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lunes, 24 de agosto de 2026

SON “MAMADAS” y son “IDIOTECES”: CUESTIONAN al JOVEN SENADOR COLOSIO su PERTENENCIA y OPRIMEN el BOTÓN ROJO de la LENGUA… se borró la sonrisa.


El aun Senador por Movimiento Ciudadano, Luis Donaldo Colosio Riojas descubrió que, en la política mexicana, hasta el acta de nacimiento puede convertirse en examen sorpresa. Y no precisamente de civismo.

En un evento de su partido en Sonora, le preguntaron con toda la delicadeza de una auditoría fiscal si realmente había nacido en el estado que ahora pretende gobernar. La respuesta del senador no fue un comunicado sobrio, ni una explicación con violines de fondo, ni una referencia solemne a sus raíces: fue un contundente “son mamadas” y “son idioteces”.

Así, sin escalas

El hijo del mito político nacional —a quien muchos quisieran ver eternamente encapsulado entre homenajes, estampitas y discursos de unidad— sacó una versión más terrenal, más norteña y bastante menos acartonada. Porque, al parecer, cuestionarle si es sonorense fue suficiente para que el senador dejara el modo “candidato presidencial del futuro” y activara el modo “magdalenense al que le están buscando pleito”.

“Yo nací en Magdalena de Kino, Sonora, y he sido siempre, siempre, siempre magdalenense”, remató. Tres veces “siempre”, por si al inquisidor en turno le hacía falta un subtítulo, una fe de bautismo o una visita guiada al registro civil.

La escena deja una postal curiosa: Colosio Riojas, tantas veces presentado como el heredero moderado, impecable y calculado de un apellido cargado de historia, resultó tener también un botón rojo. Y ese botón se llama: “¿De verdad eres sonorense?”.

No sabemos si su enojo despeja las dudas sobre su origen —aunque el señalamiento parece más chisme de sobremesa que debate de Estado—, pero sí revela algo más interesante: detrás del personaje cuidadosamente empacado para la gran política nacional hay un político que, cuando le rascan la cuna, responde sin filtro.

Y en un país donde abundan quienes se indignan con frases diseñadas por consultores, se agradece, aunque sea con una ceja levantada, que alguien pierda la paciencia de manera tan genuinamente mexicana.

El cortocircuito entre la imagen pública y la herida íntima

Aqui le preguntan por su origen, él no responde sólo con datos; responde con la lengua del agravio. La grosería aparece como una descarga, una forma de marcar territorio y convertir una pregunta incómoda en una afrenta personal. 

Porque ahí no habló el senador de dicción medida, ni el candidato que ensaya la sonrisa para la foto: habló el magdalenense al que le tocaron la cuna y se le activó el sistema límbico con sombrero.

La mecánica es sencilla: cuando la psique siente que le cuestionan identidad, pertenencia o legitimidad, la lengua deja de ser instrumento diplomático y se vuelve garrote. Ya no busca informar; busca defender, intimidar y cerrar la conversación de un madrazo verbal. La grosería funciona como un letrero luminoso que dice: “hasta aquí llegaste, compadre”.

En ese instante, el “nací en Magdalena” dejó de ser una precisión biográfica y se volvió una trinchera. Y las “mamadas” fueron el alambre de púas.

Eso sí: el exabrupto puede sonar auténtico, hasta simpático para quien celebra que un político hable como habla la gente; pero también puede alimentar la misma activación del enojo en vez de desinflarla. Es decir: la palabra altisonante desahoga, pero también calienta más el motor. 

En resumen: no fue un lapsus de lengua. Fue la psique diciendo “soy de Sonora” con un megáfono, una injuria y cero vocación de mesa de diálogo.

Con información: @Redes/

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