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viernes, 2 de octubre de 2026

“¿ELLA se SUICIDÓ?: FISCALÍA PRESUME DISCUSIÓN MEZCLADA con ALCOHOL detrás de la MUERTE de CINTHIA, su ESPOSO y 3 HIJOS”…una intoxicación puede desordenar la maquinaria del autocontrol.


La Fiscalía estatal  de N.L encontró indicios de que Cinthia Abigaíl Tamez Rivera mató a su pareja y a sus tres hijos para luego suicidarse, en Montemorelos, horas después de que presuntamente sostuvo una discusión con el hombre y tras haber consumido bebidas alcohólicas.

El alcohol puede ser una pieza importante en la reconstrucción de un hecho violento, pero no un comodín explicativo ni —mucho menos— el verdadero autor del crimen. 

Si los peritajes confirman intoxicación, su papel plausible sería el de amplificador: enturbia el juicio, rebaja frenos, estrecha la atención sobre la provocación y vuelve una discusión un terreno más explosivo; no convierte, por sí solo, una pelea en un multihomicidio ni prueba intención, secuencia o responsabilidad penal. 

La cerveza y el whisky no jalan el gatillo: a lo sumo, se sientan en la mesa de la tragedia como cómplices químicos de la desinhibición. Eso es lo que deberá establecer la Fiscalía con pruebas periciales, no con la cómoda narrativa de que una discusión regada con alcohol explica por sí misma cinco muertes.

De manera preliminar, la Fiscalía de Nuevo León sostiene que Cinthia Abigaíl Tamez Rivera, conocida como “Cindy” en redes sociales, habría asesinado a su pareja, Leodegario Moya, y a tres de sus hijos, para después suicidarse en Montemorelos. La hipótesis se apoya, según el fiscal general Javier Flores, en la coincidencia del calibre del arma, los casquillos localizados y la reconstrucción de dos escenas: una vivienda en el Fraccionamiento Los Nogales y un Jeep Mojave rojo hallado tres cuadras más adelante, en Los Fresnos.

En esa versión aparece el alcohol: una persona declaró que la pareja había convivido un día antes en vehículos RZR y que bebieron cerveza; durante el cateo, además, fueron localizadas evidencias de cerveza y una botella de whisky. No se encontraron drogas en el domicilio. También está sobre la mesa un “malentendido” o enojo entre la pareja durante la madrugada. Todo eso, por ahora, es contexto investigable; no una explicación científica cerrada ni una sentencia disfrazada de boletín.

El alcohol no instala una voluntad homicida en un cerebro sano como si fuera una aplicación maldita. Lo que hace es más prosaico y, justamente por eso, peligroso: interfiere con los circuitos cerebrales que permiten frenar impulsos, evaluar riesgos, leer correctamente las señales sociales, sostener la atención y pensar en las consecuencias. 

La corteza prefrontal —el freno ejecutivo que ayuda a parar, ponderar y no convertir un agravio en una catástrofe— funciona peor bajo intoxicación. Al mismo tiempo, la reacción emocional frente a una amenaza, un insulto o una sospecha puede ganar volumen.

Dicho sin bata blanca: el alcohol puede volver la discusión un cuarto sin ventanas. La persona intoxicada fija la atención en el agravio inmediato, pierde de vista señales que normalmente invitarían a detenerse —el miedo de otros, la posibilidad de irse, la gravedad de una amenaza, las consecuencias legales y humanas— y dispone de menos recursos para cambiar de estrategia. A ese fenómeno se le conoce como “miopía alcohólica”: menos panorama, más impulso; menos cálculo, más reacción.

Pero de ahí a afirmar que el alcohol “se hizo cargo” del multihomicidio hay un salto que la evidencia no permite. La investigación científica es clara en algo incómodo para el relato fácil: el alcohol eleva el riesgo de agresión en algunas personas y circunstancias, pero no en todas. Importan la cantidad efectivamente ingerida, la velocidad de consumo, antecedentes de violencia o impulsividad, acceso a un arma, el contenido y escalamiento de la discusión, posibles crisis previas, rasgos psicológicos, y la secuencia concreta de los hechos. La intoxicación puede desordenar la maquinaria del autocontrol; no la reemplaza con un mandato criminal.

