En la política, el reloj puede marcar once horas y el diccionario seguir diciendo que aquí no pasó nada. A Alejandra León Gastélum, exsenadora que llegó al Senado por Morena, las autoridades estadounidenses la sometieron a entrevistas y una segunda revisión fronteriza, según su propio relato recogido por EMEEQUIS. Pero ella hizo la precisión que debía salvar el día: «No estuve detenida, estuve en entrevista». Ah, bueno: cambia la palabra y hasta la espera parece más cómoda.
La explicación merece un reconocimiento a la elasticidad del lenguaje: no fue detención, sino entrevista; no fue una jornada interminable, sino segunda revisión; no fue un episodio incómodo, sino un trámite al que —asegura— la someten habitualmente.
Una especie de programa de cliente frecuente, pero sin puntos, sin sala VIP y con preguntas sobre la política de Baja California. Según contó, las entrevistas abordaron asuntos relacionados con Morena, Marina del Pilar y Carlos Torres, grupo del que se deslindó.
También conviene poner el reloj donde corresponde: León dijo que empezó a hacer fila a las 9:30 de la mañana y que le permitieron entrar a Estados Unidos entre las 8:30 y las 9 de la noche. Ese lapso incluye la fila; su relato no permite afirmar que cada minuto haya sido de interrogatorio. Pero incluso con esa precisión, llamar a semejante jornada «nada más» una segunda revisión exige una capacidad de minimizar que ya quisieran los fabricantes de ropa cuando encogen una talla.
El episodio penoso recuerda al alcalde de Matamoros, Alberto «Beto» Granados, cuya estancia ante autoridades fronterizas en Brownsville fue presentada como una «revisión de rutina el 19 de abril de 2025 y cuya revisión se prolongó cerca de ocho horas que reprodujo la prensa nacional.
Ocho horas de rutina: una jornada laboral completa, pero con la ventaja discursiva de que, al terminar, todavía se puede decir que fue cualquier cosita.
Beto tuvo su versión de ocho horas; Alejandra, una jornada fronteriza de entre once y once horas y media, contando desde que empezó la fila. No son procedimientos necesariamente equivalentes, pero el parentesco retórico salta a la vista: cuando la experiencia resulta difícil de vender, se le cambia la etiqueta. «Rutina», «entrevista», «segunda revisión». El diccionario convertido en departamento de control de daños.
Porque una cosa es precisar lo ocurrido y otra perfumarlo. Si para explicar que «no pasó nada» hace falta reconstruir medio día entre filas, oficinas y entrevistas, quizá el problema no sea que la gente no entienda la diferencia entre retención y detención. Quizá entiende perfectamente la diferencia entre una aclaración y una maroma.
No hace falta dictar sentencia para exigir explicaciones. Basta con no permitir que el reloj termine de empleado del vocero: marcando ocho u once horas mientras el comunicado insiste en que fue un ratito.
Con información: EMEEQUIS/

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