La escena parece escrita por un guionista enfermo de simbolismos baratos: Teotihuacán, lunes 20 de abril, y un sujeto que decide convertir la Pirámide de la Luna en altar de sacrificios… pero no de dioses prehispánicos, sino de su propio delirio.
“Si os movéis, os sacrifico. Esto se construyó para sacrificar, cabrones”, gritaba Julio César Jasso Ramírez mientras encañonaba a una treintena de turistas tirados como ganado en el primer basamento. Mexicano, sí, pero adoptando un castellano impostado para burlarse de europeos, como si el acento le diera estatura a su violencia.
“Y vosotros de mierda que habéis venido desde la puta Europa, no vais a regresar”, remataba. Todo esto con revólver en mano y con una mujer grabando el infierno desde el suelo, abrazada a su hijo menor. El registro no es solo evidencia: es la radiografía de un Estado que llegó tarde.
El atacante ya había disparado antes. “Han muerto dos putos coreanos allá, los he sacrificado como a perros”, dijo. En realidad, las víctimas eran dos canadienses de apellido Li: una mujer muerta, un hombre herido. Seis extranjeros más también fueron baleados. El saldo: sangre internacional sobre piedra milenaria.
“A la muerte no se le mira directamente”, le gritó a otro rehén que lo observaba demasiado. Frase de asesino con aspiraciones teatrales.
El guion se rompe cuando entra la realidad: “¡Guardia Nacional! ¡Tire su arma y descienda!”. Jasso sube al segundo nivel y los rehenes, en modo supervivencia pura, bajan como pueden la pirámide. Treinta minutos de terror en uno de los sitios más visitados del país.
Pero esto no fue un arranque. Fue una puesta en escena cuidadosamente ensayada.
El fanático con calendario propio
La Fiscalía del Estado de México no lo maquilló: perfil “copycat”. Jasso no improvisaba, imitaba. Admirador de Hitler —nacido un 20 de abril— y portador de una playera alusiva a Columbine —masacre ocurrida también un 20 de abril de 1999—, el tipo decidió que la coincidencia de fechas era suficiente para montar su propia versión.
No llegó por casualidad: hizo visitas previas, se hospedó cerca, estudió el terreno, trazó rutas. Planeación, reconocimiento, ejecución. Esto no es locura espontánea; es violencia organizada en pequeño formato.
Teotihuacán: tierra de nadie con pirámides
Mientras el país intenta procesar el ataque, los especialistas dicen lo que las autoridades evitan: Teotihuacán es un desmadre institucional.
“Es un desorden, cada quien hace lo que quiere”, resume Luis Cacho, especialista en derecho cultural. Custodios relajados, ambulantes invadiendo espacios, reglas que existen solo en el papel.
La arqueóloga Linda Rosa Manzanilla, con medio siglo excavando la zona, no pide milagros: pide orden. Literalmente.
“Esto no puede pasar”, dice. Pero pasa. Y no es nuevo.
Hace dos años se topó con un cadáver abandonado en la zona arqueológica. Sí, un cadáver en uno de los sitios turísticos más importantes del país. A eso súmele robos de cableado, saqueo de equipo y una sensación general de abandono.
Con 1.6 millones de visitantes al año —y picos de hasta 38 mil en un solo fin de semana—, el sitio opera más por inercia que por control. Y ahora, con el Mundial a 52 días, la pregunta no es si el mundo vendrá… sino qué se va a encontrar.
Manzanilla lo dice sin rodeos: detectores de metal, videovigilancia, control real. Lo básico. Lo mínimo. Lo urgente.
Porque si algo dejó claro el episodio de la Pirámide de la Luna es esto: el problema no fue solo un tirador con fantasías históricas. Fue el escenario perfecto para que lo hiciera.
Con informacion: ELNORTE/

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