Por eso, si la Fiscalía pretende sostener que el alcohol tuvo relevancia causal, necesitará algo más robusto que latas, botellas y testimonios de convivencia. Harán falta, entre otros elementos, toxicología post mórtem con concentración de alcohol y lectura forense de sus límites; cronología verificable; balística; trayectorias; residuos de disparo; huellas, ADN y teléfonos; análisis de comunicaciones y videos; así como los perfiles psicológicos post mórtem anunciados. Incluso una alcoholemia elevada podría acreditar intoxicación, no explicar automáticamente quién tomó cada decisión, en qué orden ni con qué intención.

El alcohol pudo haber bajado los frenos y la discusión pudo haber encendido la mecha; atribuirles, sin peritajes completos, la autoría moral y material de una masacre sería otra forma de cerrar el expediente antes de abrirlo por completo.

Con información: ELNORTE/ NATURE/ PMC.NCBI/

«¿RECUPERAMOS el RUMBO, HOCICÓN?: TAMAULIPAS es CAMPEÓN de NOMBRES SIN CUERPO, de CUERPOS SIN NOMBRE y SOBREVIVE BAJO GOBERNANZA NARCA»… pero su gober paga con tu dinero para verse bonito.


Américo Villarreal, aún gobernador de MORENA en Tamaulipas, dice que la entidad “recuperó el rumbo”. El problema es que, para miles de familias, ese rumbo parece conducir a una sala de espera sin salida: a un nombre sin cuerpo, a un cuerpo sin nombre o a una carpeta de investigación empolvada, como documenta reporte del INEGI de 2026.

Pero también conduce a una condición permanente de ciudadanos sometidos a cuota en toda la entidad: pagan doble impuesto, al crimen y al gobierno que los abraza y se hace tarugo.

La frase triunfalista resulta especialmente obscena frente a la crisis de desapariciones donde Tamaulipas es campeon y a los cuestionamientos públicos en su contra que siguen sin una aclaración verificable en medio de investigaciónes federales en su contra en EE.UU.

El rumbo de la ausencia

Aun asi, Américo Villarreal volvió a subir ayer al templete para anunciar que Tamaulipas “recuperó el rumbo”. Y sí: habría que concederle algo. El estado recuperó un rumbo muy específico, uno que no lleva al desarrollo, a la justicia ni a la paz, sino al primer plano nacional de la desaparición, la impunidad y la administración burocrática del horror.

Mientras el gobernador se felicita por “fortalecer instituciones”, Tamaulipas carga con miles de personas desaparecidas y no localizadas. 

No son indicadores que puedan barnizarse en una presentación de aniversario, ni cifras decorativas para el boletín que la prensa de prepago reproduce con devoción de monaguillo: son familias enteras viviendo en pausa, madres convertidas en buscadoras, expedientes que envejecen y cuerpos que esperan nombre. 

Una emergencia humanitaria que debería obligar a rendir cuentas todos los días, no a repartir aplausos en un foro oficial. 

Pero aquí el método es otro: cuando la realidad incomoda, se llama “transformación”; cuando las cifras arrasan, se llama “reto”; cuando el Estado no encuentra a los ausentes, se convoca a la unidad. Esa es la alquimia del boletín oficial: convertir la catástrofe en narrativa, la omisión en discurso y el dolor ajeno en telón de fondo para que el mandatario ensaye su frase de campaña.

Americo no gobierna la entidad: la administra. Y la administra como quien cuida una imagen, no como quien asume una responsabilidad. Hay una diferencia brutal entre despachar desde Palacio y gobernar un territorio. 

Lo primero consiste en cortar listones, leer cifras favorables y publicar videos con buena iluminación. Lo segundo exige impedir que las carreteras, colonias y municipios queden sujetos al miedo; investigar, buscar, identificar cuerpos, acompañar víctimas y desmontar las redes de colusión, corrupción y abandono que hacen posible que alguien desaparezca sin que el aparato público se mueva con la urgencia que corresponde.

