Guanajuato ayer volvió a teñirse de sangre, y esta vez, ni la inocencia de un niño de tres años alcanzó para frenar las balas. En la calle Zapotera número 53, colonia Lázaro Cárdenas, hombres armados en motocicletas soltaron una ráfaga que borró tres vidas en segundos: dos adultos y un pequeño que apenas empezaba a entender el mundo.
El Gobierno municipal —encabezado por la morenista Yozajamby Molina— no tardó en publicar el ya clásico comunicado de “condenamos enérgicamente”, esa plantilla de lástima burocrática que maquilla la impotencia (o la conveniencia) con palabras huecas. Dicen que hay coordinación con el Estado y la Federación, pero ¿coordinación para qué, si los muertos siguen cayendo como si la guerra fuera rutina?

En Guanajuato, la violencia que las reuniones de Omar Garcia Harfuch y la gobernadora Libia Denisse García prometieron resolver ,ya no distingue edades ni horarios, pero el discurso oficial sí distingue culpas: “los delincuentes”, siempre los delincuentes. ¿Y los funcionarios que juraron proteger a la gente? ¿Y las corporaciones que cobran por hacer presencia sólo después de los tiroteos? ¿No son parte del mismo engranaje que permite que los gatilleros patrullen los barrios a gusto?
Porque la pregunta ya no es quién jala el gatillo, sino quién deja que el gatillo siga ahí, cargado y listo frente a una sociedad resignada. En Pénjamo mataron a tres personas, pero tal vez las balas las fabricó la indiferencia de todos los niveles de gobierno.
Después de todo, ¿quién tiene más culpa: el que mata o el que administra la costumbre de ver morir?
Con informacion: ELNORTE/

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