México parece acostumbrarse —a fuerza de sobresaltos— a vivir sin Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho. Seis meses después de su muerte, el vacío que dejó no ha traído paz y sigue exhibiendo una de las maquinarias criminales más expansivas, violentas y versátiles del continente.
Imaginen una pirámide criminal:
- En la punta: El Mencho, como autoridad simbólica, árbitro de disputas, articulador de alianzas y rostro de mando.
- En el cuerpo: jefes regionales, operadores logísticos en plazas, responsables financieros, mandos armados y enlaces políticos.
- En la base: halcones, reclutadores, sicarios, cobradores de extorsión, narcomenudistas, redes de vigilancia y economías locales ya sometidas.
Cae la punta. La pirámide queda desbalanceada, abre grietas y algunos bloques quieren subir. Pero no se derrumba por gravedad automática. Para derribarla de verdad habría que ir removiendo los niveles medios, cortar dinero, rutas, armas, protección institucional, incluida la militar, reclutamiento y control territorial.
El rey murió, la red no
El Mencho no era solamente un capo: era la marca, el centro de gravedad y el rostro borroso de un imperio que durante años hizo de Jalisco su cuartel y de México su mercado. Su muerte, ocurrida en febrero en Tapalpa, Jalisco, durante un operativo militar, fue presentada como el mayor golpe reciente contra el narcotráfico. Pero el operativo dejó algo más que un muerto ilustre: desató bloqueos, balaceras, vehículos incendiados y una demostración brutal de que el CJNG podía alterar medio país incluso con su jefe fuera de combate.
El Estado logró abatir al hombre; falta saber si puede desmontar el sistema. Porque el CJNG no funcionaba como una banda de pistoleros esperando órdenes por radio. Es una red de franquicias criminales, negocios ilegales, control territorial, reclutamiento armado, extorsión, corrupción municipal,politica,militar y capacidad logística. Una empresa criminal con fusiles, contadores y probablemente mejores protocolos de sucesión que más de una dependencia pública.
De Aguililla al imperio
Nemesio Oseguera nació en 1966 en Naranjo de Chila, Aguililla, Michoacán: Tierra Caliente, esa región donde el abandono estatal suele llegar tarde, mal y con uniforme. Allí, la economía de subsistencia convivió durante décadas con la marihuana y la amapola; no como extravagancia criminal, sino como una de las pocas vías de movilidad disponibles para comunidades relegadas.
Mientras el Estado prometía desarrollo con represas, agroindustria y el puerto de Lázaro Cárdenas, buena parte de la población quedó mirando cómo el progreso pasaba de largo. Para los jóvenes había tres rutas: sobrevivir en el campo, migrar a Estados Unidos o entrar a la narcoeconomía. El Mencho ensayó las dos últimas: cruzó la frontera, tuvo detenciones en Estados Unidos y pasó años preso en Texas por delitos de drogas antes de volver a Michoacán.
No salió de la nada ni inventó el crimen organizado. Fue producto de una genealogía local: los Valencia, los cultivos de enervantes, las alianzas con traficantes del Pacífico, la pulverización del poder priista regional y el ascenso de organizaciones que profesionalizaron la violencia, como Los Zetas. El CJNG no cayó del cielo: nació donde el Estado cedió territorio, instituciones y futuro.
La fórmula: crecer, absorber, diversificar
El despegue del CJNG llegó tras la muerte de Ignacio Coronel, en 2010, cuando Oseguera rompió con los remanentes del entramado sinaloense y convirtió su grupo en una maquinaria autónoma. La fórmula fue simple y devastadora: absorber estructuras locales, comprar lealtades, liquidar resistencias y operar como franquicia.
El cartel dejó atrás la vieja dependencia del cultivo de marihuana y amapola. Apostó por drogas sintéticas, tráfico transnacional, robo de combustible, cobro de piso, explotación de mercados locales y control de cadenas económicas completas. Donde había dinero —limón, aguacate, transporte, comercio ambulante, cemento, fiestas patronales— podía haber una cuota criminal.
Ese es el detalle incómodo: el CJNG no solo vende droga. Administra coerción. Cobra impuestos sin aparecer en el Diario Oficial, impone proveedores, vigila padrones, condiciona gobiernos locales y castiga a quien no entiende que la “economía regional” tiene dueño. El crimen organizado ya no vive al margen del Estado: en demasiados territorios opera incrustado en él y la falta de sanciones sigue alentando la pudrición institucional que viste uniformes de todos colores.
La sucesión bajo sospecha
La caída del Mencho abrió una lista de aspirantes, pero también una racha de golpes contra la propia cúpula. Juan Carlos Valencia, alias El 03 e hijastro del capo, ha sido reconocido como el sucesor. También figuraban Gonzalo Mendoza Gaytán, El Sapo, y Audias Flores Silva, El Jardinero. El problema es que la sucesión se volvió aún más incierta tras la captura de Flores en Nayarit, en abril.
La Marina detuvo a El Jardinero después de 19 meses de seguimiento. Según el Gabinete de Seguridad, estaba protegido por 30 camionetas y unos 60 escoltas; el despliegue naval incluyó vigilancia aérea, helicópteros y cientos de elementos. Terminó intentando ocultarse en un conducto de desagüe. El hombre que aspiraba a controlar territorios de Nayarit, Guerrero y Morelos fue capturado sin un disparo.
Es el tipo de escena que desinfla el corrido, pero no necesariamente la organización. Cada arresto elimina una pieza de la cúpula; no destruye automáticamente la red de reclutadores, halcones, sicarios, lavadores, funcionarios cooptados y economías locales bajo extorsión. Decapitar no equivale a desmantelar.
El peligro después del golpe
México ya conoce esta película: se captura o mata al jefe, la organización se fragmenta, surgen facciones, cambian las alianzas y la violencia se reacomoda. Ocurrió con Los Zetas, con los Caballeros Templarios y con múltiples escisiones del universo sinaloense. El crimen no desaparece: se adapta, terceriza, se regionaliza y, a veces, se vuelve más cruel porque necesita demostrar autoridad.
La presión sobre liderazgos suele producir dos escenarios. El primero es una guerra interna por un sucesor unipersonal: más ejecuciones, disputas por plazas y señales de fuerza para someter a mandos regionales. El segundo es menos visible, pero no menos peligroso: un gobierno colegiado o de sombra, con acuerdos previos entre operadores que mantengan funcionando la estructura sin un nuevo Mencho al frente.
Lo importante no será solamente quién este sentado en la silla. La verdadera prueba estará en Michoacán, Jalisco, Nayarit, Colima, Guanajuato y los demás territorios donde el CJNG instaló negocios, armas y pactos. Ahí se verá si la ofensiva del Estado fue una ruptura o apenas otra poda espectacular en un árbol cuya raíz sigue alimentándose de impunidad, desigualdad y captura institucional.
Con información: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/PABLO FERRI

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