Porque una desaparición no ocurre por generación espontánea. Requiere rutas, reclutadores, vehículos, teléfonos, casas de seguridad, vigilantes, armas, silencios y, muchas veces, autoridades incapaces, omisas o capturadas. Cuando miles de personas siguen sin aparecer, no basta con celebrar que bajó tal indicador o que una encuesta institucional fue amable. La pregunta es más elemental y más incómoda: ¿quién manda realmente en las zonas donde la gente desaparece?

El cinismo del “rumbo”

La frase “recuperamos el rumbo” no es sólo propaganda. Es una afrenta si se pronuncia sin explicar por qué Tamaulipas sigue produciendo nombres sin cuerpo y cuerpos sin nombre. Es cinismo cuando el gobierno presume rumbo mientras los colectivos hacen, con palas, fichas de búsqueda y terquedad, el trabajo que deberían hacer policías, fiscalías, comisiones de búsqueda y servicios forenses.

Y la prensa de prepago tiene su parte en la operación. No basta con responsabilizar al gobernador y a su gabinete: también hay que señalar a los medios que aceptan convertirse en lavandería de boletines, que reproducen la épica oficial sin confrontarla con los desaparecidos, las fosas, la crisis forense y el miedo cotidiano. Cada nota que vende “recuperación” sin preguntar por los ausentes ayuda a maquillar una realidad que apesta a abandono institucional.

No se les pide que declaren culpable a nadie desde una redacción. Se les pide algo mucho más modesto y, por eso mismo, más urgente: que no se comporten como departamento de comunicación social con dominio propio. Que pregunten. Que contrasten. Que no presenten como éxito administrativo lo que para miles de familias es una condena interminable.

Señalamientos que exigen respuestas

El gobernador también enfrenta señalamientos publicados y no solo por medios internacionales y nacionales sobre una presunta investigación estadounidense relacionada con vínculos criminales y contrabando de combustible, como cita Los Angeles Times .

En una democracia mínimamente funcional, los señalamientos serios se esclarecen con información verificable, investigaciones independientes y resultados públicos; no con indignación recurrentemente administrada por el gobernador para redes sociales.

Y no es irrelevante que el propio mandatario haya presentado su balance de cuatro años como una historia de recuperación institucional, orden financiero y fortalecimiento de la seguridad. Esa es la versión oficial. El problema es que una administración no puede declararse exitosa mientras el reclamo de búsqueda, identificación y justicia continúa recayendo, en buena medida, sobre las familias de las víctimas que sobreviven un dia si y otro también,a la brutal inseguridad.

Tamaulipas no “recuperó el rumbo” mientras sus desaparecidos sigan siendo una estadística que el poder mira de reojo. Recuperar el rumbo sería que una madre no tuviera que rastrear sola donde el Estado decidió no mirar; que una fosa no fuera la oficina alterna de la fiscalía; que el gobernador respondiera con hechos verificables y no con frases de autocelebración.

Porque gobernar no es administrar la narrativa mientras otros administran el miedo. Gobernar es recuperar el territorio, la justicia y, sobre todo, a las personas que el Estado no ha podido —o no ha querido— devolver a casa.

Con información: HoyTamaulipas/Medios/ Redes

«JUSTICIA de PAR de VAQUETONES: REPORTE del INEGI 2026 DESTROZA la JODENCIA para HACER CUMPLIR la LEY en TAMAULIPAS»…tercera con más recursos y primera con mas «levantados» del país.


El reporte del CENSO NACIONAL DE PROCURACIÓN DE JUSTICIA FEDERAL Y ESTATAL (CNPJF-E) 2026 no retrata una procuración de justicia vigorosa en Tamaulipas: muestra una maquinaria grande, cara y aparatosa que abre expedientes por miles, pero llega al proceso judicial con una parsimonia que contradice cualquier discurso triunfalista. 

