Para el Circulo de Análisis de Codigo Magenta,la neutralización de “El Mencho” se trató, prácticamente, de un Golpe de Estado. El hecho de que no se consultara a la presidenta ni al secretario de Seguridad Pública ni al Congreso significa que quienes rigen y mandan en México son los militares.
Círculo Magenta se sentó a diseccionar el “abatimiento” del Mencho como si fuera autopsia política, y lo que encontraron no fue un operativo quirúrgico del Estado mexicano, sino un narco–golpe de Estado en cámara lenta donde los uniformes mandan y la presidenta mira desde la banqueta sin guion, sin briefing y, sobre todo, sin control.
Doce periódicos “serios” amanecieron clonados con el mismo titular de Pasquín Oficial: “Abaten al Mencho”. Ni Photoshop se atreve a tanto copia y pega. Ese coro perfecto no huele a libertad de prensa, huele a boletín militar repartido al mayoreo. En la narrativa de Círculo Magenta, el país despertó con una ejecución mediática y una verdad oficial lista para servirse en plato desechable: el gran capo cayó, aplaudan y no pregunten.
El primer disparo del panel no va al Mencho, va directo al corazón del régimen: hay una fractura abierta entre Ejército y aparato civil de seguridad, y ya supura pus institucional. El operativo se monta de noche, vía Comando Norte, con militares gringos hablando con militares mexicanos, mientras la presidenta y su zar de seguridad miran el partido por radio… si acaso. La supuesta Comandanta Suprema se entera tarde, mal y nunca; no la blindan, no la trasladan al búnker, no la sientan frente a los monitores como a Bush en 9/11 o a Obama en Abbottabad. En el libreto de Código Magenta, Claudia no gobierna la guerra: la guerra la gobierna a ella.
En la escenografía de Tapalpa, el cadáver estelar brilla por su ausencia. La casa del capo más violento de México y más sofisticado del país, según Washington, luce más como Airbnb desocupado que como escenario de combate: ni paredes cribadas, ni salas destrozadas, una sola mancha tímida de sangre y cartuchos que bien pudieron sembrarse como macetas de utilería. El guion oficial dice: lo capturamos herido, se nos murió camino al hospital. El guion irreverente de la mesa pregunta: ¿de veras fue operativo, o fue cita de negocios con sus amigos de uniforme convertida en ejecución “por encargo” con bendición de Palenque y supervisión de Comando Norte?
La duda no es si el Mencho era un monstruo; la duda es si el muerto es el monstruo correcto o un cuerpo conveniente certificado por una prueba de ADN hecha en casa por una Fiscalía alineada al gobierno. No hay foto del cadáver, no hay comité independiente que vea el cuerpo, no hay evidencia pública robusta, sólo “créanme porque lo digo yo” en un país donde la palabra oficial vale menos que un narco–bloqueo en periférico. Ante la duda, dicen ellos, abstente; ante tanta opacidad, el panel decide no comprar el ataúd narrativo en pagos chiquitos.
El análisis sube de tono cuando entra el tema que el gobierno intenta maquillar como gesta heroica y que ellos nombran como lo que parece: un golpe de Estado en clave de seguridad. No consultar a la presidenta, ni al secretario de seguridad, ni al Congreso para la operación de seguridad nacional más grande en una década equivale, según Círculo Magenta, a admitir que los civiles ya sólo decoran la escenografía del poder. Quien decide a quién se mata, cuándo se opera y con quién se coopera son los militares mexicanos enganchados al Comando Norte, presionados por memorándums del Departamento de Justicia y por el regaño público del ala dura de Washington que ya estaba harta de la estrategia de “abrazos no balazos”.
Detrás del teatro de la captura, aparece el verdadero elenco: Trevilla lavando su imagen en Washington, la Sedena abriéndole la puerta a sobrevuelos de inteligencia gringa, fuerzas especiales “de entrenamiento” y presencia militar estadounidense en centros de mando mexicanos. Mientras tanto, la vieja foto incómoda del general con un operador financiero del CJNG reaparece como recordatorio de que quienes hoy encabezan la “limpieza” del cártel ayer posaban sonrientes con sus financieros. Aquí el mensaje del panel es brutal: no se rompió el narcoestado, se reacomodó; no se acabó el pacto, se firmó uno nuevo.
El Mencho, en este relato, no es el fin de nada sino el ajuste de cuentas de una sociedad anónima del crimen. Caen él y algunos lugartenientes, pero la sucesión se mueve rápido: el hijastro 0-3, el Jardinero, y detrás de bambalinas los Cuinis, los financieros discretos que convirtieron la violencia en estructura corporativa, inversiones, fondos y, según ellos, “historias de miedo” que aún no salen a la luz. La purga simultánea en Reynosa, los bloqueos en 20 estados, el huachicol fiscal, los casinos, los aviones privados llenos de efectivo rumbo a Jalisco y asesinatos selectivos en nodos clave del CJNG pintan más un reacomodo de capital y rutas que una cruzada ética del Estado.
Estados Unidos, en esta pieza, no es héroe aliado; es el socio mayoritario harto del junior mexicano que no entrega resultados. Según el panel, Trump se cuelga la medalla en el State of the Union, Steve Fisher documenta que la CIA y el FBI pusieron la ubicación con dron Predator, y las fuerzas especiales gringas enseñaron al Ejército mexicano cómo entrar sin volar la casa. México actuó, dicen, por miedo a que Washington actuara solo, y ese miedo explica tanto la prisa como la sordina política: se mata al capo, se evita capturarlo vivo para que no cante como tenor en un tribunal de Estados Unidos y arrastre consigo a militares, políticos y empresarios de ambos lados de la frontera.
Mientras el país ardía con bloqueos, Oxxos en llamas, autos incendiados y turistas varados, la presidenta, según el diagnóstico de la mesa, se limitó a un comentario de banqueta y luego salió a escena de blanco, hablando de reforma electoral y de paz como si no se acabara de exhibir la vulnerabilidad absoluta del Estado frente a un cártel que operó reacciones en 20 entidades y tiene presencia en 40 países.
El contraste que subrayan es demoledor: Trump narra con detalle su victoria frente al “cártel más siniestro” en horario estelar, mientras la mandataria del país donde ocurrió todo parece querer pasar la página sin pronunciar siquiera el nombre del abatido.
El remate del Círculo Magenta es una advertencia envuelta en sarcasmo: lo que se está jugando no es sólo el futuro del CJNG, sino quién va a ser la madrina o el padrino del próximo cártel oficial del sexenio.
Anticipan un “coletazo”: la extradición inevitable de un político morenista de alto nivel como ofrenda a Washington, y la duda cruel sobre a qué facción golpearán con ese sacrificio, si al grupo de Tabasco o al clan pragmático de Palacio Nacional.
La conclusión del análisis de Codigo Magenta es tan irreverente como lúgubre: la Cuarta Transformación se exhibe débil, dividida y con urgencia de cirugía mayor en el gabinete; si no se hace, el país quedará formalmente en manos de los uniformes, y los próximos Menchos ya no los elegirán las urnas ni los pactos domésticos, sino los escritorios en Washington que decidan qué capo estorba y qué capo conviene mantener con vida.
Con información: CODIGO MAGENTA/










