El lunes pasado, en plena zona de confort de San Pedro Garza García, un sinaloense fue ejecutado dentro de una Grand Cherokee blindada, justo enfrente de una patrulla municipal. No fue un atentado relámpago ni un crimen a la distancia: fue una ejecución con precisión quirúrgica, realizada a pie, a plena luz del día, con un policía armado mirando desde unos metros atrás. Y, como dicta el manual del absurdo regio, el agente no disparó, no persiguió, no se movió. “Cayó en shock”, justificó el Secretario de Seguridad José Luis David Kuri. Qué conveniente.
El oficial —cuyo nombre la autoridad no ha querido revelar, aunque eso ya es una confesión de complicidad institucional— primero declaró ante la Fiscalía que revisaba los documentos del vehículo del ejecutado, Juan Carlos García Núñez. Luego cambió su versión: no revisaba, negociaba un “arreglo”. Un moche. Porque claro, nada más natural que detener una camioneta blindada y pedir dinero para “regularizar papeles”… justo antes de que un sicario aparezca y ejecute a su ocupante con cinco balazos en la cabeza.
Y mientras las versiones oficiales se desmoronan, surge la pregunta incómoda: ¿a quién servía el policía vial? Porque no se trata sólo de negligencia, sino de un patrón clásico de delación: distraer, entretener, “aflojar” el objetivo para que el ejecutor llegue sin resistencia. Lo llamó “shock”, pero en los códigos del crimen eso se llama cubrir el trabajo.
Expertos en seguridad —de esos a quienes la Secretaría sólo escucha cuando necesita justificar el desastre— recuerdan lo obvio: ningún policía medianamente entrenado se paraliza al ver un arma. Por instinto de supervivencia, desenfunda. El hecho de que este agente no lo hiciera sugiere que no era amenaza lo que veía, sino ejecución pactada.
Pero las autoridades, hábiles para la opacidad, siguen jugando al escondite. El Fiscal estatal Javier Flores reconoció que el agente fue detenido “por falsedad de declaraciones”, aunque liberado bajo reserva y con su teléfono en revisión voluntaria —otro gesto casi poético de buena fe en medio de un homicidio doloso. Según Flores, “en tiempo breve” se ofrecerá información más exacta. Tradúzcase: cuando la versión oficial esté bien planchada.
Mientras tanto, las cámaras de la Avenida Roble —al menos 63— podrían contar una historia menos conveniente: la de un policía que entregó al ejecutado, una víctima que bajó la ventanilla al creer que trataba con autoridad, y un sicario que actuó sin miedo porque sabía exactamente que nadie iba a intervenir.
San Pedro no vivió una ejecución cualquiera. Vivió un homicidio asistido por el silencio táctico de un uniforme.
Con informacion: ELNORTE/

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