Bajo el gobierno de Morena y Américo Villarreal, la procuración de justicia estatal,en manos de Jesus Eduardo Govea Orozco, un ex-presidiario federal acusado de servir al Cartel del Golfo en sus años mas mozos, parece haber perfeccionado una especialidad burocrática: acumular números sin que necesariamente eso se traduzca en resultados para las víctimas. 

Tamaulipas: muchas oficinas, poca prisa para la justicia

En Tamaulipas, el gobierno de Américo Villarreal puede presumir que tiene estructura. Y vaya que la tiene: 296 unidades, agencias o fiscalías del Ministerio Público al cierre de 2025; es decir, la tercera red institucional más grande entre las entidades, sólo debajo de Jalisco y Guanajuato y aun asi es campeon nacional de la industria del levanton que opera 24/7/365.

El detalle incómodo es que un Estado no se mide por el tamaño de su organigrama, sino por su capacidad para investigar, judicializar y resolver. Ahí es donde la propaganda se queda sin gasolina. 

La Fiscalía tamaulipeca abrió 39 mil 923 carpetas de investigación en 2025. Pero sólo reportó 15 mil 813 determinaciones o conclusiones en la etapa inicial y 1 mil 924 en la etapa complementaria. Al cierre del año dejó 35 mil 788 procedimientos pendientes de concluir. Traducido del dialecto burocrático al español de a pie: por cada carpeta que la Fiscalía logró mover hacia alguna salida, dejó una montaña de asuntos haciendo fila en el limbo institucional. 

No es que no haya denuncias, aun y con escandalosa cifra negra de quienes NO DENUNCIAN. Las hay. Tampoco faltan personas imputadas: fueron registradas 44 mil 395. Sin embargo, la cifra que debería incomodar en Palacio de Gobierno es otra: sólo 1 mil 499 personas llegaron a una formulación de imputación y 1 mil 371 fueron vinculadas a proceso. Es decir, la Fiscalía registró decenas de miles de imputados, pero la judicialización luce como una puerta angosta al final de un pasillo interminable. 

Morena llegó con la promesa de regenerar la vida pública; en Tamaulipas, al menos según el retrato estadístico del INEGI, la regeneración parece haberse quedado en el trámite. 

La Fiscalía que acusa rezago de recursos humanos tiene oficinas, titulares, presupuesto y expedientes. Lo que no aparece con la misma contundencia es la capacidad de convertir el volumen de trabajo en respuestas efectivas. Porque una carpeta abierta no es justicia; es apenas el comprobante de que alguien fue a pedirla.

Las cifras oficiales que destrozan el relato

Indicador en Tamaulipas, 2025ResultadoLectura política
Unidades, agencias o fiscalías del MP296Tamaulipas tiene una de las estructuras más amplias del país.
Agencias o fiscalías del MP172Hay músculo institucional en papel.
Unidades con doble función administrativa y sustantiva61Parte relevante de la estructura mezcla administración y atención ministerial.
Personal adscrito a la Fiscalía2 mil 527Una plantilla considerable para un sistema que mantiene fuerte rezago.
Presupuesto ejercido1 mil 613.2 millones de pesosLa justicia no opera con cambio de bolsillo.
Carpetas de investigación abiertas39 mil 923La demanda de justicia es alta.
Carpetas con persona imputada23 mil 201En 58.1% de las carpetas abiertas se identificó una persona imputada.
Determinaciones iniciales15 mil 813La capacidad de salida inicial queda muy por debajo de los asuntos abiertos.
Determinaciones complementarias1 mil 924El tramo hacia una resolución procesal sigue siendo estrecho.
Procedimientos pendientes al cierre35 mil 788El rezago equivale a casi 90% de las carpetas abiertas ese año.
Personas imputadas registradas44 mil 395Hay más imputados que carpetas, porque un expediente puede involucrar a varias personas.
Formulaciones de imputación1 mil 499Sólo una fracción mínima llegó a audiencia de imputación.
Personas vinculadas a proceso1 mil 371La conversión de imputados registrados a vinculados es de alrededor de 3.1%.
Órdenes judiciales pendientes de cumplirse1 mil 615El año cerró con más órdenes pendientes que concluidas.
Órdenes judiciales giradas / concluidas694 / 542Se emitieron más de las que se cumplimentaron.

Las cifras corresponden a 2025 y fueron publicadas por INEGI el 1 de octubre de 2026. Hay una precisión indispensable: “determinaciones”, “procedimientos pendientes” y “personas imputadas” no equivalen necesariamente, uno a uno, a carpetas individuales; INEGI contabiliza relaciones procesales que pueden multiplicarse dentro de una misma carpeta. Aun con esa reserva metodológica, el tamaño del rezago y la débil conversión hacia judicialización son difíciles de maquillar. 

La burocracia sí llega

Tamaulipas ejerció 1 mil 613.2 millones de pesos en su Fiscalía durante 2025. No es una institución abandonada a su suerte ni una oficina montada con dos escritorios y una máquina de escribir prestada. Es una fiscalía con 2 mil 527 personas servidoras públicas, 296 unidades y una asignación presupuestal superior a los mil 600 millones de pesos. 

El problema, entonces, no es sólo cuánto se gasta, sino qué produce el gasto. Con esos recursos, Tamaulipas acumuló 35 mil 788 procedimientos pendientes de concluir. El expediente se volvió la unidad de medida de la administración morenista: se recibe, se registra, se archiva en la estadística y, demasiadas veces, se queda esperando que la justicia llegue por voluntad propia.

La distancia entre presupuesto y resultados exige preguntas que el discurso oficial suele esquivar:

  • ¿Cuántas de las 39 mil 923 carpetas abiertas derivaron en acusaciones formales?
  • ¿Qué delitos concentran las 35 mil 788 investigaciones pendientes?
  • ¿Cuánto tiempo llevan esperando las víctimas cuyos asuntos siguen en trámite?
  • ¿Cuántos ministerios públicos, policías de investigación y peritos están dedicados directamente a abatir el rezago?
  • ¿Qué parte de los 1 mil 613.2 millones de pesos se destinó a investigación sustantiva, periciales, búsqueda, atención a víctimas y judicialización?
  • ¿Por qué, con 23 mil 201 carpetas que ya tenían persona imputada, sólo 1 mil 499 llegaron a formulación de imputación?

Violencia: el dato que no admite boletines

El censo registró para Tamaulipas 998 víctimas de homicidio doloso, homicidio culposo y feminicidio —consumado o en tentativa— durante 2025. De ese total, 223 correspondieron a homicidio doloso; 734, a homicidio culposo; y 41, a feminicidio, de los cuales 30 fueron consumados y 11 quedaron en tentativa. 

Eso significa que, mientras el gobierno estatal intenta vender una narrativa de estabilización, casi mil personas quedaron incorporadas a la contabilidad más brutal de la violencia letal. Y aun si el homicidio doloso baja, como suele repetir el libreto oficial, la obligación estatal no se reduce a presentar curvas descendentes en conferencias: consiste en investigar cada muerte, proteger a las víctimas y llevar a los responsables ante un juez.

En las carpetas abiertas por la Fiscalía local se registraron 42 mil 664 delitos: 39 mil 923 del fuero común y 2 mil 741 radicados por la Fiscalía General de la República en Tamaulipas. La estadística no describe un estado pacificado; describe un estado donde el aparato de procuración de justicia recibe una carga enorme y responde con un rezago igualmente enorme. 

El saldo de la 4T tamaulipeca

El dato duro no permite una conclusión cómoda: Tamaulipas no carece de instituciones; carece de una Fiscalía que convierta de forma consistente sus recursos, expedientes e imputados en justicia verificable.

Bajo Américo Villarreal, el gobierno puede enseñar 296 oficinas, 2 mil 527 trabajadores y más de 1 mil 613 millones de pesos ejercidos. Pero las víctimas no viven en una tabla de Excel. Viven —o sobreviven— en el territorio donde una denuncia puede convertirse en carpeta, la carpeta en pendiente y el pendiente en otra cifra que el siguiente informe heredará como si fuera mobiliario de oficina.

La ironía es perfecta para el régimen: Tamaulipas ya tiene la infraestructura para administrar la crisis; lo que sigue faltando es demostrar que tiene la voluntad y la eficacia para resolverla.

Con información: CENSO NACIONAL DE PROCURACIÓN DEJUSTICIA FEDERAL Y ESTATAL (CNPJF-E) 2026

“GENERAL antes de IRSE del CENTRO NACIONAL de INTELIGENCIA, que SERVÍA al NARCO, LEVANTÓ una CORTINA de ACERO sobre su PATRIMONIO”… usando y abusando de la ley, lo OCULTÓ durante cinco años.


El general en retiro Audomaro Martínez Zapata convirtió la rendición de cuentas en un expediente clasificado: tres días antes de irse del CNI firmó el candado para ocultar por cinco años su declaración patrimonial y la de todo el personal del organismo. La coartada fue la seguridad nacional; el efecto político es otro: sembrar sospecha justo donde el servicio público exige luz. 

No es que Audomaro Martínez Zapata haya pedido discreción: levantó una cortina de acero sobre su patrimonio. A 72 horas de abandonar la dirección del Centro Nacional de Inteligencia, el general en retiro firmó la reserva de su declaración patrimonial hasta septiembre de 2029. El hombre que encabezó la oficina encargada de saberlo todo de todos decidió que los ciudadanos no debían saber nada de él. 

La explicación es de manual: publicar sus bienes, dice el CNI, podría exponerlo a amenazas, extorsiones o atentados de la delincuencia organizada. Pero la transparencia no exige regalar domicilios, rutas ni datos sensibles; para eso existen versiones públicas y mecanismos de testado. Lo que se reserva no es una operación encubierta ni el nombre de un informante: es el patrimonio de un alto funcionario obligado a explicarlo. Excomisionados del INAI han advertido precisamente que la reserva generalizada resulta insuficientemente motivada y que la ley contempla versiones públicas de estas declaraciones. 

El problema, entonces, no es sólo la opacidad: es la obscenidad institucional de invocar la seguridad nacional para blindar los bienes de quien tuvo en sus manos la seguridad nacional. En el cuartel se habla de honor, disciplina y lealtad; en el archivo de transparencia, al parecer, esas palabras significan poner candado, apagar la luz y pedirle al país que no haga preguntas hasta dentro de cinco años.

Y la maniobra no ocurre en el vacío. Martínez Zapata ha quedado bajo escrutinio público por los nombramientos y omisiones que rodearon a figuras posteriormente vinculadas o acusadas en asuntos de crimen organizado. La información publicada señala que recomendó o avaló trayectorias de mandos como Gerardo Mérida Sánchez, exsecretario de Seguridad en Sinaloa, y Hernán Bermúdez Requena, exsecretario de Seguridad de Tabasco, este último procesado bajo acusaciones de encabezar La Barredora. Son señalamientos y contextos que ameritan esclarecimiento, no una sentencia contra el general: no acreditan por sí mismos responsabilidad penal. 

Cuando un exjefe de inteligencia aparece mencionado en el clima de sospecha que dejan La Barredora, el huachicol fiscal y los mandos de seguridad cuestionados, esconder sus bienes no desactiva la duda: la alimenta. 

La reserva podrá ser legalmente defendible en abstracto; en términos públicos parece la vieja doctrina de la inteligencia mal entendida: si algo incomoda, se clasifica; si algo compromete, se archiva; y si alguien pregunta, se le responde con “seguridad nacional”.

La paradoja final es brutal: un militar formado bajo la idea de que el uniforme obliga a rendir cuentas termina usando el argumento de proteger al Estado para protegerse de la mirada del Estado. Y mientras el patrimonio permanece bajo llave hasta 2029, la pregunta queda afuera, haciendo guardia: ¿qué clase de inteligencia necesita esconder la cartera de su antiguo jefe?

Con información: VANGUARDIA/ EL UNIVERSAL/