Sinaloa lleva casi dos años en guerra de bandos de la misma banda, y el Estado —ese fantasma que presume gráficos a la baja— apenas se inmuta mientras las facciones armadas de «Chapitos» y «Mayitos’ se hacen pedazos a balazos con los ciudadanos atrapados entre estos y la estrategia militar y civil que los combate.
Pero a este ritmo sin prisa cuando ya han transcurrido 631 de guerra, y esperando que la «boca se nos haga chicharrón», no es descabellado pensar que asi continue y cuando la Presidenta Claudia Sheinbaum termine su “segundo piso” el 30 de septiembre de 2030, el parte de guerra tendrá más cuerpos, más levantados y más carros robados que votos obtuvo en Sinaloa.
La ola que no baja
Desde el 9 de septiembre de 2024 hasta el 31 de mayo de 2026, el registro diario de Noroeste deja un inventario que haría sonrojar a cualquier vocero optimista: 3,330 homicidios dolosos, 3,874 personas privadas de la libertad y 11,344 vehículos robados.
Son promedios de 5.3 asesinatos, 6.2 levantones y 18 autos robados cada día, todos los días, incluyendo mañaneras, giras y aplausos en el Zócalo.
Mientras en Palacio Nacional presumen que el homicidio doloso “va a la baja” gracias a la Estrategia Nacional de Seguridad, en Sinaloa los números reventaron el tablero y se colocaron muy por encima del promedio estatal de principios de 2024.
El colmo del cinismo se ve cuando se cotejan las cifras: mientras la Presidenta repite que hay una reducción de homicidios en el país, Sinaloa carga con más de 3 mil asesinatos en menos de dos años solo en esta “ola” de violencia.
No es una racha, es un régimen de violencia: enfrentamientos, riñas en penales, ejecuciones selectivas y levantones que ya forman parte del paisaje, como los espectaculares de campañas que nunca se molestaron en quitar.
Y en el colmo de la normalización, el pasado domingo reciente dejó 14 homicidios y 38 vehículos robados, apenas una nota más en el reporte diario; si eso no escandaliza al gobierno, es porque el gobierno decidió profesionalizarse en mirar para otro lado.
La guerra intestina: bandos del mismo cártel
Lo que hoy desgarra Sinaloa no es la fantasía de “el Estado contra el narco” sino una guerra intestina de bandos dentro de la misma organización criminal, disputándose calles, colonias, rutas, policías y presupuestos. El Estado llega siempre después: a recoger cadáveres, a levantar casquillos, a inventariar carros robados y a minimizar la cifra para que cuadre con la conferencia de la mañana. El mensaje es clarito: que maten, desaparezcan y despojen, pero que no arruinen el guion estadístico.
Cuando una riña en el penal de Aguaruto deja siete muertos de un jalón, el sistema penitenciario no exhibe una falla, sino su verdadera función: gestionar, contener y de vez en cuando depurar la nómina criminal. Esa carnicería no ocurre en un vacío, sino en un entorno donde las privaciones de la libertad se duplicaron, los homicidios crecieron más de 200 por ciento y el robo de autos se volvió deporte cotidiano desde septiembre de 2024. La misma banda que controla calles controla módulos, patios y custodios; lo único que aporta el gobierno es la firma en el acta de defunción.
Proyección al 2030
Tomemos la aritmética fría de la indolencia oficial: si hoy Sinaloa promedia 5.3 homicidios dolosos diarios, 6.2 levantones y 18 robos de vehículos desde septiembre de 2024, lo mínimo que podemos asumir —visto que la estrategia es “resistir y negar”— es que esos promedios no bajarán, y probablemente empeoren. Para ser piadosos, usemos la versión “optimista”: que se quede igual de mal, ni un muerto menos, ni un levantado menos, ni un carro menos desvalijado.
Entre el 1 de junio de 2026 y el 30 de septiembre de 2030 hay alrededor de 1,582 días de segundo piso: un sexenio recargado en el mismo discurso y sobre los mismos cuerpos. Si la violencia se mantiene al ritmo actual, el saldo adicional hacia el final del periodo de Sheinbaum sería del orden de:
- Homicidios dolosos: 5.3 por día × 1,582 días ≈ 8,385 asesinatos más.
- Personas privadas de la libertad: 6.2 por día × 1,582 días ≈ 9,808 levantones adicionales.
- Vehículos robados: 18 por día × 1,582 días ≈ 28,476 robos de autos extra.
Sumados al saldo ya acumulado de la ola (hasta el 31 de mayo de 2026), al 30 de septiembre de 2030 Sinaloa podría cargar algo como:
- Cerca de 11,700 homicidios dolosos solo dentro del periodo de esta ola y su prolongación.
- Aproximadamente 13,700 personas privadas de la libertad, es decir, levantones que en muchos casos terminan en fosas, ríos o silencio administrativo.
- Del orden de 39,800 vehículos robados, suficientes para renovar el parque vehicular de una ciudad mediana a punta de pistola.
Todo esto, insistamos, sin contar la violencia previa ni el resto del país: es únicamente una proyección lineal de un estado que la propia Presidenta se permite minimizar diciendo que no está entre los cinco con más homicidios. Traducido del tecnócrata al castellano: lo que pasa en Sinaloa no alcanza a despeinar el PowerPoint, así que puede seguir pasando.
El Estado como espectador profesional
Mientras las cifras reales documentadas por medios y colectivos duplican o triplican lo que el gobierno reporta al Secretariado Ejecutivo, el mensaje institucional es simple: lo importante no es reducir la violencia, sino reducirla en los informes.
El domingo de 14 asesinatos se convierten mágicamente en cuatro homicidios federales; el resto se evapora en el aire contable, pero no en la vida de las familias que los entierran. La “estrategia” consiste en administrar la percepción, mover las categorías, meter delitos en otros rubros y rezar para que la gente crea más en la conferencia mañanera que en lo que oye en su propia cuadra.
Mientras tanto, los grupos armados afinan logística, mejoran sus métodos de desaparición y profesionalizan el robo de autos como si fuera una subsidiaria del sistema financiero. El Estado se vuelve un aparato de acompañamiento: instala mesas de paz, hace conferencias, firma convenios, publica fotografías con gráficos decrecientes y llama “casos aislados” a masacres que se repiten con puntualidad de calendario. Es un país donde el gobierno ya no compite con el crimen, sino por el control de la narrativa.
Lo que significan esos números
Hablemos claro: si estas proyecciones se cumplen, al final del segundo piso de Sheinbaum Sinaloa habrá sumado miles de asesinatos, decenas de miles de levantones y un océano de autos robados, todo bajo una administración que jura haber “pacificado” al país. No se trata de un error técnico, sino de un pacto tácito: el gobierno asegura estabilidad macro y elecciones tranquilas; los cárteles manejan el territorio, la policía real y la cuota de sangre.
Cada una de esas cifras tiene nombre, apellido y familia, aunque para las autoridades solo existan como líneas en una tabla o como “hechos aislados”. Los promedios diarios son una forma educada de decir que, de aquí a 2030, Sinaloa vivirá como si cada día fuera un pequeño Culiacanazo de baja intensidad, repetido más de mil quinientas veces. Si eso no alcanza para despertar conciencias, entonces el país habrá decidido que vivir en guerra permanente es un costo aceptable con tal de no incomodar la narrativa presidencial.
Con informacion: NOROESTE/

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