el resto de la delincuencia es pedagógico: el operador es desechable, la estructura de protección uniformada es intocable.
Así, cada “gran detención” es un cambio de proveedor, no una ruptura del modelo: caen Los Blancos de Troya, pero siguen Los J. Múgica, Caballeros Templarios, Los Reyes, Los Viagras y el Cártel de La Virgen, todos circulando por las mismas rutas, con los mismos halcones, y –si nadie toca esos celulares– con los mismos contactos de siempre en las fuerzas armadas. Se quita una cabeza para que el cuerpo se redistribuya, no para desarticular la red.
La protección que migra, no desaparece
Cuando el Ejército no limpia hacia adentro a quienes vendieron información y protección a “El Botox”, lo que hace en realidad es preservar intacta una infraestructura de impunidad que se alquila al mejor postor. La red de protección no se quiebra con la captura de un jefe: se recicla y migra a otro grupo, otra plaza, otro negocio ilícito, mientras las autoridades celebran estadísticas.
Es como desmontar al chofer y dejar el Uber criminal andando con el mismo carro, la misma cuenta y la misma ruta, solo cambiando el nombre del conductor en la app. Mientras los militares coludidos sigan intocados, cualquier “guerra” contra el crimen es teatro de fin de curso: mucha foto, mucha narrativa, y al final los mismos de siempre cobrando las cuotas a la sombra del uniforme.
Con informacion: NMAS+/

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