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miércoles, 17 de junio de 2026

«SENADOR MORENARCO ACUSADO por EE.UU se ATORNILLA a la SILLA y dice la TERNURITA que PERMANECERÁ con FUERO hasta el 2030″… con una cartita telenovelera de los «Ricos también lloran».


Acusado por autoridades de Estados Unidos de presuntos vínculos con el Cártel de Sinaloa, el Senador de Morena Enrique Inzunza, decidió mandar un mensaje claro: de la silla no se mueve… al menos hasta 2030. Porque si algo queda claro, es que cuando el poder se consigue, no se suelta fácil.

En su pronunciamiento en redes, el senador básicamente cerró la puerta —con doble seguro— a cualquier intento de competir por la gubernatura que Morena abrirá el 22 de junio. 

«Nada de campañas, nada de riesgos: mejor quedarse donde ya hay fuero, reflectores y sueldo asegurado»

La carta no es una defensa: es una distracción cuidadosamente construida.

El senador no responde a los señalamientos; responde con una biografía. Y no cualquier biografía, sino la más efectiva en política mexicana: la del origen humilde convertido en escudo moral. Cerros, burros, surcos, hambre, esfuerzo. Todo está ahí, perfectamente alineado para provocar empatía y cerrar filas emocionales.

Pero hay un problema: una infancia difícil no absuelve a nadie en el presente.

Decir “uno es lo que ha sido toda la vida” no es una prueba, es una consigna. Porque la trayectoria que describe —de boyero a magistrado, de jornalero a senador— no está en discusión. Lo que está en discusión es otra cosa: los señalamientos actuales, las decisiones recientes, las redes de poder en las que hoy está inserto. Y sobre eso, la carta guarda silencio.

El texto sustituye evidencia con narrativa. Cambia preguntas incómodas por estampas rurales. Cambia acusaciones concretas por una épica personal. Es un desplazamiento clásico: si logras que la conversación gire en torno a quién fuiste, evitas responder por quién eres.

También hay una apropiación calculada del “pueblo”. Invocar a los “700 mil sinaloenses” funciona como blindaje simbólico, como si el voto fuera una certificación permanente de integridad. No lo es. El voto legitima el cargo, no cancela el escrutinio.

Y luego está la frase final: “Siempre recto, nunca enderezado”. Más que afirmación, suena a consigna defensiva. Porque cuando alguien necesita declararse recto de forma tan enfática, en medio de cuestionamientos graves, ya no está describiendo una cualidad: está intentando imponer una narrativa.

La carta no busca aclarar; busca conmover. No ofrece respuestas; ofrece identidad. Y en política, cuando alguien cambia argumentos por emociones, generalmente es porque los argumentos no le alcanzan.

Con informacion: ELNORTE/ REDES